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| 6/20/2006 12:00:00 AM

El rey del melodrama

No sólo fue el gran director de los años dorados de Hollywood y el reverenciado maestro que descubrió, entre otras, a la rubia de platino Marilyn Monroe. Lo que pocos recuerdan es que Billy Wilder también escribía él mismo los guiones de sus geniales comedias. Ésta es su historia.

Ocurrió en Berlín, una noche de 1927. El joven periodista independiente Billy Wilder no podía conciliar el sueño. Estaba cansado de su trabajo temporal como bailarín de alquiler en un hotel; decepcionado al no encontrar quien aceptara sus guiones cinematográficos que pasaban de oficina en oficina y de productor en productor; y desesperado de escuchar el tintineo permanente del escape de agua del baño contiguo a su habitación en la Viktoria-Luise-Platz número 11.
 
Esa noche, como si fuera poco, su vecina, hija de su casero, yacía con uno de sus amantes, arriesgándose a las represalias de su novio. Las risas, los murmullos y los sonidos de cama provenientes de dicha habitación eran los únicos compañeros de la noche insomne de Wilder. De repente, se escuchó el timbre insistente. Los murmullos de placer de hacía apenas unos segundos se tornaron nerviosos. Wilder sintió abrirse la puerta de la habitación. En la oscuridad, un hombre en paños menores, con los pantalones y los zapatos en la mano, entró de repente a su cuarto. Afuera la hija del casero discutía con su novio, quien no paraba de gritar que iba matar a quien quiera que fuese su amante de turno. En la habitación de Wilder se vivía, en cambio, un incómodo silencio: el hombre temblaba de susto y Wilder, desde la cama, decidió romper el hielo:

—Me llamo Wilder.
—Mi nombre es Galitzenstein —respondió susurrando el amante—. ¿Puede prestarme un calzador?
—¿Galitzenstein? ¿El Galitzenstein de Maxim-Film?
—Exacto. Director y único propietario.
Wilder le alcanzó el calzador y mientras Galitzenstein se vestía no podía creerlo: tenía en frente a una de las personas más importantes del mundillo del cine alemán. Era, quién lo creyera, el momento de ofrecerle un guión. Era ahora o nunca.
—Aquí tengo algo particularmente interesante para usted, señor Galitzenstein, que ya hace tiempo quería hacerle llegar.
—Bien. Tráigamelo mañana a mi despacho. Mañana lo leeré.
—¿Mañana? Mañana ni siquiera se acordará de quién soy. ¡Tiene que leerlo ahora! ¡Inmediatamente!
—No tengo las gafas aquí —respondió.
—Entonces se lo leeré en voz alta.
—Bien. En ese caso se lo compro ahora mismo.
Y le dio quinientos marcos. Luego, al sentir que ya todo se había calmado, salió en silencio de la habitación y se marchó.

“Y ni siquiera se llevó el guión”, se quejaba Wilder muchos años después ante Hellmuth Karasek, dramaturgo y periodista checo, al relatarle cómo vendió su primer argumento. De dichas conversaciones saldría Nadie es perfecto, la biografía definitiva de Billy Wilder, el cineasta austriaco que cumple cien años de nacido este junio. Es probable que el espectador desprevenido no sepa quién era Billy Wilder, pero no hay duda de que recuerda algunas de sus películas. He aquí una breve lista: Una Eva y dos adanes (Some Like It Hot), La comezón del séptimo año (The Seven Year Itch), Sunset Boulevard, Sabrina, Testigo de cargo (Witness for the Prosecution), Perdición (Double Indemnity), El apartamento (The Apartment), Días sin huella (The Lost Weekend), Irma la dulce (Irma la Douce), Ariane (Love in the Afternoon), por sólo nombrar una filmografía parcial de la que cualquiera se sentiría más que orgulloso.

Pero Wilder no fue sólo un gran director, sino que, además, se encargó de escribir cada uno de sus guiones. Un oficio desafortunado, como lo atestigua Joe Gillis (William Holden) el protagonista de Sunset Boulevard al referirse a una joven y esperanzada colega: “Ella era como todos nosotros los escritores cuando pisamos Hollywood por primera vez, picados por la ambición, jadeando por ver nuestros nombres allá arriba: Guión de... Historia original de... ¡Hmph! El público no sabe que alguien se sienta y escribe una película. Ellos creen que los actores se inventan todo mientras transcurre el filme”. Las palabras de Gillis son las de Wilder denunciando a todos los que en cualquier punto de su dilatada carrera en el cine no entendieron que el secreto de su éxito como autor nacía desde que la película era una idea anotada en su libreta de apuntes. Es por ello que su obra es compacta; que su universo es cohesionado, como lo son sus personajes, sus temas y sus situaciones; es por eso que el humor de sus películas es siempre cáustico, original y brillante. Su pasión era contar historias, narrar algo que captara la atención de inmediato. “Me encanta contar historias cuando consigo que en una mesa grande todos suelten los tenedores para escucharme. Me imaginaba al público del cine de una manera parecida. También los espectadores debían olvidarlo todo al escuchar y al mirar: soltar los tenedores”, decía.

El primer guión que se le atribuye a Wilder es el de Gente en domingo (Mens-
chen am Sonntag, 1929), una precursora del neorrealismo. Sin embargo, la mayoría de su producción durante sus años en Berlín la realizó como escritor “fantasma” de guionistas prestigiosos de la época como Curt J. Braun y Franz Schulz: “Durante aquella época escribí con toda seguridad unos cincuenta o sesenta guiones, sin que nadie en el ramo hubiera siquiera oído mi nombre”. Cuando en 1930 empezó a producirse cine sonoro en Alemania, Wilder se adaptó con rapidez al cambio: entre 1929 y 1933 aparece, ahora sí, en los créditos de catorce películas. “Al principio del cine sonoro –recuerda– se tenía que aprender prácticamente todo, se trataba de un mundo virgen. Todavía no teníamos ninguna experiencia, por ejemplo, de cómo reaccionaría el público ante los diálogos y los chistes de una comedia”.

