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| 4/20/1998 12:00:00 AM

SOLO SE UNIERON PARA ATAJARME

¿Continuista? ¿Populista? ¿Clientelista? Horacio Serpa responde. Sin pelos en la lengua, como siempre. Para él, su real contendor será Pastrana.

El cuento circula en Bogotá. Horacio Serpa llega al Country Club y, para sorpresa suya, los hijos de los socios lo reciben con vítores entusiastas. ¡Serpa!, ¡Serpa!, oye gritar a su alrededor. Y cuando él, sumamente intrigado, busca las razones de aquel fervor por su nombre en un centro social tan elitista, los muchachos le explican: "Es que si usted gana las elecciones nuestros padres nos llevan a vivir a Miami". No son sólo los socios de un club exclusivo quienes se aterran ante la perspectiva de que Serpa sea presidente. Son muchos otros colombianos. Pero muchos, también, es cierto, son serpistas fieles y entusiastas. Rara vez un candidato ha polarizado tanto a un país. Alrededor de su nombre no hay sino juicios pasionales y contrapuestos, impugnaciones y réplicas igualmente fogosas. Según como se le mire, de Horacio Serpa Uribe podrían hacerse dos retratos que nada tendrían en común, salvo sus frondosos bigotes: uno en tintas negras, el otro en luminosos tonos pastel. ¿A cuál creerle? A quienes afirman que es un clientelista, amigo de corruptos, y, de algún modo, comprometido también con los dineros sucios que inundaron la campaña de Samper, los amigos de Serpa replican afirmando que él ha sido siempre un hombre honesto y pobre.
Y es cierto. La suya fue, en sus inicios, la vida de un muchacho provinciano de clase media. El padre, don José, un típico tinterillo, según palabras del propio Serpa, se ganaba la vida en Bucaramanga haciendo memoriales y declaraciones de renta. La madre, doña Rosita, que aún vive, fue, hasta su jubilación, maestra de escuela (como la de Noemí Sanín). Serpa trabajó como tipógrafo y fue también tinterillo, para ganarse unos pesos, mientras estudiaba derecho en una universidad de pobres, la del Atlántico. Nunca llegó a tener casa propia y cuando era candidato a la Constituyente, sólo con ayuda de sus primos, que también son parientes míos, pudo comprarse un Mercury de segunda mano. Al único club que ha pertenecido es al de hinchas de Javier Solís, en Barranca, dicen sus amigos, todo ello para sustentar un argumento convincente: en un político, pobreza y corrupción no van juntas. Pero sin duda el rigor que él se exige a sí mismo no lo tienen muchos de sus amigos políticos; todo serán ellos, menos transparentes. Igual esfuerzo de objetividad debe hacerse a la hora de definir su procedencia ideológica. No pocos juran y creen que él fue comunista, o marxista, y que ha tenido vínculos con la guerrilla. La realidad es otra. Serpa suscribe aquellos diagnósticos y remedios que, a la sombra de Keynes, ha difundido la izquierda por el continente y que Carlos Alberto Montaner, Alvaro Vargas Llosa y yo tuvimos la impertinencia de catalogar en el Manual del perfecto idiota latinoamericano.
Miembro de las juventudes del MRL, sufrió, como el suscrito, el sarampión de toda una generación deslumbrada por las barbas de Castro y del Che Guevara. Fue amigo cercano de Jaime Arenas, de Carlos Niño, de Lara Parada, de Juan de Dios Aguilera y otros fundadores del ELN. Pero se quedó en un juzgado polvoriento en vez de seguirlos al monte, y por ese empeño en mantenerse como liberal puro hoy es candidato de ese partido y no el comandante Horacio a órdenes del cura Pérez. No es tampoco el santandereano atravesado que algunos pintan. Lo único agresivo en él son sus bigotes. Sorpresa: es un hombre tímido y amistoso aun con sus contradictores. Nunca aprendió a bailar. Sudó frío antes de declarársele a la novia, una bonita barranquillera que, como él, vivía en Barranca. Tiene un huerto de rosas en su familia: Rosa se llama su madre, Rosa, su suegra, Rosa, su esposa, Rosa una de sus hijas_ y vive en el barrio Los Rosales. Es, además, un padre de corazón blando que, cuando no puede verlas, deja misivas a sus hijas en la mesa de noche. Trabajador encarnizado, no es raro que llame por teléfono a cualquiera de sus más cercanos amigos a las dos de la mañana. Para no hacerle trampas al despertador, tiene tres: uno que suena a las cinco de la mañana, otro a las cinco y cuarto y el último y definitivo que lo saca de la cama a las cinco y media. Desde ese instante, con un teléfono siempre al alcance de la mano, está tiranizado por una agenda que no le deja respiro. De todos los candidatos, es el más hábil y escurridizo para sortear preguntas difíciles.

