Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/08/15 00:00

“Imagino siempre que soy el otro”

Ha publicado diez novelas y varios libros de ensayos. Creció durante la época del protectorado británico. Arcadia habló con Oz desde Israel sobre literatura, la guerra en el Líbano y su larga militancia a favor de la paz.

“Imagino siempre que soy el otro”

El mundo de Amos Oz está desprovisto de felicidad. Un niño sabe lo que es el dolor. Él lo supo cuando su madre se suicidó: tenía doce años. Sus abuelos paternos habían partido de Vilna, en Lituania, en 1933, debido al dolor y al desprecio: Hitler ya era canciller y muchos intuían la tragedia que estaba por venir. Llegaron a un lugar en donde había dolor: Palestina era un protectorado británico en el que, desde entonces, dos pueblos se han enfrentado por la tierra. Entonces hubo más dolor. Hubo guerras. Se fundó un Estado. Y hubo nuevas batallas. Y hasta hoy no ha parado esa cadena de dolor.
Amos Oz nació en 1939 en Jerusalén. Su padre leía en siete idiomas y hablaba diecisiete. Su madre, cinco. Fue el hijo único de dos lectores consumados; de una saga de humanistas y refinados morales para quienes Europa era un lugar propio. Más que para los europeos. Millones de emigrantes que escapaban de ser señalados como inútiles o desalmados mercantilistas partieron hacia esas tierras secas que hoy vemos destrozadas por el fanatismo de uno y otro bando. Así que Amos Oz era parte de una legión de gentes destinadas a ser pioneras de un Estado que aún no existía. Y para fundarlo, el propio Oz tuvo que convertirse en una suerte de niño de la intifada judía. Un niño que en los años cuarenta gritaba consignas contra los británicos; un niño provinciano: “Ese sentido del provincianismo e irrelevancia hizo de mí un niño con tendencia a la fantasía y a los sueños”.
Toda aquella época de infancia se encuentra en Una historia de amor y oscuridad (2002), una novela de más de ochocientas páginas en la cual uno siente que su mundo pertenece a las alcobas, a los cuartos oscuros y a las calles íntimas. Ha sido una manera de saldar las deudas pendientes con un pasado sin señalar culpables. Por ello, quizá, su escritura está despojada de vanidad; sus libros están lejos de lo experimental y se aferran al humanismo como tabla de salvación: en el centro de sus historias está el hombre frente a otros hombres. Oz ha escrito diez novelas y un libro de cuentos. Se dio a conocer en 1968, cuando publicó Mi querido Mijael, al que le siguió, en 1973, Tocar el agua, tocar el viento.
A los quince años partió rumbo al kibbutz Julda, soñando con el bienestar que brindan el trabajo y las mujeres. Duró veinticinco años. De allí proviene Un descanso verdadero, de 1982, una de las más conmovedoras pruebas de que su destino literario estaba ligado a desentrañar la existencia de ese otro a quien jamás escuchamos. A Un descanso verdadero le siguieron Las mujeres de Yoel, en 1985, La caja negra, en 1987, La tercera condición, en 1991, No digas noche, en 1994, Una pantera en el sótano, en 1995, y El mismo mar, en 1998. Después de vivir durante veinticinco años en el kibbutz, el destino de su hijo, que padecía un asma severo, hizo que se trasladara al desierto de Néguev, en donde es profesor de literatura en la Universidad Ben Gurión. El dolor ha hecho que Amos Oz escriba también ensayos, que deje oír su voz en medio del conflicto palestino-israelí. Por ello ha sido criticado en su país: lo consideran demasiado blando. Su mirada ha trascendido la novela para escribir diez libros de ensayos, entre los cuales se encuentra Contra el fanatismo: tres ensayos en los que intenta sembrar esperanza allí donde no la hay. Cuando se leen sus libros, uno siente que el mundo es doloroso, pero que entre tiniebla y tiniebla, siempre habrá campo para un trago con los amigos, para una historia de amor; sus libros están hechos para entender. Y ahora están entre nosotros. De los temas que aparecen en ellos habla en esta entrevista telefónica:

Usted dice que escribir es darse una segunda oportunidad. ¿La vida en sí misma no basta?
No, la vida nunca es suficiente. Siempre, todos, no sólo los escritores, todos revivimos las cosas que hemos vivido en el pasado y nos preguntamos qué hubiera pasado si hubiéramos dicho o hecho algo distinto; cómo habría sido nuestra vida si no hubiéramos perdido tal o cual oportunidad. Todos tenemos la vida que tenemos y esa otra, la vida implícita, la vida que hubiéramos podido tener. Y esa oportunidad perdida, ese giro que no hicimos, es el tema de mis novelas.

