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| 6/20/2006 12:00:00 AM

El jardinero infiel

De la expedición botánica del siglo XIX Alberto Baraya tomó prestada la metodología pero en vez de clasificar plantas reales, se sumergió en el universo del plástico. ¿Por qué sorprende tanto la búsqueda de este artista que participará en la próxima Bienal de Sao Paulo?

Sobre una pared de la cafetería del Jardín Botánico de Bogotá se encuentran enmarcadas varias láminas de los taxones de la Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada que José Celestino Mutis (Cádiz 1732-Bogotá 1808) dirigió patrocinado por la corona española en el siglo xviii. Justo en la pared del lado se encuentran otras ilustraciones de plantas seccionadas y clasificadas de manera casi idéntica.
 
Casi, porque pronto me di cuenta de que no eran dibujos sino fotografías de fragmentos de plantas. Luego reparé en las anotaciones y en los pequeños detalles de esos vegetales, y me inquietó la pequeña rebaba antinatural en los pistilos; la articulación cilíndrica algo protuberante y absurda entre el tallo y las hojas; la incómoda solidez de los pétalos de la flor y un pequeño filamento hecho de alambre que parece ser parte de un sistema “óseo” inverosímil que se asoma en el cuerpo truncado de esa especie. Finalmente, comprendí, no sin sentir algo de vergüenza, que lo que estaba viendo era una clasificación morfológica de una planta de plástico. Lo que le parecía natural, no lo era.

Esta inteligente inserción fue realizada en el 2003 por el artista Alberto Baraya y hace parte de su Herbario de Plantas Artificiales, un proyecto que se ha presentado siguiendo varias estrategias, en diferentes espacios, como el Museo de Arte La Tertulia en Cali o el Museo de Arte Moderno de Bogotá, desde el año 2002. Según el artista, la muestra del Jardín Botánico es la que más placer le ha dado. En ese mismo evento colectivo titulado Ciencia, Arte y Naturaleza, Baraya “etiquetó” varios especímenes de la rosaleda y del tropicario del Jardín Botánico, no con su nombre científico o su orden taxonómico, sino con una fotografía “plastificada” de una versión artificial de la misma planta, encontrada en un hotel, en un restaurante o en un centro comercial de algún pueblo de Colombia. De esa manera, la caprichosa relación entre arte como representación, cultura como construcción artificial y naturaleza no podía ser más contradictoria.

Cuando se dice que el arte clásico es sobre todo mimético, es porque lo que se espera de un artista clásico es una reproducción fiel de su modelo, sea éste un jarrón, un caballo o una flor. Aún hoy día la mayoría de los espectadores creen que el “buen arte” debe parecerse al modelo, a “lo real”. Esta tradición mimética, esta idea de “representación fiel” es la que sin duda ha originado ese afán por imitar en nuestra sociedad de consumo (así sea superficialmente) lo meramente natural, o aquello que pensamos debe ser “lo real”: una lámina impermeable de fórmica imitación madera; un helecho de plástico que esté siempre bonito sin necesidad de regarlo o abonarlo; y, por qué no, unos firmes y generosos senos de silicona. Preferimos lo que nos ahorra trabajo. Preferimos lo que no muere. Preferimos lo que no cambia. Preferimos lo que podemos controlar, o lo que creemos que controlamos. Ojalá recuperáramos el paraíso perdido y ojalá que fuera de plástico. Baraya dice: “En el Herbario de plantas artificiales se puede dar un diálogo entre lo natural, lo natural transformado, lo natural ordenado y la representación de lo natural. Un espacio como el Jardín Botánico está destinado a la contemplación de ‘lo natural ordenado’, similar a las formas de presentación del arte como figuras que deben contemplarse. En últimas, todas las construcciones culturales son artificiales, incluso los jardines, los huertos y los parques que utilizan plantas naturales”.

Las palabras de Baraya pueden interpretarse, sin temor a la exageración, de manera que nuestra idea de naturaleza, o de “lo nativo” (el Nuevo Mundo) sea parte de una construcción cultural realizada desde un punto de vista eurocéntrico (ejemplificado por la Expedición Botánica). Como toda construcción cultural es artificial, la nuestra resultaría doblemente artificial. “Lo natural es algo que asociamos con lo primigenio, con lo virginal, con un espacio que la ciencia definiría como lo no tocado por el hombre”, dice Baraya y continúa: “Es difícil que podamos conocer lo absolutamente natural, pues el conocimiento implica un punto de vista humano. Y aunque se conozca o se experimente lo natural, no se puede hablar de ello de manera natural”.

