Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/11/19 00:00

Del otro lado de la frontera

La biblioteca parece ser el único lugar cultural en una ciudad que vive entre dos países. Actividades, algunos conciertos, una sola librería y algunos periodistas que aún creen que falta compromiso estatal hacen de Cúcuta una capital, pero no precisamente de las artes.

Del otro lado de la frontera

Las casas del barrio San Rafael son de tablas azules, rojas, anaranjadas, verdes, amarillas… la Alcaldía regaló la pin-
tura para que la gente disimulara la pobreza y este trozo de montaña que es la entrada sur de Cúcuta ya no fuera tan triste. Las casas tienen las tejas pisadas con piedras, llantas y materas y tarros donde a veces crecen flores. El camino es de tierra y los perros y los niños tienen las caras sucias de polvo. Estoy aquí porque un taxista me dijo que en una de tantas casas, la de Miguel Crespo, funcionaba una biblioteca. Pero no es verdad, ya no. El hombre tiene cincuenta y tres años, lo echaron de Telecom hace tiempo y se quedó sin esposa, sin hijos y sin libros: “Mi mujer se fue para donde una hermana porque se aburrió de pasar hambre conmigo, mis hijos ya se casaron y los doscientos libros que tuve los fui vendiendo de a uno para poder comer”. Es posible que esa idea romántica de que los libros te nutren al fin no sea una metáfora.
Ahora, en el escaparate donde antes se apilaban los libros hay un televisor con la imagen lluviosa y distorsionada de una ex reina de belleza que dice algo de las tetas nuevas de una amiga suya. Miguel Crespo se encoge de hombros. El libro que más le dolió vender fue un Quijote con ilustraciones de Gustave Doré. Era una edición barata que le compró un estudiante de la Universidad Francisco de Paula Santander, la más grande de esta ciudad que es célebre porque apenas tiene un par de estaciones de gasolina y los conductores se surten en las esquinas con combustible traído de contrabando desde Venezuela. Hasta los policías paran por ahí y beben agua mientras se nutren de un mercado que se supone ilegal. El viejo lector sin libros tiene su propia frase: “Cúcuta no tiene mar, pero en cambio tiene un océano de gasolina barata”. Crespo le echa la culpa de la pobreza cultural de la ciudad a esa marejada refinada y sentencia otra frase: “Los cucuteños son como sus carros brutos… se mueven a gasolina”. El otro libro que más le dolió vender fue Las mil y una noches, también ilustrado. ¿Habrá en esta ciudad más que sentencias tristes?
Abajo del cerro de San Rafael, en una glorieta sin flores ni pasto verde, hay una estatua de uno de los cucuteños que la ciudad decidió exhibir como ejemplo: el ex presidente Virgilio Barco. El taxista que me lleva de regreso al centro de la ciudad no recuerda nada de él, solo que “no sabía hablar”, pero eso quizás no sea un rasgo particular de un ex presidente. Muy cerca de allí, justo tras la espalda de la estatua y en lado opuesto del reguero de casuchas de San Rafael, las constructoras ofrecen las últimas versiones de lo que cada una anuncia como “el lugar de tus sueños”. Hay mansiones tan grandes como iglesias y un edificio con un solo penthouse con un helipuerto en la azotea. Asegurarse un sitio en “el lugar de tus sueños” vale medio millón de dólares. ¿Hay tanto que ver en Cúcuta para que alguien quiera pagar lo que quizás cueste el trozo de una isla en el Caribe?
La única biblioteca pública de la ciudad se llama Julio Pérez Ferro, un viejo pedagogo del que el taxista tampoco sabe nada. El edificio donde funciona es el antiguo hospital de la ciudad y su auditorio de paredes blancas, techo de cañabrava y tejas de barro fue la morgue de los enfermos fallecidos entre 1787 y 1986. Justo ahora, tres jovencitas reciben clase de piano en un rincón donde quizás antes hubo una mesa de disecciones. Afuera el calor te quema el cuero cabelludo, pero adentro el aire es indulgente, casi frío. Las estudiantes sonríen curiosas, llevan el pelo recogido y admiten que la mayor virtud de la vieja morgue es su acústica, lo dicen así, y enseguida vuelven a lo suyo, un trozo de “Para Elisa”, de Beethoven.
