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El Neruda quechua

Fredy Chikangana, poeta quechua del suroriente del Cauca, acaba de publicar su obra en una de las más grandes antologías de poesía indígena jamás hechas en Colombia, ‘Voces originarias de Abya Yala’.

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SEMANA: ¿Qué distingue a la poesía indígena del resto de la poesía colombiana?

Fredy Chikangana: Veo una diferencia. Nuestras palabras refuerzan el valor de los sonidos. No es lo mismo cantar en quechua o en wayuunaiki que en inglés o francés. Lo que para el mundo son objetos inanimados, para nosotros son seres vivientes que nos hablan. Habla la piedra, la montaña, el árbol, el pájaro, el agua…

SEMANA: ¿Qué papel tiene un poeta dentro de una comunidad indígena?

F. C.: En mi comunidad no hay poetas, sino cantores u oralitores. Este último término une lo oral con lo escrito. Trabajamos basados en lo que nos transmitieron nuestros abuelos. Pero en las comunidades somos iguales a cualquier otro miembro. Ya no estamos en tiempos en que el poeta puede dedicarse solo a lo suyo.

SEMANA: ¿Cuántos son en su comunidad?

F. C.:
En Cauca hay una partecita de la gran comunidad quechua del mundo. Allá somos unos 40.000.

SEMANA: ¿Cómo se volvió oralitor?

F. C.: Empecé a escribir de lo que decían mis abuelos sobre el mensaje del fuego y los pájaros y sobre el conocimiento de los sueños. Escribía lo que me salía del corazón, sobre todo cuando estudié Antropología en Bogotá y sentía un vacío al no estar en mi espacio.

SEMANA: ¿Cuántos oralitores hay?

F. C.: Hay cantores que hacen su trabajo a través de ceremonias. Son diez o 15 por territorio. Pero oralitores casi no hay. Somos seres raros. Los wayúu hoy solo tienen dos o tres.

SEMANA: ¿Lee poetas no indígenas?


F. C.:
Me gustan el mexicano Emilio Pacheco, el chileno Gonzalo Rojas… y Neruda. De Colombia leo a García Márquez y a León de Greiff.

SEMANA: ¿Por qué ellos?

F. C.: Me gusta la palabra que transforma el espíritu y genera esperanza, sobre todo en un mundo caótico y difícil.

SEMANA: ¿Cómo difunde sus poemas entre las comunidades indígenas?


F. C.:
En los encuentros de los pueblos indígenas y el Festival de Poesía de Medellín. También hacemos talleres con comunidades del Pacífico y del norte del país. Queremos que nuestras lenguas no se pierdan.

SEMANA: ¿Y el libro cómo surgió?


F. C.: Hay que dar gracias a Noruega, cuyo embajador nos pidió hacer algo que le llegue al mundo entero. La idea es que la gente entienda que cuando se habla de culturas indígenas no se habla de pasado, sino de presente. La situación de los indígenas en Colombia es lamentable. Hay comunidades y lenguas que están siendo arrasadas y exterminadas.

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