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| 12/18/2007 12:00:00 AM

Escrito sobre el sonido

Durante el año 2007 varias novedades editoriales aparecieron para demostrar que la afición a escribir sobre música en el país es mucho más seria de lo que se pensaba. ¿Cuáles son los imprescindibles?

La frase la dijo, al parecer, Thelonious Monk, aunque también se la han atribuido a Frank Zappa y a Laurie Anderson: “Escribir sobre música es como danzar sobre arquitectura”. Quienquiera que la haya pronunciado resaltaba la gran dificultad de describir los pormenores de un arte a través de otro que tiene una dialéctica muy diferente. “¿Qué significa un La menor?”, recuerdo que le pregunté a un profesor en la universidad. “No significa nada”, me contestó, “pero si le sumas un Re menor y después un Mi 7 ya tienes algo”. La respuesta no la entendí por lo que me dijo, sino porque esa misma tarde saqué la guitarra y toqué los acordes. La palabra, en términos musicales, suele ser impotente.
Y sin embargo, revisando la producción editorial colombiana este año, encontramos algo notable. Como en ningún año anterior, 2007 nos trajo una afluencia importante de libros sobre temas musicales. El abanico es diverso y nos muestra múltiples posibilidades de acercarse a la música a través de la escritura. Hay memorias auditivas, investigaciones de archivo, aproximaciones biográficas y estudios técnicos. A nivel de géneros se abarcan el rock, el jazz, la salsa, el pasillo y la música tradicional de la costa Atlántica. Los estilos de redacción recorren varias gamas de lo informal a lo riguroso y son, en general, interesantes respuestas al reto de “danzar sobre arquitectura”.

Del lado de la afición
El más famoso de estos libros ha sido El ABC del rock, de Manolo Bellon. La presencia mediática y sobre todo el carisma que tiene Bellon fueron determinantes para que este tomo de 576 páginas llegara, sin demasiada propaganda, a un gran número de lectores. Habiéndose lanzado en octubre, El ABC del rock alcanzaba las dos mil copias vendidas al cierre de esta edición. Es un libro ameno, escrito en el lenguaje descomplicado que le conocemos a Bellon a través de sus programas de radio, y tal vez su mérito más grande es emplear una mezcla de estilos y enfoques. Por momentos es un estudio acucioso de la evolución del rock, enumerando datos que igual se pueden encontrar, digamos, en los libros de Jordi Sierra; pero en otros instantes escribe en primera persona, plasmando como testigo detalles de la escena latinoamericana y regalando anécdotas sobre músicos, empresarios y discjockeys que solo él podía saber.
En ese sentido, la historia del rock que nos presenta Manolo Bellon es transparente. Uno como lector podría reprocharle que más de la mitad del libro está dedicada a las décadas del sesenta y setenta, en tanto que los noventa se despachan en menos de cien páginas. Pero así son los recuerdos, maleables, enfáticos en ciertos episodios y ausentes en tantos otros. Lo importante, en realidad, es que estamos visitando la mente de uno de los más amplios conocedores del rock en nuestro país. El libro se va leyendo como una especie de extenso programa radial y se puede sentir en esa lectura el tono melodioso de su voz.
Pocas semanas después apareció en librerías Jazz en Colombia: Desde los alegres años 20 hasta nuestros días, del escritor cartagenero Enrique Muñoz. Es una publicación que estaba haciendo falta porque hasta ahora la escena del jazz colombiano solo se había documentado en artículos sueltos, aquí y allá. De hecho la fuente primaria de Muñoz es la prensa, seguida de algunas entrevistas personales y, por último, algo de discografía. Su labor nos permite saber hoy, con pruebas sólidas, que las primeras orquestas de jazz en Colombia vieron la luz en los años veinte: fueron la Jazz Band Lorduy de Cartagena y la Jazz Band Sosa de Barranquilla. Muñoz devela incluso los nombres de las embarcaciones que desde Nueva Orleáns llegaron al Caribe colombiano trayendo la nueva música y su estudio le permite afirmar que, entre los géneros nacionales, el más cercano al jazz es el porro.
Jazz en Colombia está complementado (como es costumbre en los libros de la editorial Iguana Ciega) con una excelente selección fotográfica. Pero hay que decir que su fuerte es el estudio de los orígenes, más o menos hasta la década del sesenta. A la hora de abordar la escena actual, por alguna razón desconocida, se pierde la agradable pluma narrativa de Muñoz y pasamos a leer enumeraciones, algo así como apuntes en que aparecen muchos datos pero poco relato. De cualquier modo, el libro tiene una estructura que permite eventuales ampliaciones en ediciones futuras y esos detalles se pueden solventar. No es una obra definitiva, pero indiscutiblemente es lo más completo que ha aparecido sobre el tema. Lo más importante, que le agradecemos a Muñoz, es su honda exposición de ese lapso semidesconocido que eran los albores del siglo xx.
Otro documento fruto de una intensa melomanía es Estrellas de la Sonora Matancera, publicado con el auspicio de Discos Fuentes. Su autor, Héctor Ramírez Bedoya, es presentado como un médico que ha sucumbido al virus de la “matanceromanía”. Aun si no se nos suministrara ese dato, el libro es muestra suficiente de los efectos de su enfermedad. Ramírez se concentra en la vida de tres cantantes de la Sonora –Celia Cruz, Alberto Beltrán y Celio González– y nos ofrece una colección completísima de datos, sin duda recogidos durante años enteros de afición. Lo más impresionante son los cuadros que aparecen al final de cada capítulo, con todas las canciones, lugar y fecha de grabación.

