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| 9/23/2009 12:00:00 AM

Bibliotecas para la memoria

Esta semana en la Biblioteca Nacional se discute cómo preservar mejor el patrimonio bibliográfico y cómo éste se puede poner al servicio de la gente en la era digital.

En los anaqueles del Fondo Antiguo de la Biblioteca Nacional reposan 4.182 volúmenes forrados en piel de carnero que pertenecieron a los jesuitas. Con estos libros se inauguró en 1777 la Biblioteca Nacional.
 
Unos 50 años después, cuando el general Francisco de Paula Santander trasladó la Real Biblioteca Pública de Santafé de Bogotá al edificio de Las Aulas (hoy el Museo Colonial), escribió: “El establecimiento de Bibliotecas Públicas contribuye sobremanera al adelantamiento de la ilustración general y a promover el cultivo de las ciencias y las artes, objetos que deben merecer los más atentos cuidados de un gobierno verdaderamente republicano, como el de Colombia”.

Bajo el gobierno de Santander también se creó la Ley de Depósito Legal. Gracias a este mecanismo, que desde 1834 ha servido para promover la llegada de todo artículo impreso a la Biblioteca Nacional, se ha venido alimentando la memoria bibliográfica y documental del país, memoria que reposa y es consultada diariamente en la actual casa de la Biblioteca Nacional: el edificio color crema localizado en Bogotá en la avenida 26 con carrera quinta.

Pero esta memoria ha cambiado. Han cambiado sus definiciones y sus formatos también.
 
Libros, afiches, catálogos, fotos, vídeos, periódicos, revistas, partituras, discos compactos y folletos son algunos de los formatos que dan cuerpo a la multiplicidad de conocimientos y expresiones producidas a diario por los colombianos.
 
Por eso, como lugar privilegiado de la memoria, la biblioteca pública, bien sea en el nivel municipal, departamental o nacional, debe darse a la tarea de recolectar, sin valoraciones estéticas, discriminación de formatos o censuras ideológicas, todos los materiales que en un futuro hablarán de los colombianos de hoy como sociedad, y que ahora, en este presente, alimentan el diálogo ingenioso y equitativo que la Nación requiere para pensar, sentir y actuar de cara a presentes y futuros inciertos.

Para Ana Roda, directora de la Biblioteca Nacional, esa tarea no se puede realizar sola. Por ello esta semana tendrá lugar el Simposio de Patrimonio Bibliográfico, que se inserta dentro de una línea de trabajo de su administración llamada ‘Vamos a hacer memoria’.
 
Este proyecto, que no deja de ser ambicioso, se inicia con el simposio que se lleva a cabo este martes y miércoles y que espera poner en discusión todos los temas que debe plantearse una biblioteca a principios del siglo XXI, y más una Biblioteca Nacional, con miras a la construcción de una política nacional de protección y uso del patrimonio bibliográfico.

Pero este no es sino el inicio. La idea es formar una red nacional de bibliotecas patrimoniales que articule los principales catálogos y colecciones digitales del país, para facilitar la labor de los usuarios y hacer posible la consulta remota de catálogos y documentos. Y proponer el desarrollo, desde las bibliotecas públicas, de colecciones locales que hablen de la historia y vida de las comunidades.


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