La biblioteca suele organizar conciertos y conferencias en el viejo salón de los muertos para darles alegría a los vivos. En un día normal, entran unas cien personas, pero hoy es sábado y el ingreso se quintuplica con los estudiantes que asisten a los cursos que la administración tuvo que inventarse para recoger dinero y no tener que cerrar. Un volante que te entregan a la entrada te informa que todavía se reciben alumnos para clases tan disímiles como origami, oratoria, artes marciales, baile moderno, gramática musical, glamour y pasarela, el curso más exitoso de todos.
Doscientas jovencitas entre los ocho y los veinte años aprenden “cómo hablar en público, cómo llamar la atención sin parecer chocantes, cómo responder preguntas difíciles, cómo sentarse, cómo coger una copa, cómo combinar la ropa con los zapatos, en fin, cómo ser reinas”… la enumeración es de uno de sus tutores, un hombre vestido con trusa negra que no deja de sonreír. El curso no incluye leer libros de literatura, claro, solo fotocopias que ya están cubiertas en los costos de matrícula. El salón de las niñas que sueñan ser divas es uno de los pabellones para tuberculosos del antiguo hospital. Nadie negará que la vida fluye como debe. Ahora el piso es de madera y en las paredes hay espejos donde las alumnas ensayan gestos aprendidos, como ese de reírse con risas medias: ni escandalosas ni frías. “Suficientes”. Este sábado hay mucha más gente.
Es casi el último fin de semana de Maloka en la ciudad. El célebre museo de Bogotá anda de gira y sus trebejos científicos están regados en el resto de las salas de la biblioteca. Para dar espacio a bolas de icopor suspendidas por chorros de aire, y a un remolino diminuto y a mapas interactivos y a una esfera que te para los pelos, Julio García Herreros, el director de la biblioteca, tuvo que arrumar la mayoría de los casi cuarenta mil libros de la colección. Para no morir en el intento de ofrecer un lugar para los libros, la única biblioteca popular de la ciudad debe feriarse de esta forma y es posible que el viejo sanatorio sí sea la sede ideal para una oferta cultural enferma.
Julio García Herreros es sobrino de Rafael García Herreros, ese sacerdote nacido en Cúcuta que se hizo famoso por construir barrios convenciendo a los más ricos de que la vida eterna puede transarse a cambio de generosidad. Su sobrino también se siente una suerte de apóstol de otra causa casi perdida. Es curioso: si vendiera un extraño libro que tiene la ciudad, Cúcuta de pronto podría asegurarse el diseño de una política cultural que ya envidiaría cualquier urbe del mundo. El libro se llama Las crónicas de Nuremberg. Es un incunable impreso en 1493 y es famoso porque tiene grabados de ciudades de la época y el primer mapa impreso de Alemania. Julio García Herreros exhibe una réplica en su oficina. Las crónicas ilustran la historia de la humanidad y narran la creación, el diluvio, el nacimiento de Abraham, el reinado de David, el destierro del pueblo de Israel a Babilonia, el nacimiento de Jesús, la Alemania del siglo xv y hasta el fin del mundo. En una galería de Nueva York un coleccionista podría pagar cinco millones de dólares por el librejo de casi seiscientas páginas, lo mismo que valdrían diez casas en el nuevo condominio de la ciudad. El extraño tesoro está condenado a permanecer en una casilla metálica en la bóveda principal del Banco de la República, en el centro de Cúcuta.
Todos los alcaldes, cuenta García Herreros, han propuesto venderlo y usar el dinero para tapar los huecos de las calles, hacer un hospital, ampliar el estadio de fútbol y al final levantar una réplica en bronce del libro a manera de monumento al héroe inmolado. Pero la decisión de venderlo no depende de los alcaldes ni de sus concejales interesados. El libro llegó a la ciudad a principios del siglo pasado donado por el presidente Marco Fidel Suárez con una tarjeta que decía: “A Cúcuta”, así, a secas. Hasta ahora, nadie ha podido rebatir la simpleza de la dedicatoria y el libro sigue bajo llave, costando un poco más cada año. ¿Dónde más preguntar por libros?
