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| 6/23/1997 12:00:00 AM

VIRGILIO BARCO

Gabriel Silva, uno de los más cercanos colaboradores del ex presidente, le rinde homenaje a su antiguo jefe.

He cometido el atrevimiento de aceptar el encargo de SEMANA de escribir una reflexión sobre el presidente Virgilio Barco. Y lo hago por una sola razón. A pesar de los significativos y valiosos esfuerzos de sus amigos por difundir su obra y defender su gestión, creo que el estilo personal, la visión política y el gobierno del presidente Virgilio Barco siguen aún siendo profundamente incomprendidos. Por eso quiero apelar a la excusa de haber sido testigo presencial y además barquista empedernido para contribuir en algo al juicio de la historia, cuyo veredicto está aún lejos pero que ya se intuye ampliamente favorable.No deja de sorprenderme que en su hora final los adjetivos más usados para describir la personalidad política y el estilo de gobierno de Virgilio Barco sean "tímido", "tecnócrata", "frío", "distante". Esa no es la perspectiva que poseen quienes a pesar de ser 20, 30 y 40 años más jóvenes que él decidieron acompañarlo entusiasmados en su empeño por transformar a Colombia.Voy a decir algo que para muchos puede ser una herejía. Barco era un hombre carismático. Quizá no para quienes creen que el carisma lo mide la favorabilidad en las encuestas. El carisma del presidente era el de las convicciones arraigadas. Su vocación por el cambio, por romper con todo aquello que anclaba a Colombia en el pasado, arrastró a muchos a comprometerse sin reservas con su programa político. Pero no era la suya una utopía desbocada. Sus objetivos eran todos audacias realizables. Su serenidad en público disimulaba bien el tamaño de su audacia. Arrancando por la de llevar al gobierno a un equipo que no tenía pasado en la vida pública y que despertaba sin duda el recelo y el desdeño de los que creen que a los presidentes se les elige para para que sean simples árbitros en la repartición del poder. Pero la mejor medida de su audacia es confirmar que en sólo cuatro años hizo realidad décadas de aspiraciones de cambio represadas. En cuatro años rompió con un siglo de inmovilismo constitucional. En cuatro años desmanteló cuatro décadas de Frente Nacional. En cuatro años repartió más tierras que en 25 de reforma agraria. En cuatro años frenó la década y media de ascenso incontenible del crimen organizado. En cuatro años hizo la paz con quienes llevaban 15 levantados en armas. En cuatro años le devolvió la confianza a los pobres de Colombia frustrados con 50 años de promesas incumplidas. En cuatro años acabó con la política eterna de los pactos entre bambalinas a espaldas de la gente. En cuatro años restituyó el derecho a la oposición y a la protesta popular usurpado por décadas de estados de excepción. Me sorprende también la insistencia en pintar a Virgilio Barco como un administrador eficiente, pero administrador al fin y al cabo. Era eso sin duda, pero mucho más. Un estadista visionario que tenía la disciplina indispensable para volver los sueños realidad. De una manera metódica, juiciosa, con la amplitud mental para considerar todas las opciones pero sin casarse con ninguna de antemano, enfrentaba los problemas más complejos.Muchos ven en su preferencia por los textos escritos y depurados un síntoma de su incapacidad retórica o política. Están muy equivocados. Barco aborrecía la improvisación. Consideraba una irresponsabilidad que un mandatario se dirigiera al pueblo sin la debida preparación y una afrenta imperdonable someter a un auditorio a una elocuencia vacía. Valoraba ante todo el poder y la majestad de la palabra presidencial. Para Barco hablar era comprometerse y no decía nada en lo que no creyera firmemente y no ofrecía nada que no estuviera convencido que podría cumplir. Para un país acostumbrado a premiar a los políticos no por sus realizaciones sino por la densidad florida de su retórica, Barco sin duda era un animal exótico.Cuarenta años de vida pública le enseñaron a Virgilio Barco a gobernar. Desarrolló un estilo presidencial muy eficaz para lograr que un Estado débil, con instituciones enclenques y burocracias en permanente insubordinación, respondieran a sus mandatos. Barco gobernaba por obsesiones. No tenía una constelación inmensa de pequeños objetivos sino un sólido y preciso catálogo de grandes aspiraciones.Le obsesionaban la lucha contra la pobreza, la generación de empleo, el bienestar de los niños, la paz con la guerrilla, la fortaleza de las Fuerzas Armadas, la destrucción de los carteles, el desarrollo rural, el cambio político, la integración con Venezuela. Además tenía unos cuantos proyectos específicos que calificaban también en la categoría de obsesión presidencial: el