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| 5/16/2006 12:00:00 AM

El hombre que no entendía a las mujeres

“La gran pregunta que no he sido capaz de responder tras treinta años de estudio del alma femenina es: ¿qué quieren las mujeres?” Esto se preguntaba en los últimos años de su vida un perplejo Sigmund Freud, de quien en mayo de este año se celebra el 150 aniversario de su nacimiento.

El padre del psicoanálisis –a quien debemos términos tan comunes como inconsciente, libido, ego, tabú, neurosis, depresión, fijación, culpa, represión, trauma, narcisismo, autoestima, dependencia, rechazo o negación– llamaba a las mujeres “el continente oscuro”. Pero, eso sí, el astuto doctor tuvo la precaución de casarse con Martha Bernays, una mujer tradicional que le llevaba la casa como un reloj. Mientras Sigmund se dedicaba a escribir sus libros –que su costilla no leyó jamás–, Martha asumía el papel de madre de sus seis hijos y hausfrau dedicada a las labores propias de su sexo.

En 1900, Freud publicó su gran obra La interpretación de los sueños, de la que entonces sólo vendió trescientos ejemplares. Considerado un demente y un pervertido, durante sus primeros años sólo fue aceptado por un pequeño grupo de judíos que organizaron la llamada “Sociedad de los Miércoles”, una especie de secta científica cuyos miembros se identificaban con un anillo de oro de estilo griego. Albert Einstein llegó a decir de él: “El doctor Freud es el mayor chalado que conozco”.

Lo cierto es que, a comienzos del siglo xx, Freud fue un adelantado al interesarse por la psique femenina. Recordemos que la primera mujer inglesa había votado en 1867 y que, por aquel entonces, muchos aún dudaban de que la mujer tuviera alma. De ahí que la curiosidad del austríaco se considerase otra más de sus muchas extravagancias.
Pero llevado de su entusiasmo ante el descubrimiento del inconsciente, Freud cometió un grave error. Decidió que las mujeres que acudían a su consulta con neuralgias, dolores musculares, trastornos gástricos, tics, vómitos, espasmos y epilepsia sufrían una histeria traumática. Es decir, el propio Freud, tan aficionado a hablar de síndromes, sufrió el “síndrome de la conveniencia”, que consiste en adaptar los síntomas de un paciente a una condición clínica decidida de antemano. En este caso, las dolencias físicas se catalogaron como traumas psicológicos. El resultado fue que varias de las mujeres murieron.

Entretanto, el “doctor del amor” –como lo llamaban algunos– seguía recorriendo ciegamente ese continente oscuro del alma femenina. Puede decirse que, como explorador, le pasó igual que a Cristóbal Colón con el Nuevo Mundo, es decir, que no sabía dónde iba cuando salió, no sabía dónde estaba cuando llegó y no sabía dónde había estado cuando regresó. Sin embargo, ambos hombres fueron dos grandes visionarios cuyos descubrimientos cambiarían para siempre la historia de la humanidad.

En el caso concreto de Freud, como dicen Joseph Heath y Andrew Potter en Rebelarse vende. El negocio de la contracultura (Taurus, 2005), su obra ha penetrado de tal manera en el pensamiento occidental que: “Ya casi no la consideramos una teoría susceptible de ser verdadera o falsa. Se ha convertido en la lente con que observamos la realidad. […] No sólo nos influye en la manera de hablar de nosotros mismos, sino en el concepto que tenemos de nuestra identidad. Por poner un ejemplo, la mayoría de la gente cree tener un inconsciente”.

Igualmente, hoy la neurosis es consustancial al individuo urbano occidental. Una conocida metáfora freudiana es la de la mente humana como una olla a presión tapada y puesta al fuego. El individuo forzado a vivir en sociedad va acumulando vapor –es decir, frustración– en su olla cerebral. En palabras de Freud: “Una persona se vuelve neurótica al no poder tolerar la cantidad de frustración que le impone la sociedad con sus correspondientes ideas culturales”. Su pesimismo en cuanto al modelo de sociedad occidental está hoy más vigente que nunca. Los interrogantes que planteaba en 1930 en El malestar en la cultura están en plena actualidad. Si la neurosis es tan común como parece y todo individuo es susceptible de convertirse en un neurótico, ¿le puede suceder lo mismo a una sociedad entera? Si nuestra civilización se basa efectivamente en “la supresión de nuestros instintos”, ¿el progreso social nos hará cada vez más neuróticos? Si es cierto que la civilización comenzó cuando el hombre cesó de arrojar lanzas y empezó a arrojar insultos, ¿no podíamos haber elegido un camino más corto para llegar a una sociedad igualmente condenada al fracaso?

