Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 1990/05/28 00:00

VACACIONES EN BOGOTA

Despues de dos años de ausencia del pais, Antonio Caballero relata sus impresiones de la Colombia que ha encontrado.

VACACIONES EN BOGOTA

Asesinan en un avion al candidato presidencial Carlos Pizarro. En Medellin, una bomba vuela un camion cargado de policias. Preparan un atentado contra un cardenal. Castran y descuartizan a un parroco. El rio Cauca baja cargado de cadaveres que las autoridades municipales dejan pasar sin mirarlos para que el levantamiento le corresponda al pueblo de abajo. Desaparece gente. Secuestran ganaderos. Los niños del sicariato cometen atentados suicidas. Hay desaparecidos, torturados, masacrados. El Ejercito y la guerrilla chocan en varios departamentos. Los militares bombardean los campos. Las ciudades se hinchan por exodos campesinos. Pura rutina.

Al volver a Bogota-Colombia es demasiado grande-despues de un tiempo de ausencia, lo que se ve es mucha tropa. Mucho PM en las esquinas, mucho soldado con uniforme de fatiga, fusil en bandolera y encapuchonado de negro bajo los aguaceros del invierno. Una ciudad tomada.
Y tambien, asombrosamente, mucho acostumbrumiento a la tropa. La gente ni la mira, ni la ve, como no ve los huecos ni los charcos. No hay que escarbar, todo entra por los ojos: la violencia, y la impavidez ante la violencia. Impavidez, o indiferencia: los colombianos esperan el magnicidio de cada mes, la bomba de cada dia, el asesinato de cada hora-tal vez el propio-sin que eso altere la rutina de la vida. Las mismas esteriles discusiones juridicas sobre la reforma de la Constitución, ciclicamente repetidas desde que Simón Bolivar hablaba hace casi dos siglos de las republicas aereas. Los mismos paros civicos por la falta de agua, los mismos desastres del invierno. Los mismos accidentes de buses y busetas, de aviones y avionetas. Los edificios siempre a medio construir, como el del DATT, a medio destruir, como el del DAS. Las cabalas electorales de siempre, las declaraciones de siempre de los ex presidentes de toda la vida, los mismos candidatos presidenciales de siempre -Regina Once, Alvaro Gomez (y Alvaro, como siempre, diseñando una nueva bandera de colores para su eterna candidatura). Y en el fondo del paisaje, como siempre, los ataudes de los asesinados llevados en hombros en los pueblos, en los barrios, en los salones elipticos: tantos, que asombra que aun no hayan sido talados todos los bosques de maderas finas para fabricarlos.

Pero tal vez son siempre los mismos ataudes, repetidos, y solo cambia el muerto.
Y sin embargo no: el muerto es casi siempre el mismo: alguien que queri el cambio. Y lo queria precisamente para que Colombia pudiera escapa por fin al ciclo cerrado de violencia politica (no hablemos de las otras que mantienen las cosas exactamente iguales. Porque esa violencia no es gratuita), como suelen llamarla los obispos, ni "demencial", como la llaman en sus comunicados de repudio los mismos que la atizan, ni "oscura", como dice, feliz de haber hallado una palabra ambigua, el presidente Barco, presidente avestruz. El multiple, y compleja, y tan variada que a veces puede parecer incoherente: pero detras de esa incoherencia hay una deliberacion. La violencia politica que desangra a Colombia va dirigida siempre (excluyendo a los transeuntes muertos, que son la mayoria pero no el objetivo) contra quienes rechazan la violencia politica como medio para dirimir los conflictos sociales y economicos.

Esos son siempre los muertos. Acaban de matar, en una operacion precisa y refinada, como de cirugia a Carlos Pizarro, el jefe de una guerrilla que habia entregado las armas-y las habia entregado a pesar de que habian sido incumplidas, desde enfrente, todas las condiciones pactadas con el gobierno. A Pizarro no lo mataron cuando tuvo las armas en la mano -veinte años de guerrilla--y solo sufrio heridas una vez: cuando bajo del monte hace seis años para firmar a nombre del M-19 la paz fallida de tiempos de Betancur, y unas "fuerzas oscuras" --en ese caso fue la policia--decidieron tenderle una emboscada.

De la misma manera habian matado poco antes a Carlos Toledo Plata otro jefe del M-19 que dejo las armas para ensayar la paz que el gobierno ofrecia: nunca se supo cuales fueron esa vez las "fuerzas oscuras" que lo asesinaron en la puerta de su casa, y nadie investigo. Mas tarde, firmada ya la tregua, intentaron matar con una granada a los hombres del M-19 que habian salido abiertamente a las ciudades: parece que esa vez la "fuerza oscura" era el DAS: pero nunca se supo a ciencia cierta.

Nunca se sabe. Nunca interesa que se sepa. Tambien por intentar buscar el cambio en paz mataron hace un mes a Bernardo Jaramillo, candidato presidencial de la Union Patriotica, y con celeridad sin precedentes, las autoridades militares y de policia señalaron una "fuerza oscura" con el dedo: los narcotraficantes, que negaron haber tenido parte en el asunto. Al final no se supo. Jaramillo, como Pizarro, habia emprendido resueltamente el camino de la lucha politica pacifica y por eso estaba en la UP. Pero en cinco años la UP ha sido practicamente exterminada, desde su fundador y primer candidato Jaime Pardo Leal hasta Bernardo Jaramillo, pasando por mas de mil militantes y dirigentes, ante la pasividad cinica del gobierno: el presidente Barco ha dicho que los asesinatos son proselitismo electoral.
No se sabe quienes son los asesinos --a veces se señalan a los narcos, a veces a los paramilitares, a veces al B2 del Ejercito: "fuerzas oscuras". Nunca se sabe a ciencia cierta. Cuando se sabe, resulta -!oh! sorpresa--que el motivo del crimen no tenia nada que ver con la politica, como en el caso de Afranio Parra, otro comandante del M-19 asesinado en la paz y sin armas: las "fuerzas oscuras" fueron entonces dos policias borrachos .

