Jueves, 19 de enero de 2017

| 2010/05/08 00:00

Pude ser peor

Pude haber sido un político. Pude haber sido un actor. El azar me salvó de ser aún peor de lo que soy.

Pude ser peor

Era joven todavía cuando un escritor ilustre me llamó a su despacho y me propuso dar un breve discurso antes de que él se presentase en una plaza pública a defender las libertades amenazadas.

Naturalmente, acepté sin dudarlo. Me preparé con el celo de un seminarista. Aprendí un discurso de diez minutos. Decía las zarandajas que dicen siempre los políticos. Repitiendo ese discurso frente al espejo, me sentí un iluminado, un visionario, un hombre tocado por la historia. Era solo un idiota.

Un nuevo líder estaba por nacer. Mi madre tenía razón, ella siempre me lo había dicho: “Mi amor, tú has nacido para ser líder, tú eres un líder nato”.

Cuando me disponía a inaugurar mi carrera política, fui convocado por el escritor ilustre a su despacho. Escuché entonces una noticia que no esperaba: uno de sus colaboradores había objetado que yo hablase aquella noche, pues había rumores (fundados) de que consumía drogas blandas y duras.

Nunca pronuncié ese discurso. A veces lo digo en sueños y la gente me aplaude. Pero el escritor ilustre no me aplaude, me mira con gesto adusto.

También pude ser actor. Estuve a punto de ser actor. Era muy joven, aún más joven que cuando me llamó el escritor ilustre, y el futuro resplandecía ante mis ojos: un productor de telenovelas me había visto en televisión y se había convencido de que yo podía ser actor. Y no solo actor: un galán de telenovelas. Un galán, como se sabe, es más que un actor: es un hombre que tiene que simular, en cámaras y fuera de ellas, que se quiere menos de lo que en verdad se ama.

Sin perder tiempo, me corté el pelo, me inscribí en el gimnasio, trabajé la musculatura de mis brazos y pechos, compré ropa ajustada, empecé a caminar más rápido, ensayé y dominé siete sonrisas distintas (unas más tímidas, otras más descaradas) y sentí que era un actor natural, irresistible. Con qué amor me miraba en el espejo. Con qué pasión sonreía para mí mismo. Con qué certeza decía mis líneas.

Llegó el día de la grabación. Yo tenía que hacer de profesor, seducir a una de mis alumnas y darle un beso apasionado. El productor de la telenovela me prestó su saco de cuero, me dio algunos consejos, pidió que me maquillasen de nuevo y me dijo: “Cómele la boca a la chata”. Yo pensé: voy a comerle la boca a la chata (que estaba buena) como nunca se la han comido. Esperé con aplomo a que me diesen la señal, dije mis cursilerías y ella, la chata, la chica linda, mi alumna, dijo las suyas, y cuando estaba a punto de besarla se cortaron las luces. “Apagón”, gritó alguien. Quedamos a oscuras. Se interrumpió la grabación. El productor nos pidió disculpas. Esperamos una hora, pero no volvieron las luces, así que nos fuimos apesadumbrados.
 
Aquella noche, repitiendo mis diálogos de profesor y besando imaginariamente a la chica linda, no pude dormir. Al día siguiente, el productor me llamó y me dijo que había suspendido las grabaciones porque el canal de televisión no le pagaba hacía meses y ya estaba harto de esos maltratos. Prometió llamarme cuando el canal le pagase. No sé si le pagaron, pero no volvió a llamarme. Y nunca besé a esa chica linda, mi alumna, ni irrumpí en las pantallas de televisión como el improbable galán de ropa ajustada.

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