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| 10/10/1994 12:00:00 AM

SE ACERCA LA HORA

EN VISPERAS DE SU CONDENA MARIA DEL Rosario Casas, la esposa del espía estadounidense, habló con Lucy Nieto de Samper.

En la segunda semana de agosto, Aldrich Ames fue trasladado a una cárcel de Pensilvania, donde seguramente vivirá hasta el final de sus días. Pagará una condena de cadena perpetua por traición a la patria, pues vendió información secreta de la CIA a la Unión Soviética. Se dice que Ames recibió más de dos millones y medio de dólares por su trabajo y que la información que entregó llevó a la muerte a varias personas.

La esposa del espía doble, María del Rosario Casas, lo supo muy tarde. Y cuando lo supo, no delató a su marido. Por esa razón, aún espera una sentencia que no depende de lo que ella haya hecho, sino de la importancia que las autoridades concedan a la confesión de su esposo.

Tan pronto fueron capturados, Ames y su esposa firmaron un acuerdo de culpabilidad -plea bargain- con la justicia estadounidense, la primera interesada en que la incapacidad de la CIA para detectar uno de los mayores casos de contraespionaje no saliera a la luz pública. Aterrada, confiada en las ofertas que le hacía la Fiscalía de generosos beneficios y sin posibilidades de contratar un buen abogado, María del Rosario Casas se confesó culpable de firmar las declaraciones de renta sin leerlas y de no haber delatado a su marido. Los beneficios que le habían prometido, que iban incluso hasta dejarla libre, no se dieron. Hoy cuenta los días que faltan para volver a ver a su hijo de cinco años, y espera resignada a que algún día se haga justicia.

María del Rosario decidió hablar desde la prisión. No la conocía. La ví por primera vez detrás de una pared de vidrio. Cuando me vio, se le aguaron los ojos. Habló durante largo rato. Es tanto lo que tiene que decir, tanta la información por rectificar y tanto lo que ha sufrido, qué cuando encuentra la oportunidad de que alguien la escuche habla y habla. Y llora, porque comprende que fue utilizada, y porque no se resigna a pensar que su marido haya decidido su destino, y durante casi año y medio la hubiera chantajeado sicológicamente, amenazándola permanentemente con su seguridad y con la de su hijo para evitar que se fuera para Colombia con el niño.

Pero por ahora sólo le queda esperar. Esperar que la fecha de la sentencia no sea nuevamente postergada, y que las ocasiones pasadas en que lo fue, no haya sido porque las autoridades no estuvieran satisfechas de la colaboración de Ames. Sus próximos años dependen de él, y él ya no tiene nada qué perder. Ella, en cambio, tiene la esperanza de que el juez considere que cinco años de prisión son un precio demasiado alto por haber guardado silencio.

LUCY NIETO: ¿Cuándo comenzaron sus vínculos con la CIA?

MARIA DEL ROSARIO CASAS: Cuando llegué a la Embajada de Colombia en México, en 1982, conocí a un agente de la CIA que era tesorero de una asociación de diplomáticos de la cual yo era secretaria. El me ayudó mucho y entablamos una buena amistad. Por eso, cuando me pidió prestado mi apartamento para hacer unas reuniones que él no quería hacer en su oficina, ingenuamente se lo presté. Nunca supe de qué se trataba porque las reuniones se desarrollaban cuando yo estaba en mi oficina. Jamás imaginé que ese hecho me convertiría en informante. Mi relación no fue con la institución sino con este amigo que usó mi apartamento y que por ese favor me pagó unos dólares.

L.N.: ¿Cómo conoció a Aldrich Ames?

M.R.C.: Yo solía ir a reuniones diplomáticas con mi amigo gringo, y durante un curso que la Asociación organizó en el Museo de Antropología, él me lo presentó. Mi relación sentimental con Rick comenzó en marzo del 83. Entonces lo único que sabía de su trabajo era que laboraba en la Embajada de Estados Unidos.

L.N.: ¿Cuándo se enteró de que era agente de la CIA?

M.R.C.: En septiembre del 83, dos semanas antes de viajar a Washington, a donde había sido trasladado, me pidió que nos casáramos. Entiendo que con autorización de la CIA tuvo que revelarme cuál era su verdadero trabajo. Para mí fue un shock. Que el otro amigo fuera de la CIA no me importaba, pues entre los dos no había sino una amistad. Otra cosa era casarme con un agente. Pero yo estaba enamorada.

L.N.: ¿Cuándo se casaron?

