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| 6/20/2006 12:00:00 AM

El Corpus Christi: entre la vida y la muerte

Este 22 de junio se celebra en Atánquez, un pueblo perdido en la Sierra Nevada de Santa Marta, la fiesta del Corpus Christi, un ritual católico que le permitió al pueblo indígena kankuamo preservar tradiciones que ellos mismos creían desaparecidas. Si en la Colonia la fiesta servía para representar el triunfo del bien sobre el mal; hoy el mal se ha ensañado con un pueblo asolado por la violencia.

A primera vista, Atánquez no parece un pueblo muy diferente a cualquier municipio de la Costa Atlántica. Ubicado en el piedemonte de la Sierra Nevada de Santa Marta, sus calles empedradas y sus casas pintadas de blanco le dan un confuso aspecto entre pintoresco y colonial. Pero cuando uno comienza a hablar con sus habitantes, nota algo vagamente distinto. No miran a los ojos como en otros pueblos costeños: son mucho más reservados, más silenciosos, algo más sombríos. Y sus rasgos los delatan: los habitantes de Atánquez descienden, en su mayoría, de un grupo indígena que se creía completamente extinguido: los kankuamo. Hace quince años los seis mil habitantes del pequeño pueblo decidieron recuperar sus tradiciones y la memoria de sus ancestros y declararse kankuamo de nuevo.

Muchos colombianos han oído hablar de los kogi, de los arhuaco, o de los wiwa, en menor medida. Pero los kankuamo, el cuarto grupo indígena del macizo, había desaparecido lentamente, y su memoria se había diluido a lo largo del siglo, en buena parte debido a la llegada de los inmigrantes blancos provenientes de las tierras bajas de La Guajira. Olvidaron su lengua, sus tradiciones y sus vestidos y comenzaron poco a poco a considerarse como campesinos. Con la celebración del quinto centenario de la Conquista de América en 1992, el mundo globalizado comenzó a pensar en los pueblos originarios, lo que dio lugar a procesos de revalorización de las tradiciones. Las luchas indígenas y la apertura de espacios, como el reconocimiento en la Constitución de 1991 de los mismos, permitieron, así mismo, que grupos como los kankuamo, pudieran salir del olvido. La onu, por ejemplo, está en proceso de crear una declaración de los pueblos indígenas, similar a la declaración de los derechos humanos. A partir de entonces, el nombre de los kankuamo comenzó a aparecer de vez en cuando en la prensa, aunque la razón no era, precisamente, el reconocimiento: los paramilitares los estaban asesinando. Se calcula que más de trescientos kankuamo han sido víctimas de asesinatos selectivos en la última década. Uno de ellos se llamaba Abel Alvarado.

Abel era un hombre joven, conocedor de las tradiciones y uno de los líderes del proceso de reindigenización. En 1996, en una fiesta local, y sin que nadie lo supiera de antemano, Abel se vistió nuevamente con la túnica blanca de algodón que identifica a los kankuamo y se declaró a sí mismo como el nuevo mamo de su pueblo. La reacción de la comunidad fue de asombro y escepticismo. Pero Abel era uno de los capitanes de la danza de Corpus Christi, un ritual católico de origen medieval traído por los conquistadores europeos desde los primeros años de su presencia en América, y eso le daba cierta autoridad entre los suyos porque, a pesar de ser una fiesta católica, el Corpus Christi en Atánquez es también un ritual que ha preservado una memoria ancestral.

Una fiesta que siguió
Nadie sabe por qué misterio ha sobrevivido la fiesta del Corpus Christi en este remoto municipio. Concebida en el siglo xiii por Santo Tomás de Aquino como una celebración festiva de la eucaristía, en Europa, el Corpus Christi transmitía un mensaje sencillo: el triunfo del poder divino contra las fuerzas oscuras, en ese entonces asociadas con la Reforma proclamada por Martín Lutero.

En América, la fiesta se convirtió en un eficaz instrumento evangelizador de los indígenas y esclavos negros. Durante la época colonial la celebración era la expresión más importante de un catolicismo popular que comenzaba a arraigarse en el Nuevo Mundo de la mano de inevitables mezclas con las tradiciones de las poblaciones locales. Pero en el transcurso del siglo xix, las vistosas y multitudinarias procesiones americanas –acompañadas de danzas y representaciones de figuras fantásticas– comenzaron a prohibirse y el Corpus Christi fue desapareciendo paulatinamente en casi todo el continente. En Colombia, por ejemplo, las celebraciones de Chiriguaná, Mompós y Ciénaga, entre muchas otras, fueron eclipsándose y de la algarabía de las máscaras y fuegos artificiales sólo quedan recuerdos en la memoria de los más viejos.

