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| 9/21/1987 12:00:00 AM

SANGRE EN LA ARENA

Después de cuatro décadas vuelve la racha de cornadas mortales

"La muerte de un torero, aunque sea triste decirlo, es algo bueno para la fiesta", afirmó recientemente el torero Antoñete. De ser válido este precepto, aunque sea triste decirlo, la fiesta brava estaría pasando por su mejor momento: Pepe Cáceres es el tercer torero de categoría que muere en los últimos tres años. Esta racha trágica la inauguró Francisco Rivera "Paquirri" el 26 de septiembre de 1984, al ser mortalmente herido por el toro "Avispado" en la Plaza de Pozoblanco (Córdoba). Aunque "Paquirri" no estaba considerado como el mejor torero del mundo sí era uno de los de primera línea, y quizás el mejor pagado, además de ser el más popular entre los seguidores de las llamadas revistas del corazón. Un año más tarde el 30 de agosto de 1985, el más promisorio de los toreros jóvenes, José Cubero "Yiyo", entró a matar y a morir cuando el toro "Burlero" le atravesó con un cuerno el corazón en la plaza de Colmenar Viejo, cerca a Madrid.
Y hace un mes, el 28 de julio de 1987, José Humberto Eslava, "Pepe Cáceres", la primera figura del toreo colombiano, fue cogido y corneado contra las tablas de la plaza de Sogamoso tras entrar a matar al toro "Monin" de la ganadería del rejoneador colombiano Dayro Chica. Después de la cornada el toro se retiró, y el veterano maestro corrió hacia el burladero, a pocos metros, siendo atendido por sus compañeros de terna, por su cuadrilla y por los espontáneos que se botaron al ruedo. Una cámara de video registró la mirada al cielo del maestro de Honda cuando, en el callejón, se descubre el pecho roto por la tremenda cornada: es la mirada de la muerte. Todos los que vieron una y otra vez la repetición de la escena llegaron a la conclusión de que el primero en darse cuenta de que se iba a morir fue el propio Pepe Cáceres.
Cáceres murió en su ley. Su tarde de muerte, paradójicamente, le da más gloria que cualquiera de sus tardes de triunfo y seguramente lo convertirá, con el paso de los años, en un mito de la fiesta brava nacional. No se podría decir que fue uno de los grandes toreros de la historia; sin embargo, indiscutiblemente ha sido el mejor torero colombiano. Esto, combinado con la extraordinaria duración de su carrera, llegó a proporcionarle cierto renombre a nivel internacional. Sólo una desmesurada vocación puede hacer explicable que, después de 31 años de vida profesional y a los 53 de edad, sin apremios económicos de ninguna clase y sin mucho cabello en la cabeza, Pepe Cáceres estuviera jugándose la vida a las cuatro de la tarde de un 20 de julio, en una corrida sin ninguna trascendencia nacional en un pueblo de Boyacá.
A esta sucesión de tres muertes de toreros, al ritmo de una anual, debe agregarse un aumento extraordinario en el número de cornadas que se está viendo, en los últimos tiempos, en los ruedos. La revista española Cambio 16 le dedicó en su edición del 15 de junio un artículo al tema, bajo el título de "Cornadas de gloria", en donde señala que en la última temporada de toros en España los diestros Pepe Luis Vargas, Joselito, José Luis Ramos, Vicente Ruiz "El Soro" y Carlos Aragón Candela, tuvieron un encuentro cercano con la muerte en la arena al ser corneados de manera gravísima, aun cuando no trágica. "El Soro", integrante al lado de "Paquirri" y "El Yiyo" del fatídico cartel de Pozoblanco, considerado por muchos aficionados como la terna de la muerte, dijo a Cambio 16 con motivo de su cornada que "en la fiesta brava hay un 75 por ciento de morbo repartido entre los espectadores y el torero. Al público no es que le guste ver desgracias, pero sí tener cerca la muerte".
Y es que el público que asiste a las corridas de toros, en su mayoría, lo hace porque sabe que existe un riesgo. Cuando pasan varias temporadas sin que haya cornadas serias se supone que el riesgo ha disminuído, y los aficionados entonces se vuelven esquivos a llenar las plazas. "Por eso las muertes", dijo a SEMANA un aficionado, "son necesarias, aunque suene sádico decirlo. Devuelven la emoción a la fiesta".
