Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2007/02/19 00:00

El escritor que no debía ser

¿Por qué lo despreció la crítica? ¿Por qué a diez años de su muerte aún se debate si era un escritor comercial y no un escritor serio? Especiales en diarios vuelven a revivir la polémica. Osvaldo ’el Gordo’ Soriano se fue sin saberlo, pero sus libros hablan por él.

El escritor que no debía ser

Lo primero que oyó el escritor Osvaldo Soriano sobre literatura fue una frase del novio de su prima: “Sos un ignorante”. Tenía casi veinte años y jamás le había preocupado leer libros. Apenas había terminado la primaria. Y su vida había sido un ir y venir a través de pueblos de la pampa detrás de los impulsos comerciales de su padre. Juan Campagnole se llamaba ese muchacho algo mayor que días después de insultarlo le prestó Soy leyenda, una novela de ciencia ficción de Richard Mathieson, que Soriano no pudo soltar hasta acabarla en pocos días.

Osvaldo Soriano murió hace diez años en Buenos Aires y siempre se sintió perseguido por esa frase. Nunca terminó la primaria (aunque algunos dicen que hizo hasta segundo de bachillerato), pero se convirtió en el autor más exitoso a nivel de ventas en la Argentina postdictadura. Ventas que le causaron el desprecio de la crítica y la academia y que aún hoy siguen levantando polémicas entre los intelectuales argentinos.
Soriano pasó siete años más en Tandil, el pueblo en el que se inspiraría para crear Colonia Vela, un pueblo perdido de la provincia, que aparece en varias de sus novelas. Allí trabajó como redactor de El Eco de Tandil, y leyó todo lo que Campagnole le prestó. A pesar de estar en la liga de fútbol del pueblo, poco a poco se alejó de las canchas para consumirse en Dostoievski, Flaubert, Maupassant o Quiroga. Fue tal la impresión que le causaron las historias de Quiroga, que a los veintiséis años, y tras firmar un contrato para hacer parte de la redacción de la revista Semana Gráfica, en Buenos Aires, lo primero que hizo fue ir hasta la farmacia en donde el escritor de Cuentos de amor, de locura y muerte había comprado el cianuro para suicidarse el 19 de febrero de 1937.

Su escuela periodística la hizo con gente como Roberto Walsh, ese reportero que contaba historias policiales como si fueran novelas y a quien la dictadura desapareció, el hoy reconocido periodista y novelista Tomás Eloy Martínez, el poeta Juan Gelman o el autor de Luna caliente, Mempo Giardinelli, en impresos como Proceso o Panorama. En 1973 Soriano ya era un cronista con algo de vuelo literario que soñaba con escribir una novela. Enviado a Los Ángeles para un cubrimiento, entendió que su primera historia les debía mucho a los cines de su infancia en pueblos como Cipolletti, adonde no llegaban ni Flaubert ni Maupassant, pero sí el Gordo y el Flaco. Hacía poco había descubierto además El largo adiós, de Raymond Chandler, una novela cuya frase final le serviría para titular la suya: Triste, solitario y final.

Desde ese momento Soriano comenzó a representar para la crítica “el escritor que no debía ser”. Eran los años setenta y aún se sentían los vientos de mayo del 68 que habían proclamado la muerte de la novela. La academia se preocupaba sólo por el lenguaje y no por las historias. Y a Soriano, precisamente, lo que le gustaba eran las tramas.
Poco a poco, Soriano se fue convirtiendo en un escritor de lectores, alejado de la crítica. Pero en 1976, debido a una delación que lo acusaba de apoyar a la guerrilla, debió exiliarse. Primero fue a Bélgica. Vivió en el sótano de un cuarto y comenzó a soñar con esos pueblos de su infancia en donde se oían tangos, se veía cine, se preparaba el asado, se jugaba fútbol y se hablaba de política. Precisamente de la letra de Mi Buenos Aires querido, cantado por Gardel, saldría su segunda novela: No habrá más penas ni olvido. La novela no pudo editarse en la Argentina de la dictadura de Videla. Pero algunos ejemplares llegaron y la crítica fue mordaz. No habrá más penas es la historia de un conflicto menor entre dos facciones de peronistas que cobra tintes de guerra civil. La crítica Liliana Herker publicó una durísima andanada en contra de la novela diciendo que no era una parodia sino una simplificación de la realidad. “En la novela no hay más que peronistas: peronistas buenos y peronistas malos”.

Una vez más, a pesar del momento social tan crítico en el país, se revivieron viejos debates que opusieron la literatura de Soriano a la de escritores como Juan José Saer. En todo caso, el asunto no fue una novedad: en los años veinte, la polémica entre los seguidores de Jorge Luis Borges y los de Roberto Artl, o los de Florida contra los de Boedo (la elegancia contra lo popular), había tenido los mismos tintes de fanatismo literario. Soriano era un blanco perfecto para oponerlo a Saer: Soriano escribía como un Ross McDonald argentino, se valía de la novela negra norteamericana, sus personajes hablaban como en la calle, y para los puristas, como la Herker, eso no era, precisamente, alta literatura.

En Cuarteles de invierno, publicada en 1980, también en el exilio, un cantor de tangos y un boxeador deambulan perdidos por Colonia Vela militarizada y comprenden que sólo son títeres de un poder anónimo. Todo escrito de una manera profundamente sencilla: diálogos insustanciales sobre cosas cotidianas, pasajes memorables en los que se discute de política, recuerdos que se mezclan y amistades que se fraguan por necesidad. Ese Soriano, que se había hecho amigo de Julio Córtazar en París, y que publicaba la revista Sin Censura, recibió los mismos ataques del autor de Rayuela: cuando un escritor habla y escribe de política ya no es un escritor, es un divulgador de ideas.