Alberto Baraya es viajero y coleccionista como José Celestino Mutis, pero al revés. Nació en Bogotá y estudió Artes en la Universidad Nacional de Colombia. Luego se marchó a España en donde realizó un máster en Estética y Teoría del Arte en la Universidad Autónoma de Madrid. Allí, lejos de lo natural, nació su proyecto. En uno de sus paseos por los parques de la ciudad encontró en el suelo un par de hojas sutilmente diferentes a las de los árboles cercanos. Al acercarse se dio cuenta de que eran de plástico. La anécdota, en todo caso, es sólo eso, pues Baraya dice que su Herbario tiene un origen más común y corriente: “La idea del Herbario realmente comienza cuando uno está en el colegio en clase de Ciencias. La educación normal prepara para ser un científico, es decir, para tener en mente desde pequeño las herramientas de la ciencia como método de conocimiento”. Quizá por eso uno se siente, aunque paradójico, muy cercano al Herbario de Baraya: ¿Quién no hizo en el colegio una colección similar, quién no tuvo que recolectar hojas y diferenciarlas por forma, tamaño y familia?

Baraya es un visitante asiduo y un viajero decidido hacia entradas de hoteles, peluquerías, salas de casas de familia y todos aquellos lugares en donde, como un explorador convencido, saca su cámara, aprieta el obturador, captura la imagen de la planta y luego, con minucia, corta un pequeño trozo que luego enmarca en uno de esos cuadros como los que me sorprendieron en el Jardín Botánico.

Los órdenes taxonómicos que le interesan al artista, sin embargo, están más asociados con su uso como objetos decorativos que con las plantas en sí mismas. Por ello sus clasificaciones se llaman: “Dos sillas y una planta”; “Complementos de moda”; “Escaleras”; “Centros de mesa” y “Religiones-Adoraciones”. “Esta ‘taxonomía de los usos’ podría ser un ensayo estético. Lo curioso es constatar por medio de las fotos documentales que realizo, la posible definición de unos patrones universales de decoración con plantas de plástico”, apunta Baraya. Esta estrategia no puede ser más natural, al menos dentro de nuestro paisaje cultural y dentro de un medio atento a intereses estéticos más bien peculiares. El proceder de Baraya, de todos modos, apunta a una de las actividades primigenias del hombre: la recolección (fuimos recolectores antes que sembradores y cultivadores) y, al ver su tarea uno piensa que hay algo descabellado en todo esto: hay algo de capricho y aparente inutilidad en recolectar plantas de plástico. Pero ¿quién no ha perdido el tiempo coleccionando conchas de mar, latas de cerveza, juguetes, insectos o estampillas? Italo Calvino, en su breve relato “La colección de arena”, señala cómo todo coleccionista da cuerpo a su actividad para tratar de atrapar lo efímero; para prolongar momentáneamente un evento que será sólo un recuerdo, una experiencia que de lo contrario se olvidaría, para prolongar una vida que se dirige a la muerte. Un coleccionista atesora para tratar de olvidar la fatalidad de su existencia. La colección de Baraya está cargada de una doble fatalidad, porque, en sí misma, es un recuerdo plástico, una agrupación de cosas inertes; de sombras muertas de modelos “vivos”. Todo esto puede parecer un poco romántico e incluso melodramático, pero su obra no está exenta de esos sentimientos.

En el 2005 en la Fundación Cu4rto Nivel de Bogotá, el artista presentó una serie llamada “Mimosas” dentro de las exhibiciones de Fotología. En dicha exposición nuestro fotógrafo, coleccionista y taxónomo, saltó de las plantas artificiales que decoran lugares públicos y privados a aquéllas que decoran el cuerpo de hombres y mujeres. Su nuevo interés eran las plantas y flores artificiales estampadas sobre prendas de vestir; los accesorios florales y los tatuajes grabados sobre la piel. De tal manera se acentuaba la dimensión romántica, vanidosa y sexual, calladamente implícita: Baraya tomó fotos de una vegetación sembrada en el cuerpo. Siempre concentrado en la botánica ficticia, el ojo del artista corta el cuerpo del paisaje de fondo y al espectador sólo le quedan espaldas, brazos, vientres, tobillos, hombros y unas manos que se insinúan retirando la ropa, sosteniendo el pelo o señalando el objeto del deseo. Cuando le pregunto por su relación con lo sexual y lo implícito en su obra, me dice que uno de los aspectos metodológicos del Herbario de plantas artificiales es que las plantas artificiales terminaron siendo una excusa para relacionarse. Baraya comenzó a establecer relaciones con personas por medio de un objeto banal, simple. “Gracias al proyecto conocí a mucha gente, gente que incluso me mandaba flores de regalo. Entonces, el Herbario pasó a ser una excusa, una práctica que implicaba otras cosas en mi vida diaria… La ‘excusa’ de las plantas artificiales, por un lado, y la metodología científica de la observación y toma de datos, por el otro, dieron origen a esa mirada de voyeur que usted menciona. Podríamos así concluir que detrás de todo científico hay un voyeur en potencia”.

La obra de Alberto Baraya está cargada de contrasentidos e incógnitas entre lo íntimo y lo público, lo natural y lo artificial, lo útil y lo inútil; entre lo nativo y lo exógeno: sus orquídeas, por supuesto, son hechas en China. La obra de este mirón o voyeur, que ha sido invitado a la próxima bienal de Sao Paulo, se mueve entre el rigor histórico-científico y el más devastador sentido del humor: el Herbario de plantas artificiales es sin duda una de las obras más complejas y relevantes del arte colombiano actual. Pues no hay arte sin ironía. .
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