P.M.: Horacio Serpa, hoy aparecen al lado suyo parlamentarios como José Name, Faciolince, Guerra Tulena o Marta Catalina Daniels severamente cuestionados por amplios sectores de la opinión. A su modo de ver, ¿se es injusto con ellos?
H.S.: Mire, Plinio, en el interior de los partidos hay gentes valiosas y otras que no lo son tanto. Sé que en nombre de la política se han cometido muchos errores y que incluso se han cometido depredaciones. Pero con demasiada frecuencia también se magnifican errores y se minimizan aciertos. Como sea, mi propuesta, como jefe del partido, es que se mejore la política.
P.M.: Existe de todas maneras la inquietud de que todos esos políticos, que ahora lo respaldan le pasen la factura si usted llega a triunfar. Le pedirían ministerios, secretarías, institutos. Y tendríamos lo de siempre. ¿Cómo haría para que el clientelismo no se apoderara de su gobierno?
H.S.: No, no me voy a dejar manejar por los políticos. Voy a tratar con ellos, los conozco, pero evitaré cualquier situación inconveniente. No quiero ni busco el apoyo de los corruptos. No acepto sino la adhesión de gente limpia para mi proyecto.
P.M.: El gran argumento contra usted es el continuismo. Los demás candidatos lo señalan como continuista.
H.S.: Ese no es sino un argumento de campaña electoral. Yo no hago sino recibir improperios e injurias de mis contradictores. De todos o de casi todos. Mire, yo vuelo con mis propias alas. Tengo el suficiente carácter y la suficiente experiencia para manejar mi propio proyecto político. Si busco la Presidencia es para mandar yo. Ahora, soy amigo del presidente Samper y no voy a dejar de serlo por el hecho de aspirar a la Presidencia.
P.M.: ¿Qué mantiene y qué cambiaría del actual gobierno? En la lucha contra el narcotráfico, por ejemplo, ¿qué hará?
H.S.: Continuar esa lucha. Pero voy a incrementar la cooperación entre Estados Unidos y Colombia y voy a procurar una mejor colaboración de otras naciones, especialmente en lo que corresponde a la erradicación de cultivos ilícitos.
P.M.: ¿Admite que la comunidad internacional no ve a Samper como un campeón de esa lucha sino, al contrario, como un presidente elegido con la ayuda del dinero de los narcotraficantes?
H.S.: No habrá razón para que en el exterior haya observaciones de esa naturaleza sobre mi elección.
P.M.: ¿Pero admite que ese dinero llegó a la campaña de la cual usted era el director?
H.S.: No quiero participar en ese debate. Estoy en otra cosa, Plinio. Me limito a decir que no tuve ninguna conducta reprochable.
P.M.: Usted ofrece luchar contra la pobreza. Samper ofreció lo mismo. ¿Consiguió él resultados? ¿Hay menos pobres y menos desocupados que hace cuatro años?
H.S.: En la lucha contra el desempleo habrá que hacer rectificaciones importantes. En ese campo el gobierno fracasó y lo acepto paladinamente.
P.M.: ¿Por qué fracasó, según usted?