Pero quizas donde con mas claridad se distingue la silueta de las "fuerzas oscuras" es en el caso de los dirigentes de la Asociacion de Campesinos del Carare asesinados en Cimitarra hace un mes y medio por paramilitares, como ha dado en llamarse a los civiles armados y protegidos por los militares y financiados a veces por los narcos que cumplen en el campo las tareas de violencia politica de sus patrocinadores. Los campesinos del Carare fueron asesinados explicitamente porque rechazaban la violencia. Que en su region--pues en cada region los agentes de la violencia cambian, aunque sus objetivos sean en todas el mismo: mantener la violencia- era la de las FARC y la de los mencionados paramilitares. Por no querer aliarse con ninguna los mataron. Y mataron con ellos a la periodista Silvia Duzan; no por casualidad, simplemente porque estuviera con ellos, sino porque no era casualidad que estuviera con ellos en vez de estar con los violentos.

"Los violentos": nombre generico, que se aplica por igual a los que matan por negocio y a los que matan por politica. Parece sacado del vocabulario de generalidades del presidente Barco. Pero no seria justo achacarle la responsabilidad de la proliferacion de la violencia politica unicamente a el y a su politica del avestruz. En el fondo esa politica nos satisface a casi todos los colombianos--a los políticos, a la prensa, a los ciudadanos comunes y corrientes. Nos comportamos todos como si no pasara nada.
Con la cobardia blanda de quien no quiere buscarse problemas --como esas autoridades municipales de los pueblos ribereños de los rios, que se limitan a empujar con un palo los cadaveres que se les quedan delante de las narices para que vayan a encallar en el pueblo siguiente.

Por esa cobardia y esa pasividad colectiva, casi todas las semanas terminan con un entierro. Y con una promesa--la misma promesa que sigue a todos los entierros: que el sucesor del muerto tendra todas las garantias que ofrece la democracia.


GUERRAS - Y PACES - PRIVADAS
Lo que esta sucediendo con El Espectador es ejemplar. Mataron a Guillermo Cano y se alzo una oleada de indignacion y de solidaridad en el pais. Pero para cuando pusieron la bomba que volo las instalaciones del periodico esa indignacion solidaria se habia ido diluyendo y estaba convertida en irritacion sorda contra la terquedad de los Cano: estaban exagerando. Ahora, cuando toda la familia ha sido publicamente condenada a muerte por "Los Extraditables", esa exasperacion no se disfraza: los Cano son arrogantes, obsesivos, torpes, moralistas, "fundamentalistas", etcetera. Algo habran hecho.

(Recordemos que todo esto se decia tambien de Luis Carlos Galan, con cuyo manto de martir se cubren hoy hasta sus peores enemigos. Desde hace años, desde que fue asesinado Lara Bonilla, tenemos la costumbre de abandonar a los martires a su suerte para decir despues, compungidos, que "los dejamos solos")
Lo que se le critica a El Espectador son las incomodas virtudes de los martires: la terquedad en la defensa de la moral y de la libertad. Y no solo se le critican--eso, vaya y venga: es cierto que las virtudes ajenas suelen resultar molestas. Pero es que se ha llegado a considerar como cosa natural que tales virtudes (aun si son defectos) merezcan la pena de muerte.
Los colombianos no solo no queremos que se nos incite a la virtud, al valor civil, al deber ciudadano, cosas un poco ridiculas y pasadas de moda, sino que empezamos a encontrar casi legitimo que los virtuosos sean castigados por la fuerza. Dan mal ejemplo.

De ese estado de espiritu general que ha dejado a El Espectador en el abandono viene tambien la hostilidad contra otros que, en el mismo terreno del narcotrafico, luchan por defender a la sociedad, y por hacerlo empiezan a ser vistos mas bien como sus enemigos. Al general Maza Marquez, que se enfrenta a los narcos, se le dice que mas bien se vaya a vivir a otro sitio para que con su "guerra personal" no ponga en peligro nuestras vidas.
"Guerra personal": se dice, se repite, y poco a poco se va imponiendo la tesis--a traves de las conversaciones de coctel, de las insinuaciones o los silencios de la prensa--de que quienes estan en esa guerra lo hacen a titulo personal y en consecuencia deben librar;a solos--y si es posible, lejos.

Eso, de parte de todos los colombianos, es solidaridad con el crimen.
Porque no es solo cosa del gobierno, y del Congreso, y de las Fuerzas Armadas, con sus vacilaciones, y sus contradicciones, y sus mentiras. (Al respecto, es elocuente el hecho de que ya a nadie le importa un cornino lo que pueda opinar sobre cualquier catastrofe el presidente Barco). Es cosa de toda la sociedad, en donde cada cual esta dando su guerra, o mas bien pactando su paz, por su propia cuenta. Las negociaciones del gobierno con los narcos eran particulares: las del padre de un secuestrado, no las de los representantes del Estado. La vacuna que se paga a la guerrilla o a los paramilitares es asunto privado. La guerra de los Cano es personal. La muerte de Bernardo Jaramillo, y la de Carlos Pizarro, son temas de indole estrictamente familiar.

Pero la consecuencia de esa insolidaridad egoista no es que nos vayamos a salvar individualmente. Es que nos perdemos colectivamente, y entre todos.

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