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El guardián de las letras

José Eduardo Jiménez lleva medio siglo en la Imprenta Patriótica del Instituto Caro y Cuervo, donde todavía se emplean linotipos para hacer libros. Por su labor, este tipógrafo bogotano de 71 años acaba de recibir la Gran Orden del Ministerio de Cultura.

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SEMANA: ¿Ha tenido un iPad en sus manos?

JOSÉ EDUARDO JIMÉNEZ: Nunca. Yo uso lo más básico para leer correos electrónicos que es un computador. Y no hago más porque guardo una consciencia de lo artesanal. A mis hijos no les voy a hacer el daño de prohibirles esos dispositivos, pero yo sí quiero morir con el criterio humanista. Este dice que el hombre no puede estar al servicio de las máquinas.

SEMANA: ¡Pero usted usa un celular!

J. E. J.: Sí, pero solo para contestar llamadas y, como ya estoy viejo, para cualquier emergencia. 

SEMANA: ¿Rechaza las nuevas tecnologías por su trabajo de 50 años como tipógrafo?

J. E. J.: Es que debimos sufrir mucho. Hoy estamos en la gloria porque nos reconocen como bien histórico de la nación, pero por mucho tiempo fuimos atacados por mantener la imprenta. Nos decían que éramos anticuados. Hasta los órganos de control llegaron a decir que causábamos detrimento patrimonial. 

SEMANA: ¿Cuándo fue eso?

J. E. J.: En 1985, Colombia entera quiso pasarse a lo electrónico. Nos tildaron de enemigos de la innovación, nos oficiaron, y tuvimos que defendernos. Tan obnubilada estaba la gente por las maravillas de la tecnología que terminaron botando aparatos magníficos como si fueran chatarra. Yo me llevé un grupo de empleados a rescatarlos y así hoy disponemos de un depósito que nos permite hacerle mantenimiento a la imprenta. Mi jefe de la época me dijo: ‘Usted y yo somos conscientes de lo que se nos viene, pero luchemos y con el tiempo, como al buen vino, nos aprenderán a apreciar’. 

SEMANA: Proteger la imprenta fue un acto visionario, pero su oficio hoy está muriendo. ¿Siente nostalgia?

J. E. J.: En 50 años han desfilado por la imprenta 180 personas, un grupo maravilloso que me causó una gran satisfacción. Siento nostalgia, pero me ayuda saber que ha valido la pena luchar. La muestra es que hoy mucha gente quiere tener libros hechos a la manera antigua. 

SEMANA: Los discos de acetato están volviendo a ser populares…

J. E. J.: ¡Sí! Yo vivo atento a esas cosas, y mi impresión es que en la vida todo satura. Siento que la gente está interesada por volver atrás, por los orígenes. Este es un proceso hermoso que no se puede tirar al olvido. 

SEMANA: En un tiempo en que todo avanza a gran velocidad. ¿Qué consejo da?

J. E. J.: Yo critico esa idea de que ‘lo que pasó pasó’ porque creo que vale la pena ser guardianes de las tradiciones genuinas. En ellas vive la civilización. Sin tablas de cera, hoy no habría iPad. Sin el pasado no se podría estructurar el presente, ni proyectar el futuro. Creo que la política también debe aprender. Si no reconocemos que hay esencias necesarias para que este país funcione seguiremos tropezando como sociedad. 

SEMANA: Hay quienes creen que repartir iPads sirve para eso…

J. E. J.: Yo la tecnología no la manejo bien. La admiro y sé que es inevitable y necesaria para el progreso porque abrevia muchos procesos. El problema está en el exceso. 

SEMANA: Usted hace libros desde los 18 años. ¿Por qué es esto algo especial?

J. E. J.: Este es un proceso antiguo que requiere, en primer lugar, un procedimiento intelectual, luego uno artístico, luego uno de composición con linotipos, luego la armada y la titulación, luego la impresión de cortes de papel, luego el manejo de lingotes y caracteres fundidos en plomo para machucar el papel, luego hacer acabados y encuadernas con hilo y finalmente enviar a venta o por correo. Lo que hacemos es, en el fondo, lo mismo que hacen todos los demás hoy. Pero de forma artesanal. 

SEMANA: ¿Cuál es la historia de la Imprenta Patriótica? 

J. E. J.: El instituto fue fundado en 1942 y de inmediato se comenzó a investigar. Seis años después ya había investigaciones para imprimir. Era necesario divulgar la labor hecha y comenzamos a trabajar con editoriales externas, la Editorial Kelly, la Imprenta Nacional. Pero teníamos que luchar mucho porque los nuestros eran libros científicos con esquemas y notas, sujetos a actualizaciones de última hora. Entonces el instituto supo que tenía que tener una imprenta propia. Esta se inauguró el 20 de julio de 1960. 

SEMANA: Era el aniversario 150 del grito de independencia. ¿Por qué esa fecha?

J. E. J.: Fue un homenaje a Nariño. No solo porque fue un guerrero, estadista, precursor y agitador de ideas fundacionales de este país, sino porque también fue un tipógrafo, que pegó papel y se untó de tinta. Fue un tipógrafo benemérito. Abrimos la imprenta en Yerbabuena, un lugar con un ambiente adecuado cuando Bogotá se acababa en calle 85. Éramos seis personas y cuatro máquinas y crecimos rápidamente pues el libro de papel era el único medio de divulgación. 

SEMANA: ¿Cuántas personas alcanzaron a tener?

J. E. J.: El 2005 fue un año corte para nosotros, pues teníamos 48 empleados en la planta editorial y producíamos 40 y pico títulos al año que iban a todo el mundo. Pero ahí el carro se detuvo. Llegó un director que cambió la estrategia y viró hacia la pedagogía y hacia convertirnos en un laboratorio cultural. Los empleados se empezaron a jubilar, otros se fueron. Hoy somos 20. Y las máquinas quedan, están en perfecto estado.

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