H.S.: Por varias razones. Primero, porque hubo recesión económica. Un país en recesión económica genera desempleo. También jugó la revaluación del peso. Y, luego, se hicieron sentir los efectos desastrosos de la improvisación con que fue hecha la apertura. Se colapsó el campo. El campo generó mucha desocupación. Además, entró en receso una actividad tan importante como la construcción, que es la que ocupa más mano de obra. Yo pienso poner en marcha una política diferente, cuyo eje central es el mejoramiento de la economía.
P.M.: ¿Qué conservaría de los planes sociales del actual gobierno?
H.S.: A mí me gusta mucho todo lo relacionado con el Plan Obligatorio de Salud. Aquí se le ha dado seguridad social a seis millones de colombianos que antes no la tenían. También pienso mantener la Red de Solidaridad Social, pero me preocuparé de que no se maneje con un criterio asistencialista.
P.M.: La Contraloría acaba de abrir una investigación sobre el manejo de esos fondos. Y se ha dicho que ellos se han utilizado en favor de su candidatura.
H.S.: Eso es absolutamente injusto. Es una de las tantas apreciaciones calumniosas de mis contradictores.
P.M.: Otra bandera suya, la paz. Usted propone lo mismo que Samper: diálogo, negociación. Y no hubo, en este gobierno, del cual fue usted ministro del Interior, ni diálogo ni paz. Hoy la violencia es peor que nunca. ¿No acepta algo de responsabilidad en este fracaso?
H.S.: Es que no hubo espacios para sacar adelante el proyecto. Ocurrieron varias cosas. En primer lugar, fue un error tratar de hacer la paz por procedimientos demasiado formales: con cartas y cosas de esas. Pienso que hay que tener más audacia.
P.M.: ¿Y en qué consistiría su audacia?
H.S.: Hablar personalmente con los alzados en armas.
P.M.: ¿Y por qué no lo hizo cuando era ministro?
H.S.: No hubo oportunidad de hacerlo en este gobierno. Hay que aprovechar las malas experiencias para lograr consecuencias buenas. Otra cosa que no dejó hacer la paz fue la crisis política. El sistema está haciendo agua, debieron decirse los alzados en armas. De pronto cae más rápido de lo que pensamos. Esperemos. Y, de su lado, el gobierno tenía otras prioridades.
P.M.: La prioridad de no caerse.
H.S.: Si, la de no dejarse tumbar.
P.M.: ¿De qué serviría que usted tenga voluntad de paz si la guerrilla no la tiene?
H.S.: Mire, no soy tan ingenuo como para creer que la paz puede hacerse con la intervención de una sola de las partes. Hay que crearle ambiente a la paz. Lo primero es mostrar voluntad política para que funcione la justicia, para que se cumplan los preceptos que existen en la Constitución sobre participación ciudadana y descentralización. Hay que tener una política seria de lucha sobre promoción y defensa de los derechos humanos. Hay que atender el fenómeno de los desplazados. Hay que luchar contra la pobreza. Y hay que demostrarle a los alzados en armas que esta guerra no va para ninguna parte.
P.M.: ¿No cree que todo eso ya se ensayó? Belisario tuvo voluntad política de sobra para buscar la paz. Barco puso en marcha el PNR para luchar contra la pobreza. Gaviria, con la nueva Constitución, buscó una democracia más participativa y la descentralización. Y la paz no llega. ¿Qué es lo realmente nuevo que usted propone?
H.S.: Reconocer verdades que afectan al país.
P.M.: ¿Quiere decirnos que ningún gobierno, incluyendo al del propio Samper, supo reconocerlas?
H.S.: Quedó mucho por hacer. Mucho. Por ejemplo, Plinio, en materia de derechos humanos. Aquí se lesionan. Americanos y europeos nos señalan con el dedo.
P.M.: ¿Cree usted que nuestros militares atropellan los derechos humanos?
H.S.: Yo no puedo decir que las autoridades militares o policiales tengan como consigna de lucha violar los derechos humanos. Pero ha habido individualidades que han cometido desafueros. Y a veces, para cubrirlas, se ha aplicado incorrectamente lo que se llama 'solidaridad de cuerpo'.
