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| 11/19/2007 12:00:00 AM

La ciudad sorpresa

Es una ciudad de gente culta como lo demuestra este recorrido. Aunque lejos de Bogotá, la capital más al sur de Colombia tiene museos, exposiciones, cines y actividades culturales.

Ella me dijo que lloraría. Que el periodista Daniel Samper Pizano lo había hecho a borbotones cuando ella, Consuelo López, mezzosoprano pastusa de 33 años, había interpretado “Sindamanoy” en el Festival del Mono Núñez, uno de los más reconocidos de Colombia. Él era jurado, ella ganó. Un año después, Consuelo la cantó de nuevo, en su casa de Pasto, junto a su cuarteto de oboes, flautas, guitarras y tiples. A ver si esta periodista lloraba, a ver si se me regresaba a Bogotá con su tierra entre mis venas.
Pero no. En Pasto lloré de otra forma cuando entré a la Fundación Luna Crearte, una ong abierta hace catorce años por dos pintores interesados en usar el arte como medida terapéutica para discapacitados mentales, que en Pasto son muchos: 7% de los dos millones y medio totales.
No sé bien cómo fue el proceso. Solo sé que en esos cuadros, en esas mesas, bandejas, tarjetas, sillones y vitrales, había rabia, había color, había intensidad, había Nariños, Andes, carros que subían por arco iris, vacas que flotaban en paracaídas, bosques enmarañados, soles que lloraban.
Había vida hecha por seres que parecían muertos en vida. Y entonces sentí que el arte, la cultura, el llámese como se llame ese quedarse para siempre en el alma de alguien, tenía un sentido, un fin. Estos muchachos, setenta en total con enfermedades tan raras como la de bloqueo del área de Broca, responsable de producir el lenguaje, exponen en salones nacionales, ganan premios, venden en Washington, en Nueva York, en París. “Cuando pinta se le calman las convulsiones”, me había dicho la madre de uno ellos. “Voy a ser artista y de los buenos”, me dijo otro a quien su padre encerraba por vergüenza y ahora lo exhibe porque es pintor, porque es alguien, porque sirve.
De Pasto llegué cargada con mucho de lo que allí consideraban símbolo cultural. El gobernador de Nariño, el antropólogo Eduardo Zúñiga, me regaló la edición de lujo del poeta nariñense Aurelio Arturo y unas serigrafías del pintor Manuel Guerrero. En la Alcaldía me metieron bajo el brazo un libro de cocina en el que hablaban de platos incaicos como la sopa de carantantas y, claro, el cuy, ese ratón asado que tantas muecas produce. Ahora tengo en casa un libro de fotos del Carnaval de Negros y Blancos, quizá la más importante manifestación cultural en este departamento, hoy epicentro de los cultivos de coca –36% del total sembrado, según las Naciones Unidas–, de guerras –70.000 desplazados por fumigaciones y enfrentamientos entre paramilitares y guerrilleros–, de incertidumbres –todos dicen que los secuestrados canjeables están allí, entre esas montañas que parecen cortadas con cuchillos.
Al que más le he sacado provecho ha sido al Diccionario de la lengua pastusa, edición con trescientas palabras que pensaba, eran de acá cuando a fin de cuentas eran de allá: consiánfira (un objeto de nombre desconocido), desgualanguarse (caerse aparatosamente) o achucuyarse (acobardarse).

