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| 8/16/2014 9:00:00 PM

“Yo no mato, yo toreo”

El torero César Rincón, uno de los más importantes de la historia del país, publicó el miércoles una carta en la que llamó a protestar contra quienes quieren acabar la fiesta brava en Colombia. SEMANA habló con él.

SEMANA: ¿Se volvió activista?

CÉSAR RINCÓN: No es que quiera serlo, pero hay límites y siento que tengo que reaccionar. Yo respeto que haya gente a la que no le gusta la fiesta taurina. Pero creo que nos están atacando con armas muy poco éticas.

SEMANA: ¿Como cuáles?

C. R.: El Alcalde de Bogotá violenta la ley que nos cobija y que permite el ejercicio taurino. Y además incita a la gente a alzarse contra nosotros.

SEMANA: En su carta usted compara su lucha con la de Mandela. ¿No exagera?

C. R.: No. Él nos recuerda que en una democracia tenemos derecho a reivindicar nuestros ideales y nuestras pasiones. Mi pasión es la de ser taurino y me parece el colmo que nos censuren.

SEMANA: Usted quiere proteger no solo al aficionado, sino a quienes viven de la fiesta brava. ¿Quiénes son?

C. R.: El primero es el toro de lidia, una raza cuya naturaleza es el combate. Sin festejos taurinos, no sería posible mantener a ese animal ya que requiere una gran cantidad de hectáreas. Luego están el torero y sus subalternos: los banderilleros, los varilargueros, los picadores, los mozos de espada… Y finalmente están los empresarios y quienes viven del turismo taurino. Después del fútbol, el espectáculo al que los colombianos más acuden son las corridas.

SEMANA: Aquí también muchas familias vivieron durante décadas de vender pólvora y hoy nadie sale a defenderlas.

C. R.: Eso es muy diferente. La pólvora deja quemados, y es necesario salvaguardar la vida de los seres humanos. Me podrán decir que los animales son seres vivos, y lo son, pero en Colombia hay una hipocresía muy grande. No les gusta la fiesta taurina, pero la gente come mucha carne sin aceptar el maltrato animal. ¿No sufre el pollo cuando lo matan? ¿No se asfixia el pescado cuando lo pescan? Si hay una lucha verdadera, ¡entonces volvámonos todos vegetarianos!

SEMANA: Hace pocos siglos la esclavitud era parte de esa ‘cultura’, pero eso cambió. ¿No cree que la mayor parte de la sociedad ya no está dispuesta a aceptar la tauromaquia?

C. R.: A las minorías hay que respetarlas. A nadie lo obligan a asistir a los toros. A mí por ejemplo no me gustan esos conciertos de rock pesado, y por eso no voy.

SEMANA: Muchos creen que las corridas son una diversión de ricos…

C. R.: Eso es un error. En las corralejas de los pueblos va la gente humilde que aprecia esta expresión cultural. Además, la mayoría de quienes vivimos del toreo salimos de abajo. Yo nací en el barrio Fátima, recogí chatarra y ayudé en una zapatería de barrio.

SEMANA: Usted en la carta habla de un sentimiento que se expresa en la corrida ¿A qué se refiere?

C. R.: Al sentimiento del torero al ver un toro de lidia, un animal que tiene la oportunidad de sacar su fuerza innata de combatir. Es emocionante ver al toro y al torero logrando que la gente se emocione. ¡Eso es bello!

SEMANA: ¿Usted cuántos toros ha matado?

C. R.: Mi ejercicio no es matar, sino torear y ejecutar la suerte suprema. Hacerlo es magia, sobre todo cuando toro y torero logran compenetrarse. Yo toreé por 25 años y no podría decir cuántos toros. Una vez alguien me dijo que yo era el peor asesino que ha tenido Colombia. Qué ignorancia, ¡no entiende que esto es una profesión!  

SEMANA: ¡Pero el toro sufre!

C. R.: El toro de lidia es un animal más fuerte que todos los demás. No se puede comparar con un gato o perro. Puede que le duela ser toreado, pero nació para combatir.

SEMANA: En un mundo plagado de guerras y violencia, ¿no piensa que se debería dejar de hacer sufrir a los otros, así sean humanos o animales?

C. R.: ¿De dónde sale violencia en una plaza de toros? ¿Cuándo se ha escuchado que un aficionado mató a otro? Yo llevo años toreando, pero ¿he sido violento en la vida? Yo creo que soy un ejemplo de tenacidad y perseverancia. ¿Sabe qué genera tortura y violencia? La desigualdad social. Y también la industria armamentista. Pero ante eso callamos.
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