Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/07/17 00:00

Dos casos electrónicos

En Colombia la música electrónica se asocia con la fiesta y el estruendo, pero nuevos músicos se abren campo con sonidos más depurados que encuentran poco espacio. Para la muestra dos botones.

Dos casos electrónicos

Hace un par de años, cuando la música electrónica colombiana era una curiosidad en cierne, los periodistas recibimos un boletín que informaba sobre el lanzamiento de un nuevo disco. Su objetivo, como el de todo boletín de prensa, era facilitarnos la tarea con una explicación básica del contenido. Sólo que esta vez uno leía y releía y seguía sin entender nada. Omitiendo por ahora el nombre del grupo, transcribo el párrafo: “...plantea un performance sonoro mid y up tempo influenciado por elementos deep, minimal, house y dub desarrollados a partir de softwares, samplers, estaciones de ritmo, efectos, guitarra y voz”.

Era obvio: el boletín lo había redactado un músico. Pero también le hubiera ocurrido al más avanzado de los recién graduados de una facultad de Comunicación. La música nueva y las palabras no parecen llevarse muy bien. El disco en cuestión es muy interesante (a modo de confidencia, fue semifinalista en la categoría electrónica en la selección que hizo Semana de los mejores álbumes de 2004), pero tenía de principio a fin un sonido tan novedoso que lo estrellaba a uno de frente con la idea abrumadora del futuro.

Es muy probable que ésa haya sido la razón por la cual el público de Rock al Parque 2004 le regaló el abucheo más atronador de su historia. Sí, claro, estamos hablando del proyecto Posthuman y es inevitable mencionarle el episodio a Arturo Brahim para saber cómo lo vivió desde el escenario. “Fue un impacto muy grande porque yo oía los chiflidos y miraba al público y no alcanzaba a ver dónde terminaba el mar de gente. Pero entonces se desarrolló una dinámica en la que ellos querían montarla y yo no me la dejaba montar, y al final lo que hubo fueron aplausos”.

Un vistazo a la página web de Post-
human durante las semanas siguientes permitía leer varios insultos, pero ninguno de los comentaristas exponía puntualmente cuál era el motivo del disgusto: una vez más, las palabras se escabullían. Sin embargo, la controversia, que a muchos otros los hubiera llevado a retirarse, fue para Arturo un aliciente. Hoy, al saber que Rock al Parque ya abrió una tarima especial para la electrónica, se siente orgulloso de ese papel de pionero.
No es fácil para el compositor que se aleja de los ritmos bailables propios de las fiestas electrónicas. Ya hay en el Teatro Colón y en el Jorge Eliécer Gaitán eventos que reivindican este arte como algo serio y no, como canta Joaquín Sabina, la música de un fin de siglo donde “hierven los clubs y los adolescentes comen pastillas de colores”. En ese contexto más intelectual apareció el álbum Vida portátil, un ejercicio a cuatro manos en que los temas impares le pertenecen a Posthuman y los pares a Turista. El concepto recuerda esos discos de “mano a mano” donde se alternaban dos orquestas tropicales, pero hay dos grandes diferencias. La primera es que fue programado así; no es una compilación hecha por una disquera. La segunda acontece al final, cuando cada uno remezcla un tema del otro.

Recientemente salió otro proyecto que viene a enriquecer nuestra escena electrónica. Se llama Ghava y en su disco Propaganda hace una exploración de timbres y ritmos tomados directamente del jazz. A la par con los instrumentos electrónicos aparecen una trompeta que recuerda a Miles Davis, una flauta tocada al estilo de Yusef Lateef y –en lo que creí un descubrimiento original– el sonido de un vibráfono que quizá fue extraído de un disco de Milt Jackson. Esta última teoría la derrumbó luego Roberto Úsuga, el bajista del grupo, cuando me explicó que en realidad lo que se oye no es un vibráfono sino un sintetizador al que ecualizaron para que sonara como esos viejos discos del Modern Jazz Quartet en los que, en efecto, tocaba Milt Jackson.

Con conocimiento pleno y referencias al jazz, Ghava ha logrado una mezcla sumamente original. Sin embargo, al igual que le sucede a Posthuman, se estrellan con una escena que sigue creyendo que esta música sólo puede ser la banda sonora de fiestas de fin de semana. Roberto recuerda cómo una noche los bajaron de la tarima en un sitio que, se suponía, era de música electrónica. “Resultó que sólo programaban electrónica un día a la semana y nosotros fuimos el día equivocado. La gente empezó a aburrirse y terminaron sacándonos porque ya querían empezar la rumba”.

Como una medida estratégica, tanto Ghava como Turista han decidido agregarle algo de voz a sus composiciones. Por fortuna, los vocalistas invitados sólo aparecen en un tema y dejan el protagonismo del resto del disco a los sintetizadores. Las voces están bien, pero el tratamiento lírico deja mucho qué desear: un rapero se queja porque “no tengo para el pasaje” y una mujer canta insistentemente “quiero, quiero, quiero” pero al final nunca sabemos qué quiere. Es un hecho que los temas cantados gozan de mejor recordación y tienen mayores posibilidades de entrar a la radio; pero en el contexto del disco resaltan como manchas, porque las palabras no tienen el mismo tratamiento elevado de la música. “Lo que tengo que decir es muy poco o muy corto”, me explica Arturo Brahim. “En electrónica la voz recibe el tratamiento de un instrumento más”.
La música es original, impactante, futurista. Pero mientras aparece el Cervantes de la electrónica, los músicos cuentan con dos opciones para salvar su arte. Una es silenciarse por el momento, hablar sólo por medio de los instrumentos mientras llega algo qué decir que no sea muy poco ni muy corto. La otra es repasar a Bob Dylan. Pero no a Dylan el letrista (aunque desde luego siempre ayudará buscar influencias así), sino a Dylan el consejero. Ése que alguna vez le dijo a un colega que había ido a consultarlo: “Cuida las letras; la música se cuida sola”. .

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