Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/09/18 00:00

Después de la cocaína

El escritor norteamericano Bret Easton Ellis se convirtió en el demonio de la generación yuppie de los años ochenta al publicar American Psycho, un viaje de un asesino en serie vestido de Armani. Tras siete años de silencio, vuelve a atacar.

Después de la cocaína

Bret Easton Ellis nació en Los Ángeles, California, en 1964. A los veintitrés años vio publicada su primera novela Less than Zero (Menos que cero, 1985). A los dieciséis meses la novela había sido traducida a una treintena de idiomas, había un proyecto en marcha para llevarla al cine y, en palabras del propio Ellis, el escritor se había convertido en alguien “demencialmente famoso”. A partir de ese momento la vida de Ellis se convirtió en algo muy parecido a la vida de una estrella de rock o a la de una estrella de Hollywood (de hecho, el escritor comenzó a rodearse de personajes como David Duchovny, Robert Downey Jr., Eddie Murphy, John McEnroe, John John Kennedy, Keith Haring y una lista más extensa de personajes no menos famosos). Pero ¿cómo paliar el desgano vital? ¿Cómo sobrellevar la pésima relación que había sostenido desde niño con su padre? ¿Cómo convertir toda esa cantidad ingente de dinero que trae consigo el éxito en ventas? ¿Cómo aprender a vivir? O, en su defecto, ¿cómo reinventarse?

La descripción del Ellis que se lanza a ello podría parecer la descripción en borrador de uno de sus personajes: el hombre está hinchado, atiborrado de heroína, de antidepresivos y de pastillas para dormir. Concede entrevistas para Rolling Stone, para “The David Letterman Show” y entre una y otra consume gramos de cocaína boliviana sin cortar. Viste trajes Armani, ofrece juergas que cuestan cincuenta mil dólares y gasta todo el dinero que gana en drogas, en autos y en motocicletas. Es el hombre. El escritor menor de cuarenta años más importante de los Estados Unidos. Es una celebridad. Ha negado la paternidad de Robby, su primer hijo. El fbi le ha abierto una investigación debido a los crímenes que ha imaginado para uno de sus personajes. Vive en piloto automático, se desmaya una vez al día, su padre ha vuelto después de repudiarlo porque ve que ahora es famoso. Está solo. El hombre se llama Bret Easton Ellis, cabalga sobre el año 1991 y no parece haber obstáculo que lo detenga.

Durante la gira por Estados Unidos que la editorial Knopf lanzó luego de una gira mundial de dieciséis meses para promocionar Glamorama (1998), la cuarta novela de Ellis, sus apoderados contrataron a un policía de narcóticos para que siguiera al escritor a sol y sombra con tal de que no se drogara. El oficial remitía correos electrónicos periódicamente a la editorial, que más o menos decían lo siguiente:

Informe electrónico No. 13: Berkeley; se encontró a un traficante de drogas enfadado tratando de estrangular al escritor por “falta de pago” en un callejón detrás de la librería Barnes & Noble.

Después de trece años, cinco libros publicados y un descalabro financiero por culpa de un pleito familiar, Bret Easton Ellis se encontraba en bancarrota, con el cuerpo a punto de estallar y una vez más era blanco de las feroces críticas literarias que afirmaban que “Bret Easton Ellis no reconocería una buena novela aunque la hubiera escrito él mismo”.

Reinvención
Hasta aquí, la semblanza de un hombre que desde su primer éxito editorial se ha movido entre lo que el público quiere ver de él a partir de sus novelas y lo que la última de ellas, Lunar Park (2005), relata en una especie de autobiografía delirante con un sesenta por ciento de verdad sobre su vida y sus actos.

Ahora, ¿por qué los seis libros escritos por Bret Easton Ellis son un referente obligado en la literatura mundial de los últimos veinte años? Muy posiblemente porque su obra es un elogio a la fugacidad de los tiempos que corren. En primer lugar, las insistentes referencias a productos de merchandising que van desde la marca de un traje hasta la de una botella de agua y, en segundo lugar, la enumeración de los éxitos musicales del momento garantizaron que una novela como American Psycho (1991) fuera desenterrada sólo porque fue llevada al cine en el 2000.

La escritura de Ellis mantiene la tensión del thriller y el impacto necesario para convertir un título en bestseller, sus libros siempre han estado destinados a romper las listas de ventas en Estados Unidos debido a una mezcla de sexo, crímenes atroces, abuso de drogas y una descripción pormenorizada de los objetos, las actitudes, la música y todo lo que esté en boga en el momento de la publicación. Y todo ello le ha garantizado visibilidad durante un tiempo, mientras se agotan los ejemplares y Ellis realiza la gira de turno. Pero ahora se burla de sí mismo y de los lectores y del mundo que lo ha forjado. Y publica una novela en la que abre las puertas de su casa, retoma los inicios del escritor (Ellis, viejo zorro que sabe cómo ganar millones, obliga a releer sus libros anteriores, pues da claves sobre la escritura de cada uno) y hace pública la autobiografía de su éxito.

Ellis no ofrece personajes entrañables. Ofrece jóvenes que se acuestan con quien les salga al paso y se drogan casi tanto como respiran en Menos que cero; desenmascara el mundo de la moda y una red criminal en Glamorama, hace la radiografía de un repulsivo asesino en serie en American Psycho y describe las actividades sexuales de un grupo de estudiantes elitistas que también se drogan y abortan con una facilidad pasmosa en Las leyes de la atracción (1987). Lo cierto es que en cada una de sus entregas Bret Easton Ellis se las arregla para vender libros y para estar en el centro del huracán, con un poder narrativo que obliga a seguirlo y con una facilidad para recrear universalmente un mundo en el que lo humano, lo demasiado humano, tiene muy poco que ver con la belleza de los actos. .

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