P.M.: ¿Son esas individualidades las únicas que violan los derechos humanos?
H.S.: No, también los violan los guerrilleros, los paramilitares, los narcotraficantes, los delincuentes comunes y ciertos funcionarios del Estado. Eso es algo que yo puedo afirmar con autoridad porque fui procurador.
P.M.: ¿No acepta usted que hay ONG políticamente sesgadas?
H.S.: Yo sé que muchas denuncias se manipulan políticamente. Pero sé también que hay, en efecto, depredaciones. Hay que reconocerlo, como hay que reconocer algo que mucha gente quiere negar: la intencionalidad política de la guerrilla.
P.M.: Pero eso lo único que demostraría es que es más peligrosa. Quiere el poder.
H.S.: Aun así, sobre todo eso puede imponerse un reconocimiento: el de que nadie va a ganar esta guerra. Nadie.

P.M.: De pronto ellos no lo creen así. Y tras el desastre del Caguán, menos. ¿Como espera convencerlos?
H.S.: Soy muy realista. Los esfuerzos por la paz hay que hacerlos en medio de la guerra. Y yo sé que la guerra tiene una dinámica. Cuando hablo de paz, no estoy diciendo que deba entregársele el país a los guerrilleros. No voy a aceptar todo lo que ellos propongan. La persuasión tiene dos componentes: uno político y otro militar.
P.M.: Muy bien. Otro tema que a usted le gusta. El horrible neoliberalismo, culpable, al parecer, de la apertura. ¿Cree que se puede volver atrás, a un sistema proteccionista?
H.S.: Nunca estuve de acuerdo en la forma como se hizo la apertura. Lesionó protuberantemente sectores de la economía nacional, como el campo. El campo está colapsado, no produce. A esa situación hay que darle correcciones. Pero, ahora bien, en este momento, la apertura está hecha y pienso que debe mantenerse. No se puede volver atrás.
P.M.: Usted combate al neoliberalismo en nombre de un presupuesto teórico que suena muy bien: que el Estado puede hacerse cargo de la suerte de los pobres y el mercado no. Sin embargo la realidad parece demostrar otra cosa. ¿No acepta usted que hay más prosperidad en un país como Chile, cuyo modelo económico es liberal o neoliberal, y no en Cuba, donde el Estado lo regula todo?
H.S.: Mire, yo no estoy de acuerdo ni con un sistema ni con el otro. Siempre luché contra el neoliberalismo. Soy un socialdemócrata. Tengo un criterio social de la economía y sé, cuando lo digo, que le voy a parecer a usted un perfecto idiota latinoamericano. Pero la verdad es que el neoliberalismo fracasó en el mundo.
P.M.: ¿Fracasó en Chile, según usted?
H.S.: Claro, hay cinco millones de pobres.
P.M.: La Cepal indica que de 1987 a hoy la pobreza absoluta bajó en Chile del 44 al 27 por ciento. El desempleo es uno de los más bajos de América Latina: 4,7 por ciento. ¿Es esto un fracaso?
H.S.: En este momento la realidad es que muchas de esas políticas neoliberales están haciendo agua. Hay sectores de la población que no pueden dejarse al descampado. No tienen cómo defenderse. Pero tampoco soy partidario de que haya el proteccionismo de otras épocas. Nunca estuve de acuerdo con el estatismo. De manera que el ejemplo de Cuba a mí no me sirve. Mi posición, como usted ve, es ecléctica.
P.M.: Pero, como socialdemócrata que es, debe haberle gustado algún gobierno de esa tendencia. ¿Cuál? ¿El de Alan García? ¿El de Allende? ¿El de Daniel Ortega? ¿El de Carlos Andrés?
H.S.: Yo quiero hacer mi propia experiencia de gobierno.
P.M.: Usted habla muy insistentemente de un mejor reparto de la riqueza. Y al mismo tiempo cuenta con el reconocido apoyo financiero de uno de los conglomerados económicos más fuertes del país. ¿Cómo va a realizar ese proyecto de redistribuir la riqueza sin golpear los intereses de sus patrocinadores?