Dicen que Una historia de amor y oscuridad es una autobiografía, yo creo que es una novela...
No la llamo una memoria sino una fábula. Las memorias suelen ser escritas por personas que quieren contarle al mundo que ellos tenían toda la razón y que todos sus detractores estaban equivocados. Y suelen estar escritas en un tono que busca decirle al mundo cuán maravilloso era uno y cuán terribles eran los demás. Creo que este libro no tiene una onza de amargura ni una onza de rabia, y no me considero el protagonista. Más bien lo son mis padres, su matrimonio infeliz. El libro habla sobre el enigma, el misterio que representa el que dos personas bienintencionadas hayan podido tener una vida en común que fue un infierno. Y escribo también sobre una infancia que fue muy difícil y dolorosa, pero no infeliz. De una manera extraña tuve una infancia muy rica porque el aire vibraba con ideas, con emociones. El país era una colcha de retazos de culturas, tradiciones, civilizaciones, memorias, y para mí esto fue una fuente inagotable de gozo y de ideas.

¿Fue este libro una manera de hacer la paz con su pasado?
Sólo pude comenzar a escribirlo cuando ya no tenía rabia contra mis padres. Durante muchos años tuve rabia contra el mundo. Contra mi madre, por haberse suicidado. Sentí como si hubiera huido con un amante, sin dejarnos ni siquiera una nota de despedida. Rabia contra mi padre por haberla dejado ir. “Cómo pudo haber sido tan idiota para haber dejado ir a una mujer tan maravillosa”, pensaba. Y tenía rabia contra mí mismo. Pensaba que si hubiera sido mejor hijo ella no se hubiera ido, si me hubiera cepillado los dientes cada noche como ella me decía... Pero cuando hice la paz con ellos, pude escribir con humor, compasión, ironía y curiosidad, sobre todo curiosidad. He escrito este libro como si me hubiese convertido en el padre de mis padres, como si ellos se hubieran convertido en mis hijos.

¿Esa rabia tuvo que ver con su cambio de apellido?
Fue parte de mi rebelión contra mi padre. Cuando tenía catorce años decidí convertirme en todo lo que él no era. Él era de clase media, yo decidí convertirme en proletario. Él era un intelectual, yo decidí convertirme en conductor de tractores. Él era de derecha, yo me convertí en socialista. Su nombre es Klausner, yo decidí convertirme en Oz. Oz quiere decir fuerza, coraje, determinación. Todo lo que necesitaba desesperadamente a los quince años cuando me fui a vivir solo a un kibbutz. Pero ahora sé que tales rebeliones eran parciales. Porque hoy, tal como mi padre antes que yo, me siento en un cuarto lleno de libros y escribo. Exactamente lo que mi padre quería para mí. Hay mucha ironía en las rebeliones.

Una rebelión en la que pasó veinticinco años en un kibbutz. Cree que hay una crisis en la idea de lo comunitario que representa este modelo...
No hay sólo una crisis en lo comunitario sino en el socialismo. El colapso de la Unión Soviética hizo sufrir a otras formas de socialismo. Estamos en una era darwiniana. Todos por sí mismos. El egoísmo se ha convertido en una especie de religión. Creo que esencialmente todavía es posible para los seres humanos vivir una vida colectiva. Pero la crisis es inmensa. La crisis del socialismo democrático, quiero decir.

Sin embargo, esa idea de lo comunitario proviene del cristianismo, de la idea de amar al prójimo...
En este punto tengo un enorme de-
sacuerdo con mi maravilloso compatriota Jesucristo. Pero es difícil poner a dos israelíes de acuerdo. Si amamos a todo el mundo, en realidad no amamos a nadie. El amor es algo íntimo. No es una emoción pública. El amor no es lo que prevalecerá entre naciones o gobiernos. No es posible. No mientras los seres humanos seamos lo que somos.

Dice que el amor es algo íntimo, su abuelo parece haber sido un gran amante de las mujeres. Decía que comprender a las mujeres era conocer el gran secreto del mundo...
Sí. Creo que en el misterio del malentendido entre hombres y mujeres reposa la comedia y la tragedia humana de todos los tiempos. No creo que las mujeres entiendan a los hombres tampoco. Creo que el enorme malentendido entre hombres y mujeres está magnificado por muchos mitos y prejuicios, por la educación equivocada en todo el mundo que hace que ambos sexos desconozcan la esencia real del otro. Esto lleva a la gente a pensar de manera simplista que o bien no hay diferencias o bien los hombres y las mujeres son continentes distintos. Creo que ambas ideas son equivocadas.

Cada sexo guarda un secreto, como los personajes de sus novelas...
Sí, escribo sobre la vida secreta de gente común. Creo que todos tenemos vidas secretas. A veces están sólo en nuestra imaginación y en ninguna otra parte. Pero es cierto, escribo sobre la vida secreta de las personas. Todos los seres humanos tenemos la fantasía constante de qué pasaría si lo dejamos todo atrás para adentramos en lo desconocido, donde todo es posible y nada le pesa a uno.

La literatura hebrea es un secreto...
En la literatura moderna hebrea las cosas se han desarrollado a gran velocidad. Comenzó en el siglo xix en la Europa Oriental como una literatura idealista, escrita por gente que en su vida cotidiana hablaba en checo, alemán, polaco, pero escribía sus poemas y sus historias en hebreo. Luego se convirtió en una literatura nacional, que trabajaba en un idioma resucitado. Al hebreo le ocurrió lo que al griego o al latín: estuvo oculto durante diecisiete siglos y luego revivió. Trabajar en ese idioma es un placer específico: puedes legislar en el lenguaje. Puedes tomarte enormes libertades, puedes crear nuevas formas. En este aspecto, es como el inglés isabelino o el español de Cervantes. Se trataba de volver a fundar un lenguaje.

