Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/09/19 00:00

El amor en los tiempos de la autoayuda

Uno de los fenómenos comerciales más llamativos del siglo XX ha sido el de los libros de autoayuda. Se calcula que a lo largo del siglo pasado se vendieron unos 500 millones de ejemplares de este subgénero de no ficción. Reportaje de Arcadia

La actriz Renee Zellweger en el papel de Briget Jones, en la película de la directora Sharon Maguire.

Oficialmente, el primer libro de autoayuda se publicó allá por 1857 y se llamaba, cómo no, Self-Help. Su autor, Samuel Smiles, un político adelantado a sus tiempos, pero que siempre tuvo dudas en cuanto al título, pues temía que pudiera parecer una apología del egoísmo. De hecho, lo que defendía era el esfuerzo personal y la idea de que las verdaderas revoluciones suceden en el interior de nuestra cabeza. La frase con que Smiles inició su libro –“La providencia ayuda a quienes se ayudan a sí mismos”– resume a la perfección el espíritu de esta “filosofía casera”.

En realidad, los orígenes de la literatura de autoayuda son mucho más antiguos. Miles de personas tienen en la Biblia un libro de cabecera cuyos consejos y máximas siguen al pie de la letra en su vida diaria. El estoicismo de las Meditaciones de Marco Aurelio y la Consolación de la filosofía de Boecio, la sabiduría budista del Bhagavad Gita y el camino taoísta del Tao Te Ching también llevan siglos proporcionando una orientación a quienes buscan ayudarse a sí mismos.

Pero como decíamos al principio, la autoayuda propiamente dicha nació y se consolidó en el individualista siglo xx, la era dorada del “viaje interior” y la búsqueda del “yo”. Una de sus fuentes innegables es la obra de Sigmund Freud, que al introducir la noción de la autoestima sentó las bases para la filosofía del “do it yourself”, es decir, “hazlo tú mismo”. De hecho, los libros de autoayuda son, por así decirlo, la versión mainstream del psicoanálisis freudiano. Los primeros psiquiatras que ofrecieron en lenguaje coloquial su panacea particular para conseguir un bienestar espiritual arrasaron en el mercado editorial. Dos clásicos del género son Cómo ganar amigos e influir sobre las personas (1936), de Dale Carnegie y Yo estoy bien, tú estás bien (1969), de Thomas Harris, ambos con más de quince millones de ejemplares vendidos y traducidos a decenas de idiomas.

Durante los cuarenta años que median entre las dos obras se fue gestando lo que sus incontables detractores llaman la psicología popular, una pseudodisciplina paralela y consustancial a la literatura de autoayuda. La simplificación de las teorías psicoanalíticas y el empleo de términos supuestamente científicos como bloqueo, autenticidad, catarsis, yo infantil, validación o autoinculpación son las armas que emplea el ejército de “expertos” que inunda desde hace más de medio siglo nuestros medios de comunicación con sus fórmulas mágicas para arreglarnos la vida. Según los estadounidenses Stephen B. Fried y Ann Schultis, los pilares básicos de un libro de psicología popular son “la proclamación de su eficacia, la presentación de estrategias terapéuticas basadas en una pruebas científicas y una experiencia profesional, el estilo claro y directo del lenguaje, el currículum del autor y la incorporación de una bibliografía”. En opinión del filósofo español Gustavo Bueno, las cifras astronómicas de ventas de esta “literatura basura” son un fenómeno aterrador y destinado a “débiles mentales”.

Libros para mujeres

Pero uno de los padres de la autoayuda fue precisamente el doctor Freud, no solo por su célebre teoría psicoanalítica, sino por su estudio de la psique femenina, tema prácticamente desconocido en la primera mitad del siglo xx. Hoy la mujer constituye un gran segmento del mercado editorial, pero Freud fue uno de los primeros en plantear una cuestión hoy clave en cualquier departamento comercial. “¿Qué quieren las mujeres?”, se preguntaba el visionario doctor cuando muchos dudaban de que la mujer tuviese alma. Desconcertado, el austriaco bautizó a la mujer como el “continente oscuro” y se declaró incapaz de desentrañarlo. Hoy, setenta años después de su muerte, el mundo femenino es uno de los negocios más prósperos del mundo.
 