H.S.: Primero, quitemos el mito ese del apoyo financiero a mi campaña.
P.M.: ¿No existe?
H.S.: ¿Qué puede hacer un tipo tan arriado _como decimos en Santander_ para conseguir la plata que requiere una campaña tan costosa? Yo estoy haciendo un esfuerzo por conseguir contribuciones de a 20.000 pesos. Es lo que el pueblo llama ya el 'Serpatón'. Pero si eso no alcanza, tengo que pasarle la escudilla a los que tienen plata en este país.
P.M.: ¿Inclusive a los grandes consorcios ?
H.S.: Inclusive, para qué los voy a vetar.
P.M.: Pero, entonces, a alguien le va poner usted conejo. O a los pobres, a quienes les ofrece una mejor redistribución de la riqueza, o a los ricos, a quienes va a tener que quitarles algo de lo que tienen_
H.S.: A nadie. ¿Por qué? A las personas que les pido plata les muestro mi programa. Y les digo: si usted quiere ayudarme, ayúdeme pero sin compromiso.
P.M.: Hablemos un poco de la campaña electoral. Usted, presumiendo que Pastrana será su contendor en la segunda vuelta, se dispone a sacar el trapo rojo. Pero, ¿no cree que en la Colombia de hoy, en su inmensa mayoría joven y urbana, el argumento sectario ya no tiene vigencia?.
H.S.: Mire, yo soy muy contemporáneo. No soy ninguna persona chapada a la antigua. Tengo una propuesta filosóficamente liberal, lo que supone ante todo un compromiso con mi partido. Pero ese programa se lo ofrezco también a los conservadores progresistas, a la izquierda democrática, a los negros, a los indígenas, a las organizaciones cristianas. El doctor Pastrana, de su lado, representa al sector más conservador del conservatismo colombiano, y tengo que mostrarle a los electores las diferencias.
P.M.: El pastranismo, ¿ultraconservador? Recuerde que fue el doctor Misael Pastrana el que le metió al conservatismo esa palabra social, que tanto le gusta a usted.
H.S.: El doctor Misael Pastrana era un hombre muy respetable. No quiero lesionar su memoria. Pero el fundó una dinastía totalmente conservadurista dentro del Partido Conservador. Y esa es la casta que está representando el doctor Andrés Pastrana en esta campaña.
P.M.: ¿No le preocupa a usted la unión entre Pastrana y Valdivieso?
H.S.: Para nada. Desde luego, las coaliciones son legítimas en una democracia, pero esta alianza no está inspirada en propósitos altruistas. Es una alianza indoctrinaria, de coyuntura, con el único propósito de atajar la candidatura de Horacio Serpa.
P.M.: ¿Tampoco le preocupa la tercería ?
H.S.: Mire, yo siempre pensé que esa tercería la ganaría la doctora Noemí. Me parece una candidata excelente. Pero la tercería se acabó porque lo que querían era acabar conmigo. Tampoco había allí nada altruista.
P.M.: Hay algo muy curioso. Usted desea la reconciliación, pero nada divide tanto al país como su nombre. ¿No teme aparecer como la persona menos indicada para unir a los colombianos?
H.S.: No, porque yo tengo un espíritu convivente. Soy capaz de superar pugnacidades. Lo que pasa, Plinio, es que la democracia es contradicción. No es unanimismo.
P.M.: Finalmente, ¿de cuál de sus contendores se siente más cercano?
H.S.: De Valdivieso. Le tengo mucho respeto.
P.M.: ¿De cuál está más distante ?
H.S.: De Andrés Pastrana.
P.M.: ¿Y no del general Bedoya ?
H.S.: Hombre, fíjese que se me había olvidado. Tengo con él enormes diferencias. El representa la guerra y yo la paz.
P.M.: ¿Quién cree que va a ser su contendor en la segunda vuelta ?
H.S.: Pastrana.
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