M.R.C.: Rick estaba separado y tramitaba su divorcio. Yo renuncié a la Embajada y me vine para Washington. Pasé aquí el año 84 y nos casamos en el 85. Para poderme casar me impusieron la ciudadanía estadounidense. Para mí fue un poco traumático porque perdía la ciudadanía colombiana. Afortunadamente la nueva Constitución reconoce la doble nacionalidad.

L.N.: Como esposa de un agente de la CIA, ¿qué sabía de su trabajo?

M.R.C.: A muchos les cuesta creer que yo no me enterara de nada. ¿Qué podía saber? El iba a su oficina normalmente. Nunca vi nada raro. Más tarde supe que su trabajo era de escritorio y que siempre había trabajado en la división de asuntos soviéticos.

L.N.: ¿Cuándo se enteró de que su marido era espía?

M.R.C.: Hace muy poco, en agosto de 1992, cuando ya llevaba más de siete años de casada. Buscaba una billetera que me sirviera para una cartera pequeña. Cogí una de Rick y adentro encontré un papelito con unas indicaciones que me parecieron extrañas, pues se referían a "la ciudad donde vive su suegra". Me pregunté preocupada qué tenía que ver Rick con Bogotá. En mi familia no sabían que él era de la CIA, pues me dijeron que no les contara. De haberlo sabido les habría dado un ataque.

L.N.: ¿Qué decía el papel?

M.R.C.: El FBI me ha interrogado muchas veces sobre eso, pero no he logrado recordar exactamente qué decía. Me preocupaba la referencia a Bogotá y por eso insistí en preguntarle a Rick de qué se trataba.

L.N.: ¿Qué le dijo?

M.R.C.: Inicialmente nada. El es así: se pone a la defensiva y no contesta. Así pasó más o menos un mes, pero como no me gustan ni las mentiras ni los enredos, por fin logré que me dijera lo que no ha debido decirme nunca. Me contó entonces que hacía algo para los rusos y que le pagaban por eso. El sabía que con cualquier cosa que me contara me ponía en peligro, y se tomó la libertad de resolver mi destino.

L.N.: ¿Cuál fue su reacción?

M.R.C.: Casi me muero, sentí horror, terror, angustia. Fue un golpe terrible saber que a la persona a la que le di todo, por quien dejé mi trabajo, mi familia y mi país, hacía algo indebido. Pero traté de convencerme de que era una operación extraña encomendada por la CIA. Nunca me imaginé la gravedad del asunto. Me sumí en la depresión y no fui capaz de actuar. Rick me intimidó, calculada y fríamente. El siempre supo manipular hábilmente mis neurosis, utilizando el chantaje sicológico. Me contó que lo que me había dicho era suficiente para que yo y el niño corriéramos peligro. Yo le contesté que me iba para Colombia con mi hijo, pero él respondió que no lo permitiría y me amenazó con los rusos y con la CIA.

L.N.: ¿No se le ocurrió denunciarlo?

M.R.C.: Nunca. Pensé en dejarlo, pero no lo hice por temor, un temor que me produjo pesadillas atroces. Soñé durante un año que me perseguían los rusos y la CIA.

L.N.: Dicen que por su labor de espionaje él recibió dos millones y medio de dólares y que los gastó a manos llenas. ¿Mejoró notoriamente su nivel de vida?

M.R.C.: La gente es muy puritana en relación con el dinero de los demás, y por eso han especulado muchísimo.

Cuando me casé, Rick ya tenía un cierto nivel de vida. Venía de una familia bien, y siempre me había dicho que tenía negocios con un amigo de la universidad que vivía en Chicago. No tenía nada raro que tuviera negocios e inversiones, y yo no tenía motivos para pensar que hubiera en eso algo extraño. Además yo para cosas de finanzas no sirvo, las detesto, y por eso firmaba sin leer las declaraciones de renta.

L.N.: Entonces, ¿por qué se habla de gastos extravagantes?

M.R.C.: La manera de vivir, de comer y de vestir de los colombianos es muy distinta a la norteamericana. Algunos amigos me consideraban snob por la forma como me vestía, pero me ponía lo mismo que usaba en Bogotá para ir a Carulla o a cualquier parte. Rick es una persona que ha viajado mucho, no es el gringo típico. Le gustaba vestirse bien. Es una cuestión de estilo. Uno puede vestirse bien sin ser millonario.

L.N.: Pero dicen que compró carros y una casa muy lujosa que pagó de contado.