Sentados ante las mesas de sus despachos, los editores de hoy se siguen preguntando más o menos lo mismo. Su versión de la pregunta es “¿Qué leen las mujeres?”, pero la esencia es la misma. Una de las respuestas quedó clara a partir del monumental éxito de Los hombres son de Marte, las mujeres de Venus, de John Gray, cuyas ventas ascienden a cuarenta millones de ejemplares desde su publicación en 1992. Una de las premisas en que se basaba el libro, hoy plenamente aceptada, es que las diferencias entre hombres y mujeres son universales. La constatación escrita de esta sospecha hizo que millones de mujeres del mundo entero se lanzaran a las librerías a comprar el libro del doctor Gray, que aparece frecuentemente en periódicos, revistas y programas de televisión estadounidenses como “el experto en relaciones humanas más vendido de todos los tiempos”.

El advenimiento del feminismo, unido al concepto freudiano de la autoestima, ha potenciado un filón editorial de proporciones descomunales. Las mujeres parecen tener un ansia insaciable de leer sobre sí mismas, sus peculiaridades y las diferencias que las separan de los hombres. Al hilo de este interés han surgido verdaderas multitudes de expertos y expertas dispuestos a soltar su perorata sobre el asunto. Paralelamente a un sinfín de manuales que proclaman tener la fórmula de “la mujer perfecta” –Adelgazar para siempre, Manual de la imagen de la mujer, Cómo ser una diosa del sexo, Cómo ser una mujer irresistible, El libro de la belleza, Lecciones sobre el lápiz labial y la felicidad–, está la corriente de la autoafirmación femenina, que proclama verdades pseudocientíficas del tipo “los hombres se orientan mejor porque emplean el hemisferio derecho, pero las mujeres se comunican mejor porque usan el hemisferio izquierdo”.

Los últimos éxitos

En medio de este maremágnum de manuales, lecciones, trucos y triquiñuelas, a comienzos de la década de los noventa se publicó un libro que también ha sido un fenómeno de ventas, Mujeres que corren con los lobos, de la autora estadounidense Clarissa Pinkola Estés. “En el transcurso del tiempo hemos presenciado cómo se ha saqueado, rechazado y reestructurado la naturaleza femenina instintiva. […] Durante miles de años, y basta mirar el pasado para darnos cuenta de ello, se la ha relegado al territorio más yermo de la psique”, escribe la autora en las primeras páginas. Las lectoras lo clasifican como un libro de superación personal, y uno de los mejores de su género, pero la propia Estés –que es doctora en psiquiatría, cómo no– explica en sus conferencias que el éxito de la obra se debe precisamente a que “no es de autoayuda”. En cualquier caso, lo rabiosamente moderno es su contenido, que desdeña el modelo de mujer occidental moderna y sofisticada, capaz de competir con el hombre en todos los terrenos de la vida pública y privada. El mensaje parece estar calando hondo, pues Mujeres que corren con los lobos lleva más de dos millones de ejemplares vendidos en el mundo entero.

Pocos años despues, en 1995, aparecía en el mercado otro libro puntero, quizá el último éxito comercial del gran subgénero del siglo xx. Se trata de Inteligencia emocional, de Daniel Goleman, que en su obra atribuye a las mujeres una capacidad casi sobrenatural de percibir y manejar los sentimientos ajenos. “Al navegar por nuestra vida, lo que nos guía son los miedos y envidias, las iras y depresiones, las preocupaciones y ansiedades. Hasta las personas más sobresalientes académicamente son susceptibles de dejarse llevar por sentimientos incontenibles”, explica el autor. Lo único que nos permite sobreponernos es la inteligencia emocional. La mayoría de las mujeres tienen esta “aptitud superior”. Algunos hombres también. El resto la puede aprender. Inteligencia emocional lleva vendidos cinco millones de ejemplares y se ha traducido a treinta idiomas.

En los últimos años se ha dado un fenómeno curioso. Del subgénero de la autoayuda han brotado otros géneros literarios más serios que el de origen. Ejemplo de ello es Una historia natural del amor (Anagrama, 2000), de Diane Ackerman, que podría englobarse dentro de una nueva categoría llamada “ensayo de autoayuda”. Otra derivación importante es la “novela de autoayuda”, cuyo máximo exponente sería El diario de Bridget Jones. Además, está la vertiente del “manual de autoayuda ilustrado”, que escriben algunas autoras de ficción incapaces de sustraerse al reclamo comercial, como Carmen Posadas con Un veneno llamado amor (Temas de Hoy) y Lucía Etxebarría con Ya no sufro por amor (Martínez-Roca). Ahora bien, las adictas al género puro y duro no deberían perderse De verdad está tan loco por ti (Ediciones B, 2005) y Si está roto no lo arregles (Ediciones B, 2006), Greg Behrendt. La cosa promete.

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