Soriano alcanzó un primer éxito en países como Italia, Alemania y Polonia en donde sus primeras tres novelas fueron traducidas. Por ello, cuando la junta militar cayó, en 1983, Soriano regresó de su exilio parisino y, de repente, sin previo anuncio, sus libros se volvieron exitosos. Ese año se editaron sus dos novelas que ya habían sido traducidas. Con mayor o menor suerte, el periodista exiliado, el hincha de San Lorenzo de Almagro, el tipo que leía en desorden –desde Bret Harte hasta Graham Greene– y que creía una injusticia que no le hubieran dado el Nobel a Georges Simenon, se convirtió en un escritor vendedor en su propio país. Eso hizo que un sector de la intelectualidad lo despreciara aún más. Soriano se convirtió para sus detractores en una figura de una increíble bonhomía, sobre el que se contaban anécdotas increíbles, de quien se decía que dormía por el día y trabajaba por las noches y amaba a los gatos sobre todas las cosas, pero para quienes sus libros eran movidas comerciales.

Diez años después de su muerte, por insólito que parezca, la polémica ha vuelto a renacer. Radar, el suplemento cultural de Página 12, recordó a Soriano, y entre sus artículos se vuelven a escuchar las frases de la discordia. Lo mismo en el suplemento Ñ del diario Clarín. El escritor José Pablo Feinmann, en un texto recuperado del libro Osvaldo Soriano, un retrato, de Eduardo Montes-Bradley, dice: “En este país hay estrategias de lectura, y esas estrategias lo jodieron bastante al Gordo. Durante toda la década del ochenta hubo en la universidad, en la academia, digamos, hubo un academicismo muy marcado que lo tomó al Gordo como la figura del escritor que no debía ser”. Es decir, una pelea entre los que narraban y los que no narraban. “El Gordo cae ahí, agrega Feinmann, como la víctima absoluta porque es considerado el tipo que narra, que narra sencillamente, fluidamente, que cuenta una historia que entretiene al lector, que vende muchos libros”.

Hay una anécdota que puede servir para ilustrar el desprecio que sentía una parte de la academia por Soriano, recuperada por el periodista Guillermo Saccomano en Radar. Beatriz Sarlo, una de las críticas y académicas más reputadas de la Argentina, lo invitó al volver a la Argentina a una charla en una universidad y cuando llegó los alumnos no pararon de reírse del hecho de que sólo hubiera hecho la primaria. Soriano se deshizo. La misma noche llamó a su amigo Osvaldo Bayer y este contactó al escritor Ricardo Piglia para hacer un acto de reivindicación. Piglia invitó a Soriano a su cátedra de Derechos Humanos y comenzó la clase diciendo que ninguno de los tres más grandes escritores argentinos había terminado la primaria: Borges, Artl y Sarmiento.

Soriano apareció en un momento de crisis profunda para “develar la anomalía”, como dijo el periodista Félix Samoilovich: “Los intelectuales son normalizadores, el saber universitario es un saber de la estructura, de la normalización, de la generalidad. El arte es lo contrario: es el detalle, es lo anómalo, es lo que se desvía. Él tenía una percepción espontánea y me parece que es el secreto de lo que escribía, poder aprovechar esas pequeñas cosas que no tienen ninguna importancia y a las que él les daba valor, sin tener ninguna idea preconcebida de la literatura”.

En 1986 Soriano cambió de registro. Se alejó de Colonia Vela, del mundo de sus primeras novelas y se inventó A sus plantas rendido un león, la historia del cónsul Bertoldi, perdido en un país africano que debe salvar el honor de su país en medio del conflicto de las Malvinas. No habrá más penas y Cuarteles de invierno se llevaron al cine y Soriano se convirtió, además, en editorialista fundamental del diario Página 12, un periódico que ayudó a fundar en 1987 inspirado en Le Canard Enchaîné francés, en el que escritores que abiertamente pertenecían a la izquierda hicieron del periodismo un ejercicio de análisis y reflexión para un país que entonces no podía olvidar el horror de la dictadura.
Soriano jamás pudo quitarse de encima la idea de que no era respetado por la intelectualidad. Eso le pesó pero no le quitó corazón a novelas que hoy son clásicos: en 1990 publicó Una sombra ya pronto serás (llevada al cine en 1994), una novela de carretera en la que dos personajes atraviesan el país y se juegan sus recuerdos al truco; luego vendría El ojo de la patria, o la historia de espionaje de Julio Carré que debe repatriar la momia de un prócer de la patria, y La hora sin sombra en 1994, como un guiño a sus detractores cuyo título proviene de un poema de Borges y que es una hermosa indagación en la figura de su padre. Soriano recibió una carta de Adolfo Bioy Casares en la que le decía que era la mejor novela que había leído en esos últimos años y, en parte, fue la única vez que se sintió aceptado.

Soriano murió el 29 de enero de 1997 en Buenos Aires de un enfisema pulmonar. Andaba con un puro sin encender y seguía llamando a sus amigos en las noches para comentar los resultados del San Lorenzo, su club. Nunca pudo ganar la batalla en contra de la academia. Dicen que se volvió algo tirano con sus contradictores. Que hizo echar gente de algunos medios porque no estaban de acuerdo con lo que escribía. “Cuando murió Soriano me impresionó ver todos esos suplementos y artículos celebratorios que hablaban de lo buen tipo que era, de su amor por los gatos, y tan poco de su literatura”, escribió el escritor Martín Caparrós. Y en la literatura las peleas se dan en la obra. La de Soriano ha vendido más de un millón de ejemplares además de estar traducida a veinte idiomas y ha tenido lectores serios que lo consideran un grande. Soriano sabía que el talento depende, como decía Chandler, del corazón. Y él lo puso en todas sus historias.

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