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| 8/30/2014 11:00:00 PM

Una nueva arma

Podía pasarle a cualquiera y en cualquier lugar. Al mediodía al salir de un banco o en la noche después de un partido en El Campín. En un bus intermunicipal, en un semáforo, en una bomba de gasolina o en un puesto de perros calientes.

Podía pasarle a cualquiera y en cualquier lugar. Al mediodía al salir de un banco o en la noche después de un partido en El Campín. En un bus intermunicipal, en un semáforo, en una bomba de gasolina o en un puesto de perros calientes. Y bastaba respirar la sustancia para perder la conciencia y el control sobre la voluntad. Hace 30 años, el uso de burundanga con fines delictivos se disparó en Colombia, y SEMANA aprovechó para dedicar su portada a explorar “el alarmante aumento de atracos” mediante ese alcaloide. Entonces, apenas el 6 por ciento de los delitos se cometía así, pero el país ya comenzaba a conocer sus nefastos efectos. La burundanga, o escopolamina, servía para robar dinero, documentos, chequeras, carros y casas así como para abusar sexualmente e, incluso, asesinar personas. La revista consultó a expertos en seguridad y salud y concluyó que se trataba de “un arma para cometer el delito perfecto”, pues en pocos segundos la víctima quedaba en manos de los delincuentes, quienes después de abusar de ella huían y, casi siempre, salían impunes.
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