metro para Bogotá, Ciudad Salitre, el puente terrestre interoceánico, el Parque Nacional, la carretera marginal de la selva.Dedicaba mucho tiempo y trabajo a estas obsesiones, por lo que exigía de sus funcionarios, con una persistencia que algunos consideraban exasperante, resultados concretos. A la Policía Nacional la hacía publicar quincenalmente un detallado informe cuantitativo de los logros contra el narcotráfico. Al director de Icbf le pedía reportes semanales sobre el número de niños en los hogares infantiles. A Rafael Pardo lo llamaba para confirmar cuántos nuevos municipios habían ingresado al PNR. Al Ministro de Gobierno le pedía detallados informes periódicos sobre el progreso de la reforma constitucional. Menos atención prestaba a aquellos temas que consideraba periféricos a su obra de gobierno delegando en otros, como su secretario general y los respectivos ministros, el seguimiento cotidiano y la administración de los asuntos más alejados de su corazón. Para varios esa recurrente insistencia era una expresión más de su testarudez o de la simpleza con que Barco entendía la función de gobernar. Lo que ellos no saben es que el presidente se estaba saliendo con la suya porque aprendió temprano que los que gobiernan creyendo que todo es importante no logran nada y que la inercia de las burocracias sólo se rompe cuando finalmente entienden lo que es verdaderamente relevante para el jefe del Estado. La otra característica del estilo presidencial de Virgilio Barco era su independencia. Su lealtad fundamental era para con el país que lo eligió, para con el programa que ofreció y para con la historia. No le debía nada a nadie. Me consta que varios pagaron caro el atrevimiento de creer que eran dueños de Barco. En eso el presidente era implacable. Paradójicamente, los mitos más persistentes son aquellos que hablan de círculos secretos, de sanedrines y conclaves de asesores que definían el rumbo de los asuntos públicos prácticamente de manera inconsulta y sin intervención del primer mandatario. Esa es quizá la más grande de las mentiras que se han dicho sobre su gobierno. Y creo tener una explicación para ello.

En el país del Frente Nacional los presidentes eran rehenes del consenso. Nada podía hacerse sin el visto bueno de los gremios, de los medios de comunicación, de los ex presidentes, de los grandes caciques de los partidos tradicionales. El primer mandatario se tenía que someter a una cadena de consultas y transacciones que terminaban desdibujando sus aspiraciones y su programa de gobierno. El mandato no nacía en la urnas sino en los salones. Barco cambió todo eso. Por sus convicciones democráticas Barco se sometió al duro escrutinio de la prensa renunciando a halagar a editorialistas y cronistas mediante el expediente fácil del acceso privilegiado, el derecho al veto o la ilusión del cogobierno. Desafortunadamente la prensa confundió el respeto por su independencia con indiferencia o incapacidad de comunicar. Lo mismo ocurrió con los ex presidentes, los gremios y los grandes barones de la política liberal, que no entendieron que la época de las transacciones había terminado para bien de la democracia colombiana. Pero la lógica simplista de estos desgastados factores de poder los llevó a concluir que si ellos ya no mandaban otros tenían que haber tomado las riendas en la definición de los asuntos públicos. Y se desató una cacería de brujas para descubrir y desenmascarar quiénes eran esos arrogantes sacerdotes que habían usurpado el control del templo. Gaviria, Latorre, Cepeda, Montoya, incluso los más jóvenes asesores, eran señalados alternativamente como el poder detrás del trono. A nadie se le ocurrió pensar que lo que Barco decía en los discursos era en serio. Su mandato era el programa de gobierno, su único soberano el pueblo.Sin duda todos los miembros del famoso 'sanedrín' tuvieron una relación cercana con el presidente Barco e influyeron en el análisis de los problemas y en la definición de las soluciones. Pero las reuniones no eran conspiraciones a espaldas del presidente para impulsar una oscura agenda secreta sino abiertos ejercicios de reflexión liderados por el propio Barco, quien con una calidez y un sentido del humor impecables aguijoneaba a todos los participantes para provocar una tempestad de creatividad y controversia.
Pero Barco siempre demostró una deferencia especial para con quienes hacían la tarea. Tenía muy poca paciencia para los diletantes de canapé que se apoyaban en la supuesta autoridad que les entregaba la edad o la experiencia. Respetaba un buen análisis técnico y siempre estaba dispuesto a revisar una posición o ensayar una nueva idea si esta tenía un soporte sólido. El era totalmente indiferente a lo que consideraba trivial o irrelevante.
