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| 7/25/2007 12:00:00 AM

Dos novelas ejemplares

Pasaron por Colombia el ganador y el finalista del primer Premio Iberoamericano Planeta-Casamérica de Narrativa, dotado con 250.000 dólares. Sobre el oficio de escribir y sus respectivas novelas hablaron el argentino Pablo de Santis y el peruano Alonso Cueto en el lanzamiento de sus obras en Madrid.

El 27 de junio pasado tuvo lugar en la sede de Casa de América en Madrid la presentación pública de la primera edición del premio Planeta-Casa de América. Flanqueada por José Manuel Lara –presidente del Grupo Planeta– y Miguel Barroso –director de la Casamérica–, la escritora uruguaya Carmen Posadas conversó con los dos autores galardonados con el Primer Premio Planeta Iberoamericano, el argentino Pablo de Santis y el peruano Alonso Cueto.
“Los libros malos quieren dar respuestas. Estos libros, que son buenos, lo que hacen es suscitar preguntas”, dijo Posadas en la presentación de las dos obras, antes de iniciar su coloquio con Pablo de Santis, escritor argentino de cuarenta y cuatro años con una docena de obras publicadas. Pese a que su novela se llama El enigma de París, Santis no conoce aún la capital de Francia, pues según confiesa, apenas sale de su barrio del Caballito, en Buenos Aires. Sin embargo, el escritor concibió durante tres años un roman parisien sobre un grupo de doce detectives que se reúnen en la Ciudad Luz para resolver un misterio.
“El libro transcurre en París durante los preparativos de la Exposición Universal de 1889, que concentraba todas las maravillas de la ciencia y el arte de la época. Allí tiene lugar una reunión de los doce detectives más importantes del mundo, acompañados de sus asistentes, uno de los cuales narra la historia. Mientras estos investigadores discuten sobre el modo correcto de aplicar la razón a los misterios más famosos del mundo, tiene lugar un asesinato. Uno de los detectives cae de la Torre Eiffel, dando lugar a toda clase de especulaciones”.
En cuanto a Alonso Cueto –escritor peruano de cincuenta y tres años con una larga carrera literaria a sus espaldas– explicó que El susurro de la mujer ballena es “sobre dos mujeres de cuarenta y pico años que se reencuentran, veinticinco años después de salir del colegio, casualmente, en un viaje de avión. A lo largo de su conversación, resulta evidente que han estado muy unidas en el pasado, pero algo ha hecho que esa amistad se destruyera para siempre. A partir del instante en que se vuelven a ver, van apareciendo recuerdos y secretos de su vida anterior”. La idea central de la novela es la de los pactos y vínculos clandestinos que sirven para consolidar una relación. “El lado oscuro de la amistad es el tema que me interesaba”.
Ambos afirmaron no escribir para un público determinado. “Nunca me lo he planteado en esos términos”, dijo categóricamente Santis. “No hago distingos entre literatura popular y literatura culta. El género policial estuvo subvalorado y hoy está en auge. Las categorías literarias son muy cambiantes. En Borges, por ejemplo, siempre estuvieron muy presentes los géneros populares”.
En cuanto a Cueto, opinó que un autor no escribe pensando en nadie concreto. “Creo que el compromiso de un escritor es consigo mismo. Sin embargo, todo escritor es, por definición, un esquizofrénico que adopta varias personalidades. En esta novela he tenido que integrarme en un mundo femenino. Elegí a dos mujeres porque creo que, en general, están mejor dotadas para los compromisos afectivos. Los hombres estamos más encerrados en nosotros mismos. Además, la intimidad femenina es más amplia y compleja que la de los hombres. Como tema de exploración es más interesante”. Con una sonrisa, el peruano explicó que, una vez acabada la novela, se ha convertido en “un especialista en mujeres”, por poca gracia que le haga a su esposa.
Obviamente, el asunto de la documentación es importante a la hora de escribir cualquier novela y más si está basada en el mundo detectivesco de 1889. Pero Pablo de Santis se ha criado en una casa con una biblioteca bien surtida de autores policiales como Agatha Christie y Simenon, por lo que no tuvo que hacer una investigación exhaustiva para ambientar su narración. En cuanto a la recreación del ambiente parisino de la época, el argentino dice haberse centrado en “el aspecto mítico de las ciudades, el modo en que son recordadas por la mayoría”. Aunque para no cometer anacronismos, se ha ido documentando paralelamente. “He leído, por ejemplo, libros de medicina forense o tratados sobre venenos de la época”, explica.
El asunto de la novela de Cueto es bien distinto, pero él también ha tenido que hacer sus averiguaciones sobre un mundo, el femenino, que ha mantenido ciertos secretos ocultos durante siglos. “Mi padre murió cuando yo tenía catorce años. Me he criado rodeado de mujeres y siempre he hablado mucho con ellas. La mujer ballena, que da título a mi novela, es una mujer de proporciones gigantescas que veía en el bar de Lima donde escribo por las mañanas. Esta ‘gorda musa’ fue una gran inspiración, en todos los sentidos de la palabra”, dice con ironía. “Uno de los temas de mi libro es el culto al cuerpo, que tal vez sea la gran religión del mundo moderno. El mundo de la protagonista tiene que ver con cómo se embellece, cómo se arregla, las dietas, el gimnasio, los productos de belleza y demás, frente a otra mujer que es un ser más bien perdido físicamente. No sé por qué, pero siempre me ha interesado el mundo de las gordas”.
Los dos libros premiados
coinciden en que están escritos en primera persona. En el caso de El enigma de París, el narrador es el personaje principal, el ayudante de uno de los detectives reunidos en París durante la Exposición Universal de 1889. En El susurro de la mujer ballena, las protagonistas son dos mujeres contrapuestas, pero hay toda una gama de personajes secundarios muy importantes. “Muchos de los personajes secundarios de mi novela son, justamente, hombres. A mí me interesa que el lector pueda sentir que los personajes son seres que le importan. Una buena novela es una galería de lo humano, por así decirlo. Ninguno de los personajes es perfecto, aunque con todos podamos tener una relación. Pero al escribir, hay un momento en que los personajes empiezan a organizar su propia conducta. Ese es el momento más gratificante, cuando la novela se convierte en la historia de la libertad de los personajes”.
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