M.R.C.: La verdad es que no entendí el pago de la casa de contado. Pero Rick me dijo que prefería no deber. Esa es una de sus peculiaridades. Y a mí no me sorprendió que al regresar de Roma en el 89 tuviera la plata suficiente para comprar la casa y los carros. La casa era como otras del barrio, no era lujosa ni fuera de lo común, y en cuanto a los carros, cualquier Volvo cuesta más que el Jaguar que Rick compró a crédito y que todavía estaba pagando. Mi carro era un Honda viejo.

L.N.: ¿Y las consignaciones bancarias y las cuentas en Suiza nunca le despertaron sospechas?

M.R.C.: Teníamos dos cuentas en Virginia y en ninguna de las dos había cifras exageradas. En una de ellas mi mamá tenía firma para facilitar las cosas cuando nos visitaba. Sabía que Rick tenía una cuenta en Suiza. Siempre supuse que eso era permitido y por eso nunca cuestioné que él pusiera la firma de mi madre en esa cuenta, que ella no tocó nunca. No me pareció extraño que le entrara dinero distinto al sueldo, por aquello de sus famosas inversiones en Chicago. Ahora es que he venido a saber que, desde antes de casarnos, toda esa plata era rusa.

L.N.: Las conversaciones publicadas entre usted y su marido dejan la impresión que estaba involucrada en las actividades de él, al punto de recriminarlo por descuidado. ¿Qué hay de cierto en todo esto?

M.R.C.: Mi agresividad contra Rick era terrible. Yo no soy una persona que insulta, pero lo insultaba continuamente; le decía que me quería ir, que no podía más, le pedía que dejara de hacer lo que hacía. La persona que habla en términos groseros en esas grabaciones es alguien que sufre. Mi tono de voz no es de directora, de ejercer control o de estar de acuerdo, sino la voz de alguien que está nervioso. Eso lo puede explicar un sicólogo.

L.N.: ¿Usted sabía de marcas que él tenía que poner, de entregas que debía hacer?

M.R.C.: Jamás vi paquetes ni documentos, jamás entregué nada. Rick nunca hizo esas cosas en casa. Se supone que un día que Rick fue a buscar una señal yo estaba en el carro, pero yo no sabía qué estaba pasando.

L.N.: ¿Nunca supo qué tipo de información le daba a los rusos?

M.R.C.: Nunca supe el alcance de lo hecho por Rick. De haberlo sabido mi reacción hubiera sido otra. No supe que estaba casada con quien algunos consideran un asesino. Una de las cosas más dolorosas ha sido saber que la información que suministraba fue de tal gravedad que llevó a la muerte a muchas personas.

L.N.: ¿Por qué cree que espió su marido?

M.R.C.: Nunca tuve una explicación. Pero yo creo que hay mucho de arrogancia y megalomanía en eso. Es más que simple codicia, creo que fue por querer probar que es superior a los demás. No creo que fuera por ideología.

L.N.: ¿Qué siente hoy por Rick Ames?

M.R.C.: Me causó una sensación de pánico saber que Rick era dos personas. El Rick caballeroso, gentil y cariñoso con el que me había casado, y otro personaje capaz de hacer lo que él hizo.

He pasado por todos los sentimientos: rabia, dolor, desilusión, lástima y miedo. Pero aparte de un gran dolor, ya no siento mayor cosa, aunque siempre me quedará el resentimiento por lo que nos hizo al niño y a mí. No entiendo por qué, si ya estaba dedicado a eso, se casó conmigo y tuvimos un hijo.

L.N.: ¿Cómo ha sido su vida en la cárcel?

M.R.C.: Todo lo que funciona en el mundo exterior, lo que es justo, digno, respetable, no tiene vigencia una vez que uno cruza estas puertas. El respeto por el ser humano no concuerda con lo que aquí llaman "hacer su trabajo", porque hacer su trabajo es básicamente irrespetar. Constantemente revisan las celdas para buscar 'contrabando', que puede ser simplemente un libro de más. Muchas veces el contrabando aparece porque uno no presencia las requisas.

Aquí no hay nada que hacer, la gente duerme o ve televisión. Yo trato de leer, de escribir, pero en una de las requisas me quitaron lo que había escrito. Lo hicieron traducir para cerciorarse de que no era un plan de fuga.

Aquí adentro se ve una realidad que este país ignora. Detrás de tanta riqueza y comodidad exterior, el resentimiento es grande. Hay barreras enormes: raciales, culturales, intelectuales.

L.N.: ¿Hay mucha presión en contra suya?