Los tiempos difíciles llegaron. El 20 de abril de 1933, día del cumpleaños de Adolfo Hitler, se estrenó la película Lo que sueñan las mujeres y los nombres de los guionistas judíos Franz Schulz y Billy Wilder habían sido borrados de los créditos del filme. Wilder ya no estaba en Berlín para quejarse del atropello: un par de meses antes y ante las inconfundibles muestras de antisemitismo que atestiguó y padeció, se había marchado a París. Quiso la fortuna que Pampam, uno de sus guiones, fuera adquirido por Columbia y el 22 de enero de 1934 se embarcó hacia Nueva York.

En Estados Unidos desarrollaría toda su carrera. Inicialmente como guionista tuvo tres maestros con los cuales trabajó escribiendo argumentos: de Ernst Lubitsch aprendería la sutileza visual y simbólica que brincaba cualquier censura; de Howard Hawks aprendería el oficio de dirigir... y de Mitchell Leisen aprendería que no quería que nadie más distinto a Wilder mismo dirigiera sus guiones. Era tal la decepción que sentía al ver sus ideas destrozadas por directores ajenos que un día quiso empezar a dirigir. La oportunidad se la dieron los productores –cansados de oírlo quejarse– como un truco para que fracasara y volviera manso al redil de los guionistas bajo contrato. La película se llamó El mayor y la menor (1942) y fue un absoluto éxito. De allí en adelante se desplegó una carrera apoteósica como director que se prolongó durante cuatro décadas y en la que casi ningún género le fue ajeno.

Como escritor nunca estuvo solo. Desde 1938 lo acompañó Charles Brackett, con quien escribió los guiones de La octava mujer de Barba Azul y Ninotchka
para Lubitsch, así como los de sus propias películas hasta 1950 (con la excepción de Perdición, que Wilder escribió con Raymond Chandler).

Desde 1957 trabajó con i.a.l. Diamond, de quien ya no se separaría: trece películas están firmadas por ambos. Si bien al principio la figura de un coguionista se imaginaba apenas lógica considerando que Wilder no dominaba el inglés, al final sólo puede entenderse como una conjunción y un acuerdo permanente de ideas y estilos, en la que no es posible separar los aportes de uno y otro escritor.

Viendo su filmografía como conjunto uno constata el enorme artista que era Billy Wilder. En su cine logró configurar un universo personal completo, un mundo que funcionaba acorde con sus reglas y no exactamente con las de la realidad. Hay una sensación extraña cuando se ve alguna de sus comedias: todas transcurren en un ambiente cotidiano, casi normal, pero en realidad en ese mundo sólo viven sus personajes: la realidad está adaptada para ellos. Wilder sólo deja invariable la cáscara exterior, los edificios, las casas, los parques, las calles, pero su contenido y su funcionamiento le pertenece a su cine, algo que quizá sólo Hitchcock logró hacer. La vida según Wilder está llena de personajes comunes y corriente a quienes les ocurren cosas extraordinarias, casualidades, confusiones, travesuras del destino que sólo caben en la mente de su autor, un hombre cínico moralmente hablando pero, a la vez, absolutamente compasivo con sus protagonistas. Sus personajes son un puñado de hombres y mujeres que están buscando darle algún sentido a su vida, sin saber muy bien cómo hacerlo. Sus retratos, más que tridimensionales, corresponden a la lógica de lo pragmático, de lo que le interesaba para fines del relato. Tuvo además la fortuna de contar con actores con los que siempre se sintió cómodo, como William Holden y Jack Lemmon y contó con la presencia de Audrey Hepburn, James Cagney, Humphrey Bogart, James Stewart, Charles Laughton, Marlene Dietrich, Barbara Stanwyck y claro... Marilyn Monroe. La chica dorada actuó en las dos películas que más lo hicieron sufrir pero que el público más recuerda: La comezón del séptimo año (con el vapor del subway neoyorquino que le sube la falda) y Una Eva y dos adanes, considerada la mejor comedia de la historia del cine.

Famoso por su agilidad mental y por sus agudas respuestas, Wilder vivió la época de esplendor de Hollywood y fue testigo de su caída, cuando la televisión amenazó su reino. Su estilo como director también sufrió con el cambio generacional y sus películas finales ya no tienen el brillo de sus grandes obras. Billy Wilder dejó de hacer cine en 1981, a pesar de tener evidentes capacidades para seguir haciéndolo. Las salvajes condiciones de la industria lo sometieron a un exilio involuntario y a una muerte prematura. Ya no era un director de moda, y para los años ochenta, un década esnob, pertenecía a algún anaquel polvoriento de la historia del cine.

Pasó largos años de su longeva vida inactivo, sencillamente porque los productores desconfiaban de la sapiencia de ese anciano genial, que en la noche del miércoles 27 de marzo de 2002 falleció en su hogar de Beverly Hills, a los 95 años de edad. No murió solamente un director de cine. Murió toda una época llena de talento, de humor, de creatividad y honestidad sin límites. El cine norteamericano perdió a su último clásico. El último símbolo de la era más gloriosa que tuvo el cine de ese país. Poco le faltó para llegar a su centenario, que hubiéramos celebrado junto a él este mes, repitiéndole las palabras que Fernando Trueba pronunció en 1993 al recibir el Oscar por Belle epoque: “Quisiera creer en Dios para darle las gracias, pero sólo creo en Billy Wilder. Gracias, mister Wilder”. .
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