Lo sorprendente de todo esto es que así como hoy es rutinario hablar de toreros muertos en la arena, hacía cuarenta años que no se presentaba la muerte de ningún diestro famoso. El último habia sido Manuel Rodríguez, "Manolete", el 28 de agosto de 1947 en Linares, quien se inmortalizó al morir corneado por el toro de Miura "Isleño". "Manolete", con un error de técnica, entró a matar muy despacio en contra de la rapidez que el toro pedía, y resultó enganchado por el muslo derecho. Toro y torero rodaron juntos por la arena de la plaza de Linares en un abrazo trágico que parece simbolizar él solo toda la fiesta brava. Entre la muerte de "Manolete" y la de "Paquirri" pasan 37 años, y en ese largo lapso sólo dos matadores dejaron su vida en el ruedo: los portugueses José Mata, el 25 de julio de 1971 y José Falcón, el 11 de agosto de 1974; un novillero, el desconocido "Zafiro", en la misma plaza de Sogamoso un banderillero, Joaquín Camino, el hermano de Paco; un espontáneo que se echó al ruedo a torear un toro de "El Cordobés"; y uno que otro aficionado en los sanfermines de Pamplona. Esta había sido la cuota de sangre en el ruedo de las últimas cuatro décadas hasta la muerte de "Paquirri".
Lo normal era que los toreros murieran en su cama, como los generales. Y que antes de eso se volvieran calvos y barrigones, preocupados por sus fincas y sus ganaderías y por las incipientes carreras en los ruedos de sus hijos o yernos. Así lo han hecha figuras como Antonio Ordóñez, Paco Camino, Diego Puerta, Miguel Báez "El Litri", Pepe Luis Vázquez y JuIio Aparicio. Para botón de muestra el hecho de que el más llamativo cartel que puede presentar hoy una plaza que se respete, lo constituye la terna compuesta por tres jóvenes de 18 años. Sus nombres: Rafi Camino, Julio Aparicio y Miguel Báez "El Litri"
No fue así en los tiempos de "Manolete". Pocos de los grandes del toreo llegaron a tener el privilegio de estar detrás del burladero mirando torear a sus delfines. Y sí muchos hijos de matadores no pudieron darles a sus padres la oportunidad de ver sus apellidos otra vez inmortalizados por la gloria no fue precisamente porque no se dedicaran al toreo, sino porque sus padres ya habían muerto.
Desde comienzos del siglo hasta 1947, cuando murió "Manolete", la historia era distinta. Muchos de los toreros más grandes terminaban su vida en las astas de un toro. José Gómez Ortega, "Joselito", quien ha sido tal vez el mejor torero de todos los tiempos, murió en Talavera de la Reina, el 16 de mayo de 1920, corneado por el toro "Bailador", que mató en cinco picas a cinco caballos. "Joselito" tenía 25 años y era tal su gloria y fama que muchos taurinos aseguraban que el solo verlo haciendo el paseillo ya pagaba la boleta. Después vino la muerte de Manuel Granero, el 7 de mayo de 1922, en Madrid, por la espeluznante cornada que le propinó el toro "Pocapena", cuando en un alarde de arrojo el torero se confió y al bajar la cabeza uno de los cuernos de su enemigo le entró por el ojo.
Luego, el 11 de agosto de 1934, Ignacio Sánchez Mejías fue corneado por el toro "Granadino" y se inmortalizó por el poema "Llanto" que hizo en su homenaje el gran poeta Federico García Lorca. Y a esta lista habría que agregar otros nombres de antología taurina, como los de Manolo Báez, el primer "Litri", y Francisco Vega de los Reyes, el primer Gitanillo de Triana.
Según la leyenda el único torero -desde que existe la fiesta brava- que no fue corneado ni una sola vez, a pesar de haber matado más de cinco mil toros, fue el gran Pedro Romero, el casi mitológico inventor del toreo a pie en el siglo XVIII. Es, sin embargo, absolutamente excepcional que un torero sin cicatrices haya pasado a la historia. Por otra parte, tener el cuerpo cosido de ellas tampoco es una garantía, y podría ser más bien indicio de torpeza: la cogida -sostenía el gran Pepe-Hillo- es siempre culpa del torero. Además de la cogida es necesaria la muerte, como bien lo vio don Ramón del Valle Inclán cuando le dijo a Juan Belmonte: "Sólo serás inmortal si mueres en el ruedo". Belmonte, según cuentan, le respondió con modestia: "Maestro, haré lo posible".
Y en efecto, hizo lo posible. Mientras duró su carrera, los aficionados dijeron siempre que a Belmonte había que verlo torear pronto porque para la próxima corrida ya lo habría matado el toro, tan inverosímiles eran los terrenos en donde se metía. Pero no lo logró. Y cuarenta años más tarde, viejo, calvo, barrigón, retirado de los ruedos, se pegó un tiro.
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