Pero no en Atánquez. Allí, los jefes de cada danza han guardado celosamente las procesiones del Corpus Christi y sus normas secretas. Abel me llevó a acompañar las danzas en los recorridos nocturnos de una fiesta que se celebra durante cinco días, cada mes de junio. Él sabía que el Corpus Christi era la religión que su pueblo había inventado para conservar y recrear su memoria y sus tradiciones. Como capitán de los diablos, una de las comparsas, pensaba que la fiesta era la posibilidad de encontrar el pasado con el presente. Por ello, antes de cada celebración se le veía silencioso y concentrado, al corregir los pasos y movimientos de su grupo, cada año más numeroso. Además de ser un bailador de maestría, conocía como ninguno los presagios de muerte que acompañan a cada danzante que participa en la fiesta: una caída en la puerta de la iglesia, una salida en falso por la puerta lateral del templo.

La fiesta se abre un sábado en la noche, cuando los atanqueros y las comparsas visitan una vieja imagen de la Santísima Trinidad guardada en una casa del pueblo. El jueves siguiente, se celebra una misa y se visitan los altares. En la tarde de ese día, que será este próximo 22 de junio, los bailadores de maestría recorren los antiguos lugares de culto a los ancestros y le cantan a los muertos en el cementerio del pueblo. Van disfrazados como diablos, negros y cucambas y le rinden homenaje a la custodia resguardada en el templo. En la tarde, durante la visita a los antiguos lugares de culto a los ancestros y en el triste homenaje a los muertos en el cementerio, se pasa de mano en mano un licor amargo: un chirrinche preparado por ellos mismos. Los versos de los negros señalan con precisión cada uno de estos lugares celebrando, en una asombrosa superposición, los misterios de la Iglesia, la memoria de sus ancestros y las virtudes de aquellos danzantes que ya no participarán más en la fiesta.

Lo que uno escucha y ve son cientos de personas cantando de manera repetitiva. De inmediato, se entiende que ésa fue la impronta que dejó la Iglesia para que los indígenas interiorizaran los mensajes de la religión católica. En Atánquez, esta estrategia de evangelización fue la que permitió conservar la memoria indígena que finalmente recuperaron sus pobladores desde hace quince años. El Corpus Christi kankuamo se convirtió en una extraña mezcla que, con un lenguaje festivo, expresa un complejo compromiso entre la religión católica y el cumplimiento de una serie de obligaciones con los ancestros indígenas que recuerdan la dolorosa experiencia de colonización en el macizo.

Mientras los cantos invaden las calles del pueblo, salen las comparsas. Los diablos se mueven entrecruzando con violencia sus piernas mientras los acompañan los ritmos de una caja y un carrizo, un instrumento de viento tradicional de los indígenas de la Sierra. Los palenqueros, en cambio, son una comparsa de hombres y mujeres vestidos como negros y negritas, que bailan al ritmo del tambor y de los versos tristes cantados por su capitán. Esta comparsa recuerda el papel central de estas poblaciones en la historia del macizo, a pesar de que allí no exista población afroamericana. Las cucambas son el tercer grupo de la celebración y cubren su cuerpo con tiras hechas de palma de iraca. Los retazos vegetales cuelgan desde el cuello hasta las rodillas y el movimiento de los brazos de los danzantes, semejando el aleteo de las aves de la Sierra, sacude el ropaje verde al viento. Durante la fiesta, los diablos retan a los negros con su baile entrecruzado, mientras que las cucambas defienden la custodia expuesta en procesión, verseando en la iglesia su devoción por el Sacramento:

Soy el pajarito
Que bajo de la Nevada
Porque tengo compromiso de bailar
A la Divina Majestad

La fiesta terminó
Al amanecer de la última fiesta a la que asistió Abel, lo vi triste. Bajó de una gran piedra que sirvió de lugar de culto de sus ancestros. Antes de que el sol cayera, las tres comparsas se habían reunido allí. Todos los participantes miraban hacia el oriente y en silencio, trataban de adivinar, gracias a la observación de las nubes, quién sería el danzante que el próximo año no estaría entre ellos. Y fue Abel. Sólo pasaron seis meses para que su nombre se sumara a los trescientos asesinatos cometidos por grupos paramilitares en estos diez años. El Corpus Christi, esa fiesta que solía escenificar la victoria de los españoles sobre los indígenas, se celebró sin la presencia de uno de sus capitanes en su versión de 2003.
 
A pesar de que en Atánquez el combate ritual entre los danzantes se salda sin vencedores ni vencidos, como sí ocurría en tiempos de la Colonia, la realidad les recuerda siempre a los kankuamo un conflicto eterno: de la sierra se marcharon los curas que obligaban a olvidar la tradición y la lengua; se fueron los funcionarios que buscaban “civilizar” a los indígenas en los colegios; hoy el miedo proviene de los grupos armados y de la ciega violencia que se ha abatido sobre este pueblo. La muerte de Abel Alvarado fue interpretada desde la tradición de la fiesta, pues muchos recuerdan hoy haberlo visto caer en el atrio de la iglesia en ese año de Corpus de 2002, un presagio funesto para un danzante de maestría como él. Su entierro multitudinario recorrió los puntos de culto a los ancestros prescritos por los reglamentos del ritual. Y este año, en el mes de junio, la fiesta convocará otra vez la presencia de Abel entre sus invitados de honor. .
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