Lunes, 5 de diciembre de 2016

| 2016/02/13 21:00

“Unas roscas de empresarios se amangualaron para complotar contra la gente”

El periodista Nathan Jaccard acaba de lanzar el libro La rosca nostra sobre los cárteles empresariales que durante años estafaron a millones de colombianos.

"Los carteles no fueron un error, sino una estrategia de ventas y de comportamiento ante más de 40 millones de colombianos" Foto: Juan Carlos Sierra

SEMANA: Explique el título del libro.

Nathan Jaccard: Alude a la Cosa Nostra, la mafia siciliana, pues gran parte del público identifica el tema mafioso con un cartel. Y se refiere también a las roscas, algo muy colombiano: los grupitos en los que todo el mundo se mueve en este país. El título resume lo que sucedió. Unas roscas de empresarios, que se conocían de hacía tiempos, que eran amigos a pesar de competir y que habían estudiado en las mismas universidades, terminaron amangualándose para complotar contra la gente.

SEMANA: ¿Qué roscas identificó?

N.J.: Las hay de todo tipo. Unas empalagosas como las del azúcar. Otras más delicadas como la de seguridad. Roscas pesadas como la del cemento, y roscas poco higiénicas como las del pañal o del cuaderno.

SEMANA: El cartel de la seguridad es poco conocido.

N.J.: Sí, y es el único que funcionaba de una manera distinta. Lo manejaba un señor llamado Jorge Arturo Moreno Ojeda, cuyo nombre no figura en ninguna firma, pero que controla múltiples empresas. Cuatro o cinco de estas se presentaban a licitaciones públicas de seguridad en hospitales, ministerios y alcaldías. Pero todo estaba arreglado para que ganara una sola empresa. Este cartel es sumamente grave y hoy está en la mira incluso de la Fiscalía.

SEMANA: ¿Cómo funcionaban los demás carteles?

N.J.: Casi siempre, todo arranca con una reunión entre altos ejecutivos en un evento empresarial, un foro o una feria. Y lo primero es quejarse sobre lo duro que está el mercado y sobre la necesidad de encontrar una manera de ‘arreglar’ el asunto. Ese es el banderazo, y ahí arrancan las reuniones secretas entre los presidentes de las empresas. Estos hacen un pacto para bloquear a la competencia y luego dan órdenes a los gerentes. Así empieza a funcionar el cartel.

SEMANA: ¿Podría dar un ejemplo?

N.J.: Un caso emblemático es el de los cuadernos. Todo empieza con una cena secreta el 14 de febrero de 2002 en el restaurante Los Girasoles de Cali entre altos directivos de Kimberly-Clark y Carvajal. Hablan del mercado, de precios, de cómo arreglar el mercado en Ecuador y Venezuela, todo mientras disfrutan la comida de mar. Ahí lanzan el cartel, el cual, pocos meses después, para el arranque de la temporada escolar de calendario B de ese mismo año, ya está funcionando.

SEMANA: ¿Cuántas personas en una empresa conocían la existencia de los pactos?

N.J.: Muchas más de lo que se piensa. Este no era un asunto que quedaba entre los altos directivos. El gerente de venta regional sabía porque debía monitorear los precios de la competencia para reclamarle al aliado en caso de que rompiera el pacto. Lo sabían también el gerente de producción y el de distribución. Así, cientos de personas podían saber. Y eso es lo impresionante: que las empresas, en su conjunto, estaban jugadas por eso. Era un tema casi organizacional.

SEMANA: ¿Cómo caen los carteles?

N.J.: Normalmente las autoridades reciben una pista, o hay empresarios arrepentidos que hablan. Pero hay casos como el del azúcar donde no hay arrepentidos y por eso es tan difícil llegar a un fallo. Sin embargo, los correos entre los directivos permitieron confirmar la cartelización. En el caso de los pañales, una persona se acercó a la Superintendencia de Industria y Comercio (SIC) a decir que tenía información y que quería una recompensa. Pero los investigadores aprovecharon un descuido del señor y supieron de qué sector venía el asunto. Lanzaron un operativo, y a los 15 días un empresario involucrado llegó a decir que aceptaba a cambio de que lo perdonaran. Y así fue: el primero en colaborar no tiene que pagar multa.

SEMANA: Del tema se viene hablando por más de un año. ¿Qué novedad trae el libro?

N.J.: Explicar que esto era organizacional y que tenía dimensiones internacionales. No hay que olvidar que las implicadas eran compañías extranjeras o colombianas con proyección internacional. Lo que hicieron no fue un error, sino una estrategia planificada de mercadeo, ventas y comportamiento ante consumidores. Y afectaron a más de 40 millones de colombianos.

SEMANA: ¿Desde cuándo hay carteles en Colombia?

N.J.: En el caso del azúcar, los primeros indicios señalan el año 1994. Pero las pruebas más duras que tienen los investigadores arrancan en 2000. Entonces estamos hablando de carteles que pudieron haber durado hasta 14 años. Por eso el daño es en billones de pesos.

SEMANA: ¿Cómo hizo la investigación?

N.J.: Me basé en los archivos de la SIC que contienen enormes cantidades de correos y de testimonios de empresarios arrepentidos. La siguiente etapa fue procesar el material, organizarlo y reconstruir una línea de tiempo y las temáticas para poder contar una historia. Finalmente, había que identificar a los protagonistas. Ahí me di cuenta de que en el caso de Kimberly-Clark hay estadounidenses y mexicanos de la junta directiva de la empresa global involucrados.

SEMANA: Explique eso.

N.J.: Estos escándalos son capítulos de estrategias mucho más macro, de decisiones tomadas, a veces, en juntas directivas internacionales. Los casos conocidos aquí en Colombia tienen ramificaciones en Chile, Perú, Venezuela y Ecuador. En el caso de Kimberly-Clark, yo dedico un capítulo a mostrar cómo algunos directivos fueron promocionados dentro de la misma empresa por haber participado en cartel. El cartel de los pañales se gestó en una reunión en Panamá, en presencia de un directivo de Kimberly México que tenía un puesto en la junta directiva en Estados Unidos. Entonces, uno ve al Estado colombiano con la voluntad de luchar contra eso, pero la pelea, al final, puede terminar perdida porque nadie puede detener a los carteles fuera de las fronteras, y estas empresas funcionan por encima de fronteras. Todo esto despierta el debate sobre el fenómeno de que las empresas pueden ser más fuertes que el Estado.

SEMANA: Tras varios meses investigando el tema, ¿qué concluye sobre la clase empresarial?

N.J.: Que hay un tema grave de ética. Los implicados son personas con los mejores estudios y posgrados. Entonces aterra que esa gente, que debería liderar el país y tiene la capacidad para construir país, se aproveche de millones de colombianos. Una reflexión sobre ética y responsabilidad debería tener lugar en las facultades de Derecho, Economía y Administración.

SEMANA: ¿Siente que hoy los colombianos entienden lo que hicieron los carteles?

N.J.: Saben que los estafaron y les metieron la mano al bolsillo, y sí ha habido una sanción social. Pero no es sencillo entender la dimensión. Obviamente uno no puede dejar de comprar papel higiénico, pero a los consumidores todavía les falta entender que ellos tienen el poder a la hora de comprar.

SEMANA: ¿Siente un cambio de actitud en las empresas?

N.J.: Hay miedo porque las sanciones han sido altas, y el escándalo saltó a la opinión pública e indignó a la gente. Pero, al final, al tratarse de billones de pesos, la tentación de cartelizarse siempre está ahí. De ahí la urgencia de un debate sobre la ética empresarial.

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