Las características arraigadamente partidistas de la campaña política del 86 y la naturaleza del esquema gobierno-oposición llevaron a que el país se creyera el cuento de que Barco era un sectario. Es un señalamiento curioso para alguien que fue mano derecha y protegido de Alberto Lleras, que sirvió en la administración conservadora de Guillermo León Valencia y que hizo parte de la tecnocracia bipartidista durante muchos años. Nuevamente creo que esa conclusión nace de una interpretación superficial de la compleja visión política de Barco.El presidente Barco se propuso recuperarle el sentido a la política. El problema de la democracia colombiana recaía en que no existían diferencias entre las colectividades políticas. Los partidos no ofrecían alternativas y los programas que presentaban después los tenían que entregar en transacciones con sus contradictores. Para acabar con esa situación se requerían cambios políticos _el esquema gobierno-oposición_, cambios institucionales _reforma a la Constitución_ y cambios en la cultura electoral _cambios en los partidos_.Su retórica liberal, su sectarismo si se quiere, era una forma de pregonar la necesidad de diferenciar a los partidos y de incitarlos a que asumieran su obligación de respaldar el programa de gobierno y su responsabilidad de ejercer la oposición. El sectarismo del presidente Barco llevó, casi que a regañadientes, a que los conservadores se convirtieran en oposición y a que la maquinaria parlamentaria liberal tuviera que desempeñarse como partido de gobierno.
Muchos han sido los elogios que ha recibido la personalidad del presidente Virgilio Barco en estos últimos días. Por ello no voy a extenderme en los que el país conoce bien, como su infinita discreción, su honorabilidad sin tacha, su dignidad frente a la adversidad, su entereza moral. Quiero hablar más a fondo sobre su valor personal y de su sentido del sacrificio.
Poca gente entiende hoy, cuando ha bajado la marea de sangre y del narcoterrorismo, el grado de coraje que se necesitaba para tomar la decisión de enfrentar el desafío infinito que representaban los carteles de la droga. Pocos recuerdan ya el grado de intimidación, sometimiento e impotencia en que se encontraba el país frente a los ejércitos de sicarios y de paramilitares comandados por Escobar y 'El Mexicano'. Guillermo Cano, los líderes de la UP, decenas de periodistas, jueces, alcaldes, murieron asesinados por haber desafiado la tiranía del delito.Y es que así entendía Barco el problema. El narcotráfico era obviamente una cuestión de derecho penal, pero él sabía que las organizaciones criminales eran ante todo el desafío político más apremiante y peligroso para la estabilidad de la democracia colombiana. De allí su cercanía e identidad con Luis Carlos Galán. Derrotar el despotismo violento de la mafia adquirió un carácter inaplazable. Era su deber, y Barco nunca eludió sus responsabilidades.No era fácil responder el reto insolente de los carteles de la droga. Barco no tenía instrumentos. Barco no tenía justicia, ni Policía, ni Ejército, ni solidaridad, ni aparato de inteligencia, ni tratado de extradición, ni respaldo internacional, para ayudarle en semejante empresa. Pero con su sentido del deber, y entendiendo que hay batallas que son ineludibles y que a él la historia le había entregado esa obligación, puso todas sus energías en ese esfuerzo. Pausadamente, superando cada obstáculo, corriendo riesgos personales de todo orden, fue construyendo una política contra el narcotráfico y fue comprometiendo al Estado y a la sociedad en una segunda guerra de independencia.
Al presidente Barco lo vi por última vez después de finalizado su gobierno cuando fui a Londres a visitarlo. Para entonces ya empezaba su salud a traicionarle. Le pregunté sobre cómo veía al gobierno actual del que yo también hacía parte. Y con su lucidez habitual me contestó: "Los godos deben estar muy bravos. La historia del próximo siglo la seguimos haciendo hoy los liberales".Ahora que Virgilio Barco ya no está serán muchos los análisis que hablarán de sus logros y legado, de sus aciertos y equivocaciones, pero lo que ya parece incuestionable es que ha entrado en la liga de los más grandes. Pero él no sólo cambió el rumbo del país. Transformó para siempre la vida de todos los que compartimos su gestión de gobierno. Y ahora con tantas sombras que se ciernen sobre Colombia, hay en su vida y en su obra un modelo de futuro.
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