Cúcuta solo tiene una librería. Se llama Builop, está en un local del centro sobre la Avenida Quinta y también es papelería con un amplio surtido de bolsas para regalo. En cambio si preguntas por un clásico del periodismo narrativo como A sangre fría, de Truman Capote, o Anna Karenina, de León Tolstoi, o cuentos de Maupassant o Faulkner o Joseph Conrad o algo de Kapuscinski no encontrarás nada. El pedido tardará una semana hasta que te lo traigan de Bogotá. Si es verdad que una ciudad también es lo que lee o lo que oye, Cúcuta, en efecto, está en el extremo de un país cuyo centro es muy pequeño. Hay quienes intentan rebelarse, por suerte.
Elsa Machado es la periodista de la sección cultural de La Opinión, el único diario de la ciudad. Ella es barranquillera y lleva tres años viviendo en este reino fronterizo donde los taxistas sintonizan emisoras de música venezolana. Ella no se queja y celebra que ya haya cubierto para su periódico la visita del Ballet de Moscú y el Teatro Negro de Praga. Tampoco es cierto que Cúcuta no tenga oferta cultural, dice con un acento que ya no es costeño. Mañana, por ejemplo, comenzará un festival de títeres en el Teatro Municipal con entradas gratuitas. En agosto hubo una feria del libro y la ciudad se ha ganado premios nacionales por promoción cultural... “Una cosa es que nada de eso sea suficiente”, dice ella. A continuación nombra gente del teatro y la música que también hacen lo suyo. Uno de esos espadachines altruistas se llama Jhon Franco y está empeñado en crear una orquesta sinfónica juvenil. Le falta poco.
El otro día, el 11 de agosto, ciento veinte muchachos se presentaron en la Biblioteca Pública, en una plazoleta donde antes estuvo el manicomio municipal, y tocaron la “Obertura Egmont”, de Beethoven, una pieza dificilísima que los llenó, confiesa Jhon, de agallas, y empuña los dedos como si fuera a ordenar el final de una obertura. Ese día también interpretaron la “Marcha Eslava”, de Tchaikovsky; “Finlandia”, de Jean Sibelius, e “Italiano en Argelia”, de Rossini. Ahora sus sueños musicales son otros: los muchachos de la orquesta quieren tocar la Quinta y la Novena Sinfonía de Beethoven y “Carmina Burana”, de Carl Orff. Pero no sirve solo que se lo propongan. Para ser una verdadera orquesta saben que necesitarán, al menos, dos tubas, que valen veinte millones cada una; dos xilófonos, de cuarenta millones; dos fagots, de treinta y nueve millones; tres cornos, de quince millones, y un oboe, de dieciséis millones. No se hacen muchas esperanzas.
El Alcalde invirtió una fortuna en ampliar el estadio General Santander para que el Cúcuta pudiera jugar la pasada Copa América y, al parecer, la plata se acabó. Ahora el alcalde está preso, acusado de aliarse con los paramilitares para matar y robar y nada de lo que pasaba en esos días de promesas electorales permitía suponer que su reemplazo, quien quiera que fuera, entendiera como prioritaria una orquesta para la ciudad. Del alcalde Ramiro Suárez Corzo, el taxista guía recuerda esa anécdota con el Presidente durante un consejo comunitario.
—Presidente: esta es una situación muy difícil. Estamos bajo la espada de Sócrates.
—Querrá decir de Damocles, alcalde Suárez….
­—¡Ah, como sea, Presidente! ¡Al fin de cuentas todos esos griegos tenían espada!
Para poder conseguir los pasajes de los ensayos, algunos de los músicos del semillero de la orquesta sinfónica tocan en grupos de mariachis, que es la música que más se oye en los condominios millonarios del sur de la ciudad. Esa, por cierto, es la música preferida del alcalde preso, “esa música y la historia de los griegos”, dirá el taxista de regreso al aeropuerto, tres días después.

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