M.R.C.: Sí. Entiendo que la gravedad de lo que hizo Rick motiva esas reacciones. Pero ¿por qué tengo yo que pagar? No niego que cometí errores, y he dicho cuáles son. Por ellos me condenaron injustamente a cinco años de cárcel. No le sucedió lo mismo a la señora Walter, quien tenía un marido, un hijo y un cuñado que eran espías. Durante 15 años lo supo y al final los denunció. Pero no lo hizo por ética, ni por moral. Los entregó en un momento de rabia, y no estuvo en la cárcel ni un solo día.

L.N.: ¿ Cómo fue el acuerdo de culpabilidad que firmó?

M.R.C.: Cuando me arrestaron me dijeron que si colaboraba saldría muy bien librada, que estaban interesados en que me fuera bien. No llamé un abogado. Me interrogaron durante dos horas, pero lo que conocía era mínimo. Ellos sabían más que yo. Acepté mi responsabilidad por lo que había hecho: firmé durante ocho años declaraciones de renta sin saber que había dinero sucio. Pero yo ni siquiera las revisaba. Y durante un año y tres meses. callé lo poco que me dijo Rick. Pero cuando se dieron cuenta de que no sabía casi nada, no les gustó y me involucraron en todo. Me intimidaron, me ofrecieron beneficios que después negaron. Fue algo horrible.

Me interrogaron con detector de mentiras y me fue muy bien. Si no me creían a mí, tenían que creerle a las máquinas. Ahora ya no dicen que yo haya sido el cerebro de todo. Tienen pruebas de que no participé en nada. Por eso me parece injusta una condena de cinco años por haber callado. Veo en todo lo que me pasa, el deseo de castigar a Rick al máximo. Parte de su castigo es castigarme a mí y a mi hijo. Tendré que comenzar de nuevo con un niño que no tiene hogar y que tendrá que vivir con semejante lastre. Cuatro o cinco años de vivir sin mi hijo es algo que no creo poder resistir. ¿Cómo explicarle a él por teléfono lo que sucedió?

L.N.: ¿Cuál cree que fue su mayor error?

M.R.C.: No haber salido corriendo. Haber entrado en un estado de incapacidad para actuar, y no haber confiado en nadie. Infortunadamente, cuando me enteré del espionaje, tenía problemas personales. Mi relación con Rick había cambiado mucho. El ya no era el mismo de antes. Yo estaba agobiada. Esta tragedia me cogió en un momento muy difícil.

L.N.: ¿De qué la culpan finalmente?

M.R.C.: En este bastión de la democracia, donde se supone que todo el mundo es inocente hasta que se compruebe lo contrario yo fuí declarada culpable desde el primer día. Me acusaron de conspiración, un concepto vago y amplio en el cual un conocimiento pasivo, mínimo y por corto tiempo, permite acusar de participar en una conspiración. Lo increíble de todo esto es que a Anne Pollard, quien espió para Israel junto con su esposo, no la acusaron de eso sino de una especie de complicidad después de los hechos, algo quizás más adecuado para mí. Pero en el caso Pollard, en el que ella participó activamente en el espionaje, llevó mensajes y paquetes, la señora fue condenada a dos penas de cinco años y le concedieron libertad bajo palabra. Después entró a la cárcel, pero fue porque enfureció al juez con unas declaraciones.

Yo no pude defenderme porque no fui a juicio. Me confesé culpable de lo que hice. Pero todo ya estaba acordado. Y aunque el abogado de Rick propuso que me deportaran a Colombia, su petición fue rechazada. No se podía negociar, pues ya había un acuerdo establecido.

L.N.: ¿Quién la apoya?

M.R.C.: Quienes han querido hablar a mi favor no han encontrado espacio en los medios. No han entrevistado a la empleada que tuve por varios años, y que sabía realmente cómo era yo, pero sí entrevistaron a una empleada que trabajó conmigo cuatro meses y a quien despedí por incompetente y a quien le gané una demanda laboral. Mi vecina, una señora italiana, no ha logrado que le publiquen en ninguna parte la carta que ha enviado a los medios rectificando las infamias que han dicho sobre mí.

L.N.: ¿Qué siente en vísperas de la sentencia?

M.R.C.: Que técnicamente soy una ficha, soy un rehén. La única razón por la cual se ha demorado mi sentencia es porque las autoridades tienen que evaluar la cooperación de Rick. Mientras no terminen con él, no decidirán sobre mí.

Tengo mucho miedo. Nadie sabe lo que es despertar a diario y darse cuenta de que estoy aquí, de que la vocecita de mi niño no me despertó y afrontar la vida desde esta cárcel en donde se atormenta con pequeñas mezquindades a unos seres ya bastante atormentados. Te digo, sinceramente que espero un milagro.-
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