En todo caso, lo innegable es que sus teorías siguen generando polémica y las derivaciones de su legado son ya del dominio común. Prácticamente no hay un programa de entrevistas donde no aparezca algún término de psicología popular (lo que sus detractores llaman psicobobadas) y quien más quien menos da sesudas charlas sobre la autoestima, la dependencia o el edipo latente, por no hablar del bloqueo, la autenticidad, la catarsis, la codependencia, la integración, la validación, la autoafirmación y el autocontrol. La enorme cantidad de terapias de grupo tipo Alcohólicos Anónimos o Weight Watchers proceden, en mayor o menor medida, de la terapia del diván. El exitoso subgénero de los libros de autoayuda es la versión mainstream del psicoanálisis freudiano.

Y no olvidemos que también fue Freud quien dio un cierto caché al desequilibrio mental. Desde el precoz homenaje de Alfred Hitchcock en filmes como Psicosis y Recuerda (Spellbound), pasando por el amplio abanico de personajes neuróticos creados por Woody Allen –que ha hecho de su propia hipocondria un medio de vida– hasta los homenajes irónicos como Máxima ansiedad de Mel Brooks o las recientes comedias Mejor imposible –con el inolvidable control freak interpretado por Jack Nicholson– y Analízame –la desternillante historia de un mafioso neurótico encarnado por Robert De Niro–, el cine de Hollywood lleva años bebiendo de las fuentes freudianas.
En los cien años transcurridos tras la aparición de sus teorías, Sigmund Freud siempre ha estado en el ojo del huracán, suscitando exaltadas reacciones a favor o en contra. Discípulos como Jung y Lacan tuvieron una relación casi edípica con su maestro, cuya obra sometieron a un profundo y obsesivo análisis. Pero en los años setenta, las intelectuales feministas estadounidenses le dieron un buen varapalo –y pasarían los siguientes treinta años deconstruyendo su obra–, al criticar duramente su falta de sensibilidad ante la psicología y la sexualidad femeninas. El caso más controvertido fue el de una paciente llamada “Dora” a quien el doctor diagnosticó como una “histérica”, desoyendo sus acusaciones de abuso sexual contra un amigo de la familia por considerarlas una “fantasía reprimida”. Parece obvio que el paternalismo –inconsciente, concedámosle el beneficio de la duda– con que Freud trataba a sus pacientes femeninas lo incapacitó para avanzar en la exploración de su mundo interior. Han tenido que pasar muchos años para que algunas intelectuales feministas como Camille Paglia emprendan la cruzada de devolverle el lugar que le corresponde en la historia.

El 23 de septiembre de 1939, Sigmund Freud murió en Londres, a los 83 años, sin haber resuelto la escurridiza cuestión del alma femenina. Su certera intuición lo había acercado al asunto, pero no supo abordarlo del modo adecuado. Empeñado en tratar a las mujeres como bichos extraños, las tumbaba en su famoso diván –que, por cierto, era un elegante canapé cubierto de tapices orientales– y procuraba desentrañar sus turbias mentes. Y, claro, no se enteró de la misa a la media, según él mismo acabó reconociendo.

Sin embargo, andando el tiempo su pregunta “¿Qué quieren las mujeres?” se convirtió en un eslogan que llevaba incorporada, por fin, la respuesta: “Todo”. Efectivamente, las mujeres lo querían todo. Y lo consiguieron casi todo. Hoy día, el universo femenino está a la orden del día. El “continente oscuro” de Freud se ha convertido en un lugar de lo más turístico, por así decirlo. El tema de la mujer es un cliché trillado hasta la saciedad en todos los medios culturales.
Y como suele ocurrir, resulta que el enigma no era tan complicado. Una de las cosas que queremos las mujeres –y que mejor hacemos– es hablar. Pero hablar de tú a tú. Sin hipnosis, ni técnicas de asociación, ni interpretación de lapsus. Hablar para entendernos con los demás. Eso es lo que suelen querer las mujeres. Ah, y feliz aniversario, doctor Freud. .
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