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| 7/17/2006 12:00:00 AM

El museo de un cura iluso

Hace cuarenta años dos hombres decidieron, contra viento y marea, construir el primer museo de arte contemporáneo de Latinoamérica con la idea de llevar el arte a las clases populares bogotanas.

El barrio Minuto de Dios ha dejado de ser una comunidad aislada en las goteras del occidente de Bogotá para convertirse en una especie de híbrido de casas chatas y locales comerciales; uno de tantos barrios residenciales que cedieron a los ímpetus de los café internet, las pizzerías que venden porciones a mil pesos y las discotecas estacionales alumbradas por la luz de neón. En mis recuerdos, en cambio, aparece la imagen de un museo blanco al que fui siendo un niño para ver las obras de una escultora llamada Edelmira Völler. Eso fue hace mucho tiempo. Ahora, que he vuelto al barrio, intento encontrar la imagen y entiendo que corresponde al recuerdo. Ese museo blanco que se alza sobre una plaza, lo sé ahora, es el único que no está dentro del circuito de las salas de exposición de Bogotá. No queda en el centro, en donde está la mayoría; menos en el norte, en donde las galerías se apiñan en apenas una treintena de cuadras y ni pensar en el sur de la ciudad, en donde no hay museos. Lo paradójico es que el Museo de Arte Contemporáneo Minuto de Dios fue el primer museo de su especie en América Latina y en Bogotá misma.

Lo que podría parecer sólo un asunto de ubicación cobra relevancia cuando uno advierte que después de cuarenta años aquella estructura cilíndrica sigue allí, imperturbable, ante el paso del tiempo, en medio de la típica incongruencia urbana con la que se maneja Bogotá. Sigue en pie en un territorio que en los años cincuenta era el basurero de Chapinero, un barrio al cual la burguesía bogotana había decidido trastearse tras la popularización del centro de Bogotá. En 1958, esos terrenos baldíos comenzaron a poblarse de familias populares por gracia de Rafael García Herreros, un cura que, con los años, se convirtió en una suerte de portavoz televisivo de la Iglesia y las obras sociales. Basta decir que el barrio se alzó, que ocho años pasaron y que una polémica dio para que la idea de construir un museo en un lugar no canónico tuviera lugar.
Germán Barrera Ferrer era en 1966 un pintor joven de veinticuatro años. Había estudiado Artes Plásticas en Caracas. Y de regreso y quizás alumbrado por las esculturas que Calder había construido en el campus de la Universidad Central de Venezuela, decidió promover la idea de un museo para las clases populares. Eso fue lo que le dijo en su momento a José Yepes Lema, un periodista de El Espectador que cubrió la celebración de los dos años de fundación del museo. Ésa es una versión. La otra dice que fue el propio Rafael García Herreros quien un buen día de 1966 se encontraba buscando fondos para el Banquete del Millón, una especie de colecta con la cual se invitaba a los poderosos a contribuir con el proyecto social del Minuto de Dios y tras visitar varias residencias y ver las obras que allí se encontraban, lanzó en su tradicional minuto de televisión una proclama sobre lo que había visto en sus visitas: dijo que el arte adornaba salas y salones, corredores y habitaciones y que ahora no sólo pedía la contribución en metálico sino en aquellas obras de arte para fundar un museo en su barrio. Al día siguiente, Eduardo Santos, director de entonces del diario El Tiempo, contraatacó al cura de ruana y gesto adusto y escribió un editorial en el que lo acusaba de iluso: además de hacerse publicidad ahora pretendía recoger obras de arte en un país cuyas gentes no pasaban de tener algunas reproducciones y baratijas.

En cualquier caso, las dos versiones se unieron el día en que García Herreros conoció a Ferrer y entre los dos decidieron, en una esquina del barrio, conocida hoy como la esquina de la cultura, fundar el Museo de Arte Contemporáneo en el cual se albergaron obras de artistas jóvenes latinoamericanos. Durante dos años el Museo funcionó con donaciones. Donaron Botero, Ramírez Villamizar, Obregón, cuando aún eran jóvenes, y el museo fue haciéndose famoso, por esa obsesión mediática de querer mostrar un museo hecho para los pobres. No era tan cierto. En 1968, hubo donación, pero esta vez en contante y sonante: se recibieron $1.800.000 que fueron invertidos en la adecuación del edificio que se parece al de mis recuerdos. Y al de los de Ferrer, que quería que en ese barrio se alzara una suerte de Guggenheim pero en el occidente bogotano. Cuarenta años han pasado, Cuarenta o treinta y tantos desde que se fundó el Salón de Agosto que por algún tiempo reemplazó al Salón Nacional de Artistas. En uno de ellos, en 1969, varios de los jóvenes que no se veían representados hicieron su propio salón de los rechazados en la plaza que preside al edificio blanco. Hubo fumata y música y hasta un folleto con proclama en el cual se acusaba a Manzur –quien presidía como curador– y a Marta Traba de rosqueros. Maripaz era rechazada, paradoja de la vida. Pasaron también los setenta y en los ochenta, cuando los que eran jóvenes ya no lo eran tanto, comenzaron a vivir la zozobra de los narcos. Y el Museo ahí. Ahí para que en 1981 entraran cuatro tipos de corbata y se alzaran con las donaciones de quienes eran ya famosos: voló Colibrí de Alejandro Obregón; se fue Naturaleza muerta de Botero y cerró la puerta El caballero de la flor de Enrique Grau. Desde entonces los busca la Interpol. En los ochenta, además, al Museo lo rondó el fantasma de los discursos del padre García Herreros y sus mensajes y conversaciones con Pablo Escobar. Comenzó a decaer. Se cerró unos cuantos años y con la nueva gestión de Marta Liliana Rojas, abrió nuevamente en 1998. Desde entonces sigue ahí en ese barrio de casas chatas como testimonio de que en Colombia el arte ha buscado caminos no siempre establecidos. Eso me lo dice Gustavo Ortiz, su nuevo director, con quien he estado sentado varias horas en uno de los despachos del Guggenheim bogotano y quien llegó al barrio en 1973 para vivir en una de las casas de convivencia que promovió García Herreros como modelo de que se podía vivir en comunidad. Cuarenta años junto a un barrio en donde al salir, muchos confiesan que no van al museo porque siempre va a estar ahí. Ojalá. Los artistas le tienen un afecto especial. Los muchachos en patineta, por lo menos, aprovechan su plaza en donde una Piedad de Arenas Betancourt los mira sin mirarlos. .
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