Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2007/08/23 00:00

El detective gourmet

Carvalho, el popular personaje del escritor Manuel Vázquez Montalbán, hubiera podido dedicarse al oficio de chef, antes que al de detective privado. Esta es su historia.

El detective gourmet

Los detectives son obsesivos, necesitan regularidades. Holmes, por ejemplo, toca el violín, Miss Marple arregla su jardín, Pepe Carvalho cocina. Pero Carvalho es especial, porque cuando leo a Conan Doyle nunca se me pasaría por la cabeza escuchar composiciones de Vivaldi, en cambio si leo las aventuras del gallego me entran ganas inmensas de comer y cocinar. Su obsesión es contagiosa.
No es accidental. La comida es un elemento fundamental en las aventuras del detective “facción gourmet” creado por Manuel Vázquez Montalbán. La alta cocina, pero también la receta improvisada mientras conversa con algún amigo por teléfono, o veladamente interroga al sospechoso de un difuso crimen. Un saltimbocca, por decir algo: “Láminas de carne de cerdo con lonchas de jamón y una hoja de salvia, todo unido por un mondadientes y pasado por una sartén”. Los veinticinco libros dedicados a contar las aventuras de Carvalho y su fiel asistente (y hábil chef) Biscuter constituyen un catálogo de manjares, recetas, reflexiones y episodios culinarios. La comida amansa al cínico Carvalho, domestica su sarcasmo: “Es el único saber inocente que conozco”, dice en Asesinato en Prado del Rey. La comida lo guía y entretiene mientras observa, comenta y toma nota. No es un simple detalle para definirlo. La comida es, en más de una ocasión, una excusa para que la trama se desenvuelva, para que el giro sorpresivo tome lugar, para que el tiempo transcurra. La comida es su escenografía.
Algunos platos de Carvalho y Biscuter: berenjenas a la crema con gambas (“Están buenas. ¿Son de lata?”, pregunta alguien tras probarlas); una lubina al horno (“¿Ha notado el gusto final a petróleo que tiene esta lubina? La lubina es el pescado más guarro que hay”); una tortilla de patatas (“La hago como le gusta, jefe. Con poca cebolla y un picadillo suave de ajo y perejil”); los riñones al jerez y pilaf de arroz (siempre para el otro día, con arroz americano “que no se daña”); un Redoxon frappé (para cuando hacen falta vitaminas); un bacalao a la vizcaína, o al pil-pil (para celebrar la mitad de un cruce a velero del océano Pacífico.)
Pero la comida es además para Carvalho un tema de conversación inagotable y universal, el punto de partida para llegar a cualquier sitio: de la producción del caviar a la polvorienta añoranza comunista. De las recetas con berenjena a la constitución de la imaginaria nación mediterránea. De la teoría y práctica de los cocteles o el veganismo a los nuevos progresismos políticos. De la obesidad endémica a la globalización. La comida cubre su mundo. Es lenguaje, símbolo, medio. El sistema de coordenadas definitivo para entender y explicar su historia.
La serie Carvalho se cierra con Milenio, una novela a dos volúmenes que narra un viaje alrededor del planeta. Para Carvalho es un viaje de despedida. Para Biscuter, uno de descubrimiento. El resultado es a la vez un diagnóstico político del mundo y, ¿acaso podría ser de otra manera una aventura gastronómica? Juntos recorren y prueban los restaurantes y cocteles que Carvalho adora (Dry Martinis perfectos preparados por un italiano en un ferry sobre el Adriático), y los que detesta (un Singapur Sling en el bar de los escritores del legendario hotel Raffles); Biscuter anota recetas en una libretita; ambos discuten con cerrados defensores de la cocina Slow Food; enfrentan a traficantes de caviar; improvisan un catering catalán de bajo costo en un avión de misioneros brasileños hacia África; se hacen pasar por representantes de la fao; compran cajas de especias aromáticas “para toda la vida” en un mercado en Estambul.
Hoy en día Carvalho debe vivir en Barcelona. Biscuter está lejos, así que él mismo se prepara su comida. A veces come en los puestos del ruidoso y colorido mercado de la Boquería. A veces experimenta algo en casa; sin miedo, sin prevenciones. A veces visita el restaurante Casa Leopoldo, junto a la renovada Rambla del Raval, y aunque lo conocen bien siempre explica, no sabe bien por qué, que viene de parte de Don Manolo. Le sirven unos buñuelos de entrada y una copa de vino tinto. Brinda por la caída del régimen. Lee el periódico, se ríe, se horroriza, se vuelve a reír. Pide un café y se lo toma de un sorbo. Sale a caminar por el barrio, cojea. Escucha conversaciones en la calle. Ayuda a un par de suecos a encontrar su camino hacia La Pedrera. Regresa a su despacho sobre la Rambla. Escribe una novela por las tardes. De detectives, claro está, o de cocina, da igual.

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