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| 5/12/2009 12:00:00 AM

Escalona visto por su hija

Con la misma poesía de su padre, Taryn Escalona retrata la vida del maestro del Vallenato que está gravemente enfermo.

Era Valledupar casi una aldea de unos treinta mil habitantes, cuando Rafael Calixto Escalona Martínez, comenzó a escribir su propia historia a través de versos costumbristas que contaban el diario vivir del pueblo.
 
Así lo hizo casi sin darse cuenta, cambiando un poco la forma de ver la vida de las nuevas generaciones que crecían a la huella de sus pasos y regando como el bostezo de boca en boca, aquellas historias del viejo ‘Valle’ que ya no se contaban, sino que se cantaban. Entonces el joven compositor se fue ganando un espacio entre los juglares del vallenato de ayer, y su nombre se conoció más allá de las fronteras del País Vallenato.

Escalona el cronista de la cotidianidad. A veces sentimental, otras veces burlón e irónico; hizo que muchos se preguntasen cómo hizo ese muchacho provinciano para darle tanta altura a una música de campesinos y vestir el vallenato de frac. Sacarlo de un Valle dormido en la quietud del tiempo entre suspiro y suspiro; pasearlo por todo el continente hasta avanzar un poco más allá, o muchos más allá.

A esta historia si le quitamos la poesía es similar a la del cualquier hombre costeño, machista por naturaleza, un ‘Don Juan’ enamorado. Pero sí le agregamos lo que es suyo, indiscutiblemente hay que quitarse el sombrero ante él y olvidar por un instante que es un ser humano con defectos y virtudes, untado de un ángel especial, como decía su entrañable amigo Alfonso López Michelsen.

Escalona en su singularidad fue entrelazando retazos de vivencias propias y ajenas para cantarle a la vida, al amor, al desamor, a los amigos, al toro cuando pisa en el playón, a un Jerre Jerre, a una señora patillalera, a su hija Ada Luz, a un Arco Iris, al ‘pobre’ Migue, a una ‘Honda Herida’ y hasta a un barco de insignia de la Armada Nacional al que irrespetuosamente llamó: “Barco pirata bandido”.

Un buen día el hijo del coronel Clemente Escalona, se dejó llevar por las circunstancias que se presentaban en cada amanecer. Se dio cuenta que no era dueño de su destino, ya que pese el gran esfuerzo de uno o dos días, intentando recomponer su vida, volvía a lo mismo. Por mucho que prometió no mujerear más, la tentación convertida en mujer lo hacia pecar. Por tanto que se hizo la promesa de no meterse en la vida ajena desde que ‘Sabita’ lo demandó; entonces “Una señora patillalera muy elegante vestía de negro armó en el Valle tremenda gritería”, que éste no tuvo más remedio que contarle al mundo esa historia que no se podía quedar en el anonimato.
 
Esas circunstancias sumadas a la del cura que desapareció la custodia en Badillo, hizo que amigos, conocidos y no conocidos le tuvieran mucho miedo, con el comentario generalizado de que “de ese tipo es que hay que cuidarse para no caer en uno de sus cantos”. Hasta ese Coronel que no tenía quien le escribiera, se negó a salir a vender el viejo reloj cuando su mujer se lo sugirió, para poder comer. Aún sabiendo que se podía morir de hambre, el militar le dijo renuente a su señora, que imposible y que ni lo soñara, porque si Escalona lo veía con ese aparato sobre su espalda, seguro le hacía un canto.

Por esas mismas circunstancias y nada más que por eso, dejó que sus cantos se convirtieran en la bitácora que le daría rumbo a sus ansias, y entonces se durmió en la quietud de sus obras.

Hoy se puede decir que las canciones de Escalona le han dado identidad a la región Caribe. Esas melodías son la llave mágica que abren las puertas de lo desconocido, entrelazando lo mágico con lo real y tejiendo un nudo de hermandad entre sus amigos, que solo la muerte puede zafar.

Su vida sigue siendo la misma en su interior, aunque muchos no lo crean. De vez en vez, el Escalona de ayer sacude al tipo de hoy, que vive en la gran urbe como dijo su comadre Consuelo Araujo: “Embutido en esos vestidos entero”. Lo sacude tanto que lo hace volverse un soñador y correr a su región a untarse de los atardeceres del ayer.

Hoy cuando ya viene de regreso por la vida, con esa frase a flor de labios que denota si singularidad: “Sí fui malo fui malo y su fui bueno, fui bueno”; pese a que su salud se ha deteriorado y su corazón hace cinco años le jugó una mala pasada, no se ha dejado jalar de la enfermedad. Igual sí se va mañana, piensa que ya ha vivido todo lo que se necesita para ser feliz, para ser más amigo de sus amigos, y para recibir todos los homenajes que un ser como él, puede recoger a su paso por el mundo de los mortales.


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