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| 6/27/1988 12:00:00 AM

PANAMA Y EL FIN DEL REALISMO

Un ensayo del politólogo Juan Tokatlián sobre las equivocaciones de la administración Reagan en el caso Panamá.

Hans Morgenthau, el padre del realismo en los asuntos internacionales, sostenía en su ya clásico texto "Política entre Naciones" que "todas las naciones se sienten tentadas de encubrir sus propios actos y aspiraciones con los propósitos morales universales... El realismo político se niega a identificar las aspiraciones morales de una nación en particular con los preceptos morales que gobiernan al universo". Para él, lo fundamental de una política exterior coherente, consistente y realista era seguir un curso "racional, objetivo y no emocional".
El neorrealismo que retornó a la Casa Blanca con la administración Reagan muy poco tiene que ver con el cumplimiento y ejercicio de estos principios centrales de la política mundial, para el caso de una superpotencia. El ejemplo de la actual crisis de Panamá es dramáticamente demostrativo al respecto.
A pesar de las esgrimas retóricas y de los gestos ampulosos, Washington proyecta con su política hacia Panamá una sensación de confusión, contradicción y deformación increíbles para su status internacional.
Aún es difícil asegurar cómo y cuándo se resolverá la crítica situación en el istmo. No obstante, es importante reflexionar en torno a varios oscuros interrogantes que ameritan respuestas claras. Comencemos con algunas preguntas:
¿Interesa, realmente, el desarrollo democrático en Panamá? En realidad, el actual presidente civil, Manuel SolNs Palma, posee una fuente de legitimidad por lo menos tan cuestionable como aquella que llevó al poder a Nicolás Ardito Barletta en 1984 (triunfó con fraude) y a Eric Arturo del Valle en 1985 (llegó con un pseudo-golpe constitucional). En los tres casos, el general Manuel Antonio Noriega movió los hilos reales de poder. La tercera manipulación resultó gravemente intolerable. ¿Ahora si es importante la democracia? Si, pero más o menos. El punto central parece ser la estabilidad y el logro de un gobierno más cercano a renegociar algunos aspectos de los Tratados Torrijos-Carter. Las elecciones de mayo de 1989 son prioritarias. ¿Pero con ello se restituye la democracia panameña? ¿Es esto suficiente para consolidar un futuro democrático? En rigor de verdad, no hay proceso verdadero de democratización que tenga posibilidades de materializarse si no se responde a las angustiosas consecuencias de un acelerado deterioro de la base económica del país. Panamá afronta una quiebra real de su economía. Más aún con las sanciones económicas impuestas por el gobierno norteamericano que, entre otros factores, prácticamente destruyó la confianza financiera internacional en Panamá. Sin el ánimo de forzar comparaciones, de continuar la crisis político-económica y de mermar aún más la credibilidad inversionista en Panamá, le sucederá a este país algo similar a lo acontecido en el Líbano que, con la profundización de su crisis, dejó de ser el centro financiero del Medio Oriente.
Otro punto. ¿Qué se desea respecto al futuro del Canal? Sin duda modificar lo acordado entre los presidentes Carter y Torrijos. La estrategia parecería ser entregarlo antes, pero con nuevas estipulaciones y condiciones que afectarían, de hecho, la soberanía canalera panameña. ¿Pero este replanteamiento se debe a lo que acontece en Panama? ¿Hay extremistas panameños que quieren convertir el istmo en una república roja al servicio de intereses extra-continentales? ¿Existen evidencias de un mal manejo de este punto neurálgico del comercio internacional? Para las tres preguntas, las respuestas son no. El Canal readquiere importancia estratégica por lo que acontece en Cetroamérica y no en Panamá. Decimos "readquiere" pues durante la administración del presidente Gerald Ford, el Pentágono consideró seriamente la alternativa de remover el Comando Sur estacionado en Panamá por cuestiones presupuestarias. No hay pruebas que las autoridades panameñas no hayan mantenido el Canal abierto, seguro y neutral. Ese era el aspecto medular de los Tratados Torrijos-Carter y así se ha venido cumpliendo escrupulosamente. El factor principal para entender lo que acontece respecto a la cuestión canalera es fijar la vista y la atención en los acontecimientos centroamericanos. Y no solamente en lo que sucede hoy, sino también en los escenarios que se construyen en Estados Unidos hacia el futuro. La mayoría de ellos son cuasi-apocalípticos. Por ello, es pertinente afirmar que los hechos que se viven actualmente en Panamá están vinculados a la evolución centroamericana. Una real distensión en el área le resta piso a las concepciones más unilateralmente geopolíticas y a las percepciones más amenazantes sobre su futuro próximo. Panamá, indudablemente, siempre ha respetado los legítimos intereses de seguridad norteamericana en el istmo. No puede pagar los platos rotos por el fracaso de la política centroamericana de la administración Reagan.
Vayamos a otra cuestión: ¿Qué significa negociar en el caso panameño? ¿Quiénes negocian? ¿Y qué? Washington se enredó solo en Panamá. Y es paradójico como lo hizo. Al reconocer al depuesto gobierno de del Valle, le resultaba necesariamente imposible negociar con Solís. Al buscar forzar su caída, le otorgaba la posibilidad de convertirse en interlocutor a las Fuerzas Armadas y no al poder civil. Al pretender promover fisuras en el frente militar, lo consolidaba en torno a la figura de Noriega. Al rechazar la mediación iniciada por tres ex mandatarios latinoamericanos -Alfonso López M., Carlos Andrés Pérez y Daniel Odúber- y el intento de buenos oficios de Oscar Arias y Felipe González, el ejecutivo norteamericano quedó cara a cara frente a Panamá. Al iniciar una cruzada retórica contra Noriega como zar financiero del narcotráfico, ubicó el debate de las negociaciones en el terreno de la discusión interna. Pero como producto de todos los puntos anteriores, se terminó teniendo como contraparte al mismísimo general, entonces se exacerbó la controversia doméstica y la cuestión de las negociaciones adquirió un tono más moral del que inicialmente tuvo. No sin antes desprestigiar la imagen norteamericana.
Allí hicieron luz las incongruencias. Los principios se tornaron borrosos. Lo pragmático apareció como burdo. Lo ideológico superó lo realista. La manipulación predominó por sobre la información. La diplomacia externa fue subsumida en el debate electoral interno. Y Noriega puede convertirse para Reagan (y Bush) lo que el Ayatollah Komeini para Carter.
¿Solución? El Grupo de los Ocho. Las naciones del área no pueden jugar el papel de simples espectadores pasivos del futuro de Panamá. No por ser una superpotencia, las preocupaciones de seguridad norteamericanas son más vitales que las de los demás actores latinoamericanos. Cada uno (como Colombia en particular) en su medida y proporción, tiene mucho en juego en términos de su seguridad nacional. No es posible una salida cosmética y de corto plazo ajena a los deseos y esfuerzos de los propios panameños. Se requieren dos garantías básicas: la continuidad y respeto de los Tratados Torrijos-Carter y la democratización real de Panamá. Estados Unidos debe dejar el paso a la diplomacia latinoamericana porque Panamá es un problema continental y no bilateral. Sólo con objetividad y racionalidad será posible hallar una solución definitiva y equilibrada a esta problemática.
Un Panamá democrático y soberano es la mejor solución para Panamá, para Estados Unidos y para América Latina toda.-
Juan Gabriel Tokatlián
Director, Centro de Estudios Internacionales de la Universidad de los Andes.
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