Miércoles, 18 de enero de 2017

| 2007/07/24 00:00

El Espectador

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El verano y el invierno escalofrían a
los fundamentalistas cine-
matográficos. Suponen en la cartelera de vacaciones y en el cierre fílmico del año un agravio a su exquisitez. El consumo de la frivolidad hecha imágenes traza un muro de piedra que los distancia del público, sin darse cuenta de que ellos también hacen parte del público. Se obsesionan con los títulos que les parecen un insulto a su inteligencia, pasando por alto que la oferta puede ser variada. Creen tener la respuesta que conjure el malestar, sin preocuparse por entenderlo con la misma intensidad del cine que les interesa. El prejuicio guía entonces el juicio. Analizan con desprecio los mega-hits de pantalla. Referirse a Disney, Stallone o Spielberg hiere su sensibilidad. Tanto como ofrecerle a un melómano, especializado en el arte musical de los Países Bajos, un disco de Rocío Durcal. No se trata de elegir entre Shrek y el último film de Ken Loach: hay que comprender el sentido que dirige sus historias y la forma como pueden afectarse mutuamente; por qué el público decide invertir su dinero según su perspectiva ante el espectáculo. Negar una posibilidad es un síndrome de intolerancia que solo enaltece al ego. Y el ego, para el gran público, no existe, tanto como para el fundamentalista que celebra sus hallazgos personales contrastados con las joyas de fantasía que se cuelga todo el mundo –o casi todo el mundo cuando asiste a una sala y disfruta su temporada de vacacine.

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