Sábado, 21 de enero de 2017

| 2007/08/23 00:00

Inspiraciones etílicas

El uno, Charles Bukowski, profundamente pesimista, bebía ingentes cantidades de Jim Bean, el bourbon que más le gustaba, o vaciaba botellas de vino blanco todos los días. En la otra esquina, el Nobel Ernest Hemingway hizo tal bacanal en el Ritz de París, que por poco es desterrado. Sibaritas declarados, muchos otros escritores se han subido en montañas de alcohol.

Inspiraciones etílicas

Escritores y borrachos hay muchos. Escritores borrachos, también. Al respecto, sobran las historias y las especulaciones. Que Raúl Gómez Jattin se dedicaba a la poesía, cuando el ron Tres Esquinas y el toreo automovilístico se lo permitían; que a César Vallejo, no se sabe si en mitad de un aguacero, lo mató un guayabo mal llevado; que Anthony Burguess recomendaba escribir al día siguiente de una borrachera, pero jamás en estado de embriaguez; que William Faulkner escribía de día en un burdel, y de noche se iba de juerga. Sin embargo, dentro del amplio espectro de escritores con vocación etílica, encontramos a dos norteamericanos que sobresalen, tanto por haber sido grandes bebedores como por haber asumido, a través de sus excesos, posiciones contrapuestas frente a sus respectivos entornos: Charles Bukowski (1920-1994) y Ernest Hemingway (1899-1961), de los borrachos acaso los más eminentes.
Cuando Bukowski murió, no hubo necrología que no se apresurara a aclarar que el hecho se había producido por causas ajenas a la bien conocida disposición etílica del escritor. Y aunque no hay muerto malo, lo cierto es que a Bukowski, a sus setenta y tres años, lo liquidó una leucemia fulminante, casi medio siglo después de que lo desahuciaran por cuenta de la bebida. ¿Qué destino puede ser más cruel para un poeta maldito que sobrevivir a sí mismo: al alcohol y las palizas, al hambre y la degradación?
Una imagen condensa la dualidad a la que se vio sometido Bukowski, una vez que, gracias a la intervención providencial del editor John Martin, la fama y la fortuna le cayeran encima como un baldado de agua fría: ante la mirada condescendiente de Bernard Pivot, conductor del programa francés Apostrophes, Bukowski vacía entera, de un solo sorbo y como en un concurso de resistencia, una botella de vino blanco. Un claro acto de rebeldía frente al establecimiento, más aún en un contexto en el que el vino es sagrado y debe consumirse con mesura.
Bukowski jamás consumió o hizo nada con mesura. En lo personal, están bien documentados su trashumar de pobre por hoteles de mala muerte; sus excesos alcohólicos y sus peleas volcánicas en los bares de Los Ángeles, todo lo cual casi le cuesta la vida en más de una ocasión; sus desmanes sexuales, a pesar de una virginidad tardíamente perdida; su odio por sí mismo y su constante desesperación de suicida. Todo esto es volcado en sus más de cuarenta libros de prosa y verso, donde a través del lenguaje vernáculo de los bares, la autobiografía casi se niega ceder paso a la ficción. Henry Chinaski, su álter ego, se convierte así en el calco perfecto de este crítico implacable del sueño americano y todo lo que éste representa.
Sin embargo, hay que advertir –como lo hace Howard Sounes, crítico de The New York Times– que Bukowski no era simplemente un payaso borrachín, como muchas veces se le percibe. Era un hombre orgullosamente independiente que se lanzó contra la mediocridad del establecimiento, con la crudeza y la obscenidad como sus principales armas; era el producto de una niñez y adolescencia atormentadas por las palizas del padre y un acné degenerativo. Nos queda la imagen de un cuarto desvencijado, con un hombre bebiendo, oyendo música clásica y escribiendo para burlarse de sí mismo, muy a pesar del dolor. Y es gracias a esta capacidad de burla y crítica simultáneas que Bukowski logra rehuir el cliché del poeta maldito. Nada conjuga mejor la paradoja de su existencia como parte del sueño americano que un borracho desmayado a la sombra del letrero de Hollywood.

El mundo era una fiesta
Por otra parte, y en contrapunto con la sombría existencia de los poetas malditos, encontramos también a los escritores gocetas y parranderos; y entre ellos, cómo no, al autor de Fiesta y París era una fiesta. Y qué mejor para ilustrar la vocación etílica de Hemingway, quien de alguna forma u otra encarnó el sueño y el héroe americanos, que su largo historial con el bar del hotel Ritz.
Durante los primeros años de su experiencia parisina, visitaba el lugar acaso una vez por semana, con lo que alcanzaba a escamotear de aquí y allá. Cuando las regalías comenzaron a llover, Hemingway no tardó en recuperar –con intereses– el tiempo perdido. Fanático empedernido de sus martinis, el bar formaba parte de un circuito de santuarios alcohólicos que comprendía desde los cafés de
Montparnasse y el barrio Latino, hasta las cantinas de pescadores en Cuba y La Florida. Así, el 25 de agosto de 1944, Hemingway marchó sobre París –encaramado en el tope de un tanque– con el objetivo de liberar el bar del hotel de la ocupación alemana; es decir, de desocuparlo.
Armado con una Sten, He-
mingway trepó al techo del hotel y disparó una ráfaga, atinándole apenas a la ropa sucia de los vecinos. Después, tomó prisioneros –un par de ordenanzas alemanes, abandonados en la lavandería–, bajó a la cava por unas cuantas botellas de Mouton Rothschild y se plantó en el bar. Apenas puso un pie dentro ordenó al barman, el legendario Bertin, una ronda de cincuenta martinis para todos los presentes, entre los que se contaban el coronel David Bruce, Robert Capa, J. D. Salinger e Irwin Shaw. Marlene Dietrich tampoco tardó en hacerse presente, aunque pronto se cansaría del lenguaje de corsario de Hemingway y cambiaría de hotel, tras haber cantado unas cuantas canciones –según los rumores– desde la bañera del escritor.
Son bien conocidos los excesos protagonizados por Hemingway en el hotel, antes y después de su ocupación por los oficiales alemanes. Quién sino él habría sido capaz de intentar llevar a su cama a Simone de Beauvoir y tomarse, al mismo tiempo, seis botellas de whisky con su amante, Jean-Paul Sartre; componer y cantar un estruendoso villancico en honor a la vagina de su esposa, Martha Gellhorn; darle una paliza a André Malraux, el futuro ministro de Cultura francés; o regalarle a Pablo Picasso, para conmemorar la ocasión, una camisa salpicada con la sangre de un nazi a quien él mismo había dado de baja.
Sin embargo, la más célebre de todas estas historias cuenta cómo, cuando una de sus nuevas amantes –Mary Welsh– se cansó de capotear las borracheras del escritor, este le solicitó a Bertin que se ingeniara un coctel sin olor. ¡Vaya éxito! “La condenada de Mary (bloody Mary, en inglés) no detectó nada”, le diría posteriormente al barman.
Verdad o mentira, todas estas anécdotas lo convirtieron en un ícono local, al punto que el bar lleva hoy en día su nombre, aunque ni siquiera el propio Hemingway –con su Nobel y sus regalías– podría seguramente costear uno de sus martinis. Como afirma Taki Theodoracopulos, del National Review: “Este fue uno de los actos menos heroicos y osados de la Segunda Guerra Mundial, pero es sin duda uno de los que más notoriedad ha alcanzado. Después de todo, el Ritz es el Ritz”.

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