Usted ha expresado reservas con respecto al yiddish.
Éste es un viejo debate que desafortunadamente fue resuelto por Hitler, que mató al 50% de los judíos que hablaban yiddish en el mundo. ¿Cuál es el verdadero idioma de los judíos, el hebreo o el yiddish? El yiddish es esencialmente un dialecto alemán, originado en la edad media alemana. Era hablado por los judíos de la Europa central y oriental. Pero no podía ser el lenguaje universal de los judíos porque, como sabe, los judíos no sólo vivieron en estos lugares sino en España, África del norte y los países islámicos, y estos judíos nunca hablaron yiddish. El hebreo es el gran unificador de las tradiciones judías.

Usted pertenece a una generación unificada, la pionera, la que carga con la memoria del Holocausto. Imagino que no pasa lo mismo con los jóvenes...
El Holocausto es una recuerdo vivo. El destino de mi familia fue moldeado por él. En Israel se dice que el trauma pasa de abuelos a nietos. La mayoría de los israelíes nunca conoció a sus abuelos. Yo fui una excepción afortunada. El miedo es constante, aun en las nuevas generaciones, porque hay Estados como Irán que arguyen que Israel no debería existir. Y esto revive otra vez el miedo, y con él el recuerdo del Holocausto.

Participó en la Guerra de los Seis Días y en la de Yom Kippur, sin embargo, luego fundó el movimiento pacifista Shalom Ajshav...
Shalom Ajshav no es un movimiento pacifista, es un movimiento por la paz. La diferencia está en que los pacifistas sostienen que es mejor abandonarlo todo y no pelear. En cambio un movimiento por la paz defiende la idea de que cuando tu espalda está contra la pared, tienes que pelear. Mi actitud está basada es que Israel y Palestina comparten una tragedia. Los dos tienen razón. Es la tragedia de dos pueblos que tienen la razón, no de la razón contra la equivocación. Porque lo que reclama Palestina es muy fuerte y muy convincente y lo que reclaman los israelíes también. La única salida es la concesión.
En ese sentido, tanto sus novelas como sus ensayos insisten en que debemos imaginar y escuchar al otro...
Me levanto todos los días a las cinco de la mañana. Me tomo un taza de café, camino un poco por el desierto y luego me siento en mi escritorio y comienzo a imaginar, “¿y si yo fuera él, si yo fuera el otro?” Esto es lo que hago y con ello me gano la vida. Es también lo que hago como activista de paz, no necesariamente porque esté de acuerdo con el otro, no porque acepte su punto de vista, sólo porque quiero imaginar al otro, su vida, sus emociones, sus argumentos.

Se ha manifestado siempre a favor de la paz, pero ahora sorprende a Occidente al declarar que cree que esta guerra es justa...
Creo que Hezbolá atacó a Israel sin provocación. No hay un problema territorial con el Líbano. No hay territorio libanés en manos de los israelíes. Hezbolá dice que su papel es el de destruir el Estado de Israel. Es un movimiento muy fanático, así que creo que esencialmente la posición de Israel es defensiva. Pero ha ido demasiado lejos y es tiempo de llamar a un alto al fuego.

Occidente parece estar en contra de Israel en esta guerra. ¿Usted cree que es posible amar al pueblo judío pero odiar al Estado de Israel?
Ésta es una pregunta muy sutil. Creo que uno puede criticar el Estado de Israel, no necesariamente odiarlo. Muchas veces la gente cruza la línea. Y cree que las decisiones del Estado de Israel son demostrativas del carácter del pueblo judío. Eso es cruzar una línea: criticar a Israel es legítimo, hablar del carácter del pueblo judío no lo es.

El Papa dijo en Alemania que no se podía culpar a todo un pueblo por el error de unos cuantos, y se la eligió como sede del Mundial, como si hubiera un movimiento para exonerar a Alemania de su culpa histórica...
La culpa es personal y el culpable la lleva dentro de sí. Hay una responsabilidad histórica, pero no creo que la actual generación alemana sea culpable. Alemania es responsable pero no culpable. Creo que la culpa es personal y la responsabilidad, colectiva.

Sus libros acaban de llegar a Colombia. ¿Qué le diría a alguien que comienza a leerlos?
Colombia... Mi llave de Colombia es García Márquez, pero no la única. He leído sobre la historia de Colombia, no es un país extraño para mí. La de su país es una historia de dolor y de sufrimiento. Me gustaría ir algún día. A los posibles lectores les diría que intentaran leer mis libros en el espíritu en que fueron escritos: con una sonrisa y una lágrima. Yo soy el escritor de las cosas pequeñas. De lo doméstico. Si me pidiera definir en una palabra mi universo literario le diría que es la familia. Si me pidiera que lo hiciera en dos, sería la familia infeliz. Si me pidiera que lo hiciera en más, entonces le pediría que leyera mi obra. .

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