Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/08/15 00:00

El afiche: el octavo arte

El cine no sería lo mismo sin esos afiches que consiguen resumir un drama en unos cuantos trazos. La nueva colección de Editorial Taschen deslumbrará a los cinéfilos.

El afiche: el octavo arte

Saber leer los afiches de las películas es tener a la mano la historia del cine: es una verdad de dominio público. Y, sin embargo, encontrarse con los carteles originales de los largometrajes de los treinta, los cuarenta o los cincuenta es un trabajo para abnegados investigadores privados: algunos coleccionistas, en las esquinas menos esperadas del planeta, pueden pasarse la vida entera en busca de, por ejemplo, el póster original de 42nd Street que Hubbard G. Robinson y Joseph Tisman diseñaron para la Warner en 1933. Así que hojear la colección Film Posters, editada por Tony Nourmand y Graham Marsh para el sello Evergreen de Taschen, parece ser un buen atajo para quienes, aparte de recopilar litografías, aspiran a tener algo parecido a una familia. Es cierto que algunas ediciones en dvd rescatan, en sus luminosas portadas, las ilustraciones con las que se promocionaron ciertas producciones en el año en que fueron estrenadas. Pero, como ir de dvd en dvd es el camino más largo, y como encontrar los afiches en internet puede tardar más de la cuenta, lo más práctico parece ser sentarse a pasar las páginas de estos volúmenes que no nos dejan olvidar que el cine les dio un nuevo aire a los talentos del mundo.
Los afiches nacieron en la segunda mitad del siglo xix, en Francia, con el afortunado descubrimiento de las litografías de tres colores. Muy pronto, gracias a los sofisticados diseños de Jules Chéret y Henri de Toulouse-Lautrec, dejaron de ser simples anuncios comerciales, trabajos menores que paga-
ban las cuentas atrasadas de aspirantes a pintores, para trasformarse en un arte que convirtió las calles de París en un museo del presente. Los estudios cinematográficos, que nacieron a comienzos del siglo xx con el propósito de hipnotizar a los asalariados, tardaron poco en descubrir que un póster vistoso podía vender cualquier película. Los primeros carteles viajaron de ciudad en ciudad, detrás de las producciones que promocionaban, hasta convertirse en vestigios de una ingenua civilización que no alcanzaba a imaginar que el cine llegaría a ser algo más que un espectáculo de circo. Pocos afiches de antes de 1937 consiguieron sobrevivir el paso del tiempo: a los productores, en aquel entonces, no les interesaba regalarlos, venderlos ni archivarlos.
El experto Bruce Hersheson señala el año exacto en que los pósters (al menos los de Hollywood) dejaron de ser objetos pasajeros: 1940. El recién creado National Screen Service se convirtió en una bodega para los carteles de las películas producidas por los grandes estudios. Y así, gracias a los pequeños centros de intercambio de la institución, gracias a los coleccionistas que hacia 1960 vieron en las litografías otra forma de arte, llegaron a nuestras manos afiches tan simétricos como los de las comedias de Columbia, tan lúgubres como los de los thrillers de la Warner y tan arriesgados como los de los dramas de la Metro Goldwyn Meyer. La impresión a todo color, que resulta más económica si se estampan más copias, le abrió paso a la idea de venderles a los espectadores los pósters de sus películas favoritas. Para 1982, cuando E.T. el extraterrestre se convirtió en la producción más taquillera en la historia del cine, era fácil hallar aquel póster (ideado por el norteamericano Drew Struzan) en el que el niño protagonista, Elliot, cruza la luna en bicicleta.
En los años treinta, la era de las coreografías teatrales en los largometrajes, los anuncios de las películas parecían el cuadro fundamental de un cómic; en los sesenta, la liberadora época de los nuevos cines, se veían como collages fabricados en facultades de bellas artes; en los ochenta, la década de los productos en cadena, tenían el aspecto de una posada fotografía de estudio: notar cómo han cambiado los pósters, decíamos, es notar cómo ha cambiado el cine. Los afiches son pruebas de la existencia de ese talento que los diseñadores persiguen desde que tienen uso de razón: capturar una aventura humana en una sola imagen. Y si se trata de eso, de resumir un drama en un afiche, habría que estudiar, en este orden, las geniales ilustraciones de Saul Bass (Vértigo, Anatomía de un crimen), las caricaturas delicadas de Al Hirschfeld (Un día en las carreras, Una noche en la ópera), los esbozos astutos de Jouineau Bourduge (Disparen sobre el pianista, El hombre que amaba las mujeres), los dibujos de libro infantil de René Peron (Mi tío, Las vacaciones del señor Hulot) y las imposibles versiones concebidas por artistas polacos (las figuras de Cabaret, La conversación y Sunset Boulevard son especialmente buenas) para vender en su país las obras menos esperadas.
La historia de los afiches es una fábula llena de moralejas. Cerremos con las tres más evidentes: que hubo un tiempo en que un afiche era lo único que quedaba para probar que uno no se había soñado una película; que hoy, en la era de las reivindicaciones, está claro que los pósters son otra forma del arte; y que el cine no sería el rito que es, si esos carteles ingeniosos (pensemos en los de Metropolis, My Fair Lady o Amadeus) no se colgaran en la puerta de la entrada. .

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