Del lado de la academia
Por su parte, la academia también ha contribuido con títulos importantes este año. Por su carácter más técnico apuntan a un lector especializado, pero igualmente son producto del amor a la música y, a partir de ahí, del deseo de comprenderla mejor. Por eso también se deben considerar infaltables en una biblioteca musical. Uno de esos libros es Método de improvisación en el pasillo de la región andina colombiana, escrito por Francy Montalvo y Javier Alcides Pérez, profesores de la Universidad El Bosque. Lo primero que llama la atención es la aparente contradicción del título: ¿acaso existe un método para improvisar?, ¿no se supone que la improvisación es lo opuesto a la metodología? La lectura nos hará comprender que, en realidad, improvisar es emplear un arte disciplinado de tema y variaciones.
Los profesores Montalvo y Pérez tomaron como punto de partida la grabación que hizo el pianista Héctor Martignon del pasillo “Coqueteos” (en su álbum Portrait in White & Black, de 1996), uno de los primeros encuentros entre el pasillo y el jazz. A partir de ahí desarrollaron su teoría, valiosa en el sentido de entrar a refrescar una música que corre el peligro de estancarse en interpretaciones demasiado rígidas.
Por último, un documento emocionante desde todo punto de vista: Gaiteros y tamboleros, escrito por los profesores Leonor Convers y Juan Sebastián Ochoa, de la Facultad de Artes de la Universidad Javeriana, aparece coincidencialmente en momentos en que nuestros Gaiteros de San Jacinto son reconocidos con el Premio Grammy. Es muy probable que ahora se despierte un nuevo interés por este repertorio y su organología y, en ese sentido, Gaiteros y tamboleros proporciona inmejorables luces. Sin proponérselo, los profesores Convers y Ochoa terminaron escribiendo el complemento ideal para la audición del disco Un fuego de sangre pura. Son dos tomos. El primero, orientado al lector laico, ofrece un contexto histórico y geográfico sazonado con las declaraciones de los propios músicos. El segundo es más pedagógico y está dirigido al intérprete, planteándole ejercicios.
Los tomos se complementan con material de audio y hasta de video porque, de todos modos, existe la conciencia de que las letras no son suficientes a la hora de abordar la música. En la introducción de Gaiteros y tamboleros se aclara: “No se puede aprender un lenguaje sin escucharlo hasta el cansancio, sin hacerse familiar con su sonido”. La idea es válida para todos los textos que tocan el tema musical. No es fortuito que la mayoría de libros que hemos reseñado aquí vengan acompañados por cd, algunos más pertinentes que otros (el disco que acompaña el libro de Bellon es perfectamente prescindible). Pero no por esas limitantes dejará de escribirse y de leerse sobre música. Es uno de los placeres paralelos que tiene la melomanía.
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