¿No sabías?
Antes de partir para este proyecto tomé el riesgo de no contactar a nadie. No navegué por internet, ni me leí un libro, ni me enteré de esta ciudad de 400.000 habitantes, tan distinta a otras ciudades nariñenses como Tumaco, en el Pacífico, y a Ipiales, en la frontera con Ecuador, que conocía bien por la droga, los muertos, los problemas. “Nariño no es un departamento, es un país”, había dicho el escritor Jorge Zalamea.
La idea era llegar lo más desprevenida posible y ver qué ofrecía esa capital construida a las faldas del Galeras, un volcán que está activo desde 1988 y que lanza cenizas de tanto en tanto. Recién me bajé del avión, tras una hora de vuelo, el aereopuerto me presentó a Pasto a través del afiche de un museo –el Taminango, de artes y tradiciones, uno de los diez que existen– y un hotel, el Agualongo, en honor a Agustín Agualongo (1780-1824) “un indio, feo y de corta estatura”, según su propio biógrafo, responsable en buena parte de la mala fama de los pastusos porque puso en jaque a lo más granado de los ejércitos republicanos tras declararle la guerra a Colombia en defensa del rey Fernando vii.
El puesto de turismo estaba vacío, los taxistas me arrebataron la maleta, me dijeron que rápido, que la ciudad fundada en 1539 estaba a 45 minutos, que jugaba el Deportivo Pasto. Pasto, tan fría, tan señorial, tan habitada pues ahí vive la mitad del millón de nariñenses –de los cuales un 8% son indígenas y 18% afrocolombianos– me olió a Honda y a río Magdalena y a trópico de noche. Qué raro.
El ejercicio en el hotel fue el siguiente. Directorio, páginas amarillas, blancas, verdes. Busqué por Museos. Apareció “Hospital Mental de Nuestra Señora del Socorro”. Cerré páginas. Compré los diarios. Había uno solo, el Diario del Sur. “Muestra de Nariño en Bogotá”, “Recorre a Pasto la maleta didáctica del Museo Botero” y “Crucigrama de actrices del mundo” eran los titulares culturales del día. Salí a caminar.
Sin libros, sin datos, sin nada, hoy me digo que Pasto y yo nos buscamos para encontrarnos. Porque no de otra manera me explico cómo, tras caminar tan solo quince minutos por entre calles angostas de arquitectura republicana con alegres fachadas color zapote y amarillo auyama, me topé con el Centro Cultural Palatino, donde arrancó todo.
Primero, una exposición de arte de dos jóvenes pastusos radicados en Francia, y otra de estudiantes de la Facultad de Arte de la Universidad Antonio Nariño (¡hay 800 jóvenes inscritos en arte!), y una entrevista con Silvio Sánchez, el nuevo rector de la Nariño, que prometió la construcción de un Conservatorio para tanto músico pastuso (en el 60% de las casas pastusas hay un músico, dicen las estadísticas) y un encuentro con Eduardo Muñoz Lora, el artesano más diestro en barniz, una técnica milenaria que viste diferentes piezas artesanales mediante resina vegetal teñida. Que llegó de Londres, me cuenta y que vendió todo, me explica, y que en Pasto solo hay cinco de sus piezas y que en el mundo cien y que es una tristeza tanta violencia porque ya no vienen extranjeros por aquí a comprarle su barniz, tan único, por el que pagan entre 2.000 y 8.000 dólares por pieza.
Me asfixio con tanto pintor, y discursos, y quejas de maestros que dicen que del arte no se vive y de poetas sueltos que me dan sus versos para que los publique. Todo es cultura, somos muy prolijos, hervimos, pero lo que pasa es que nos tienen aislados, y nos dan migajas y Quito se porta mejor que Bogotá, me dicen.
Salgo, oigo un piano mientras camino, entro a un edificio viejo y conozco a Consuelo, sí, la mezzosoprano que puso a llorar a Samper Pizano, y ella me invita a tomar café y me dice que solo en la Alcaldía hay 1.800 muchachos aprendiendo música, pero no hay presupuesto, pero ella está feliz con lo que pasó en Factor X porque los pastusitos quedaron de finalistas. Cuando íbamos en esas nos estrellamos con un francés, Claude Toulliou, se llama, y dirige Correo del Sur el único periódico cultural, con 1.500 ejemplares mensuales, hecho en cafés internet. Claude me llena de carpetas, de fuentes, de datos. Me dice que vayamos a la calle de los tríos –¿no sabías que aquí están los mejores boleristas del país que se venden por míseros 20.000 pesos?– y a ver el Teatro Imperial –¿no sabías que es el único, que fue construido en 1922 y que ahora vienen cinco países al Festival Internacional de Danzas?–, y al centro cultural Pandiaco –¿no sabías que era un matadero y que ahora es el Museo de Carnaval de Pasto?– y a hablar con Miguel Garzón, el director de Quinoccio, la única revista cultural. Por él me entero de que hay cuatro librerías, dos de renombre: La Javier y La Hispana. En La Javier, centro de la ciudad, hay cerca de 11.000 títulos. Y sí. Está en diferentes ediciones Anna Karenina, de León Tolstoi, Esperando a los bárbaros, de JM Coetzee, y La virgen de los sicarios, de Fernando Vallejo. ¿Que no había nada que hacer en Pasto? ¿Por qué solo anuncian el tal Taminango? ¿Por dónde demonios empiezo?

“Nos morimos todos”
Por el Taminango, a ver si entiendo. El Taminango, casona del siglo vxii, era al principio una tejería y después se convirtió en el lugar donde los conquistadores se echaban sus canas al aire. En 1971 fue declarado Monumento Nacional y hoy exhibe y divulga las costumbres nariñenses. Aprendo que las vigas están amarradas con cuero de res, lo que lo hace antisísmico, que mantenerlo vale cinco millones mensuales, que no hay plata, que es mucho esfuerzo. Salgo de ahí para el Museo Alfonso Zambrano, conocido artesano en madera famoso por sus cristos gigantes. Su casa es un museo privado con todo lo que ya no hacen: portones de madera, cristos hechos en cera de abeja, bustos pulidos con líquidos de la vejiga de cordero. El maestro Zambrano, de 59 años, lo guarda todo hace tres décadas. Para que no se olvide, ni se pierda, ni se deje de hacer. “Falta cultura, amor propio por los oficios tradicionales. Estoy muy defraudado. Las autoridades solo se dedicaron a enriquecerse”, me dice.
Las autoridades dicen lo siguiente. “Somos 40% de analfabetos. Buena parte del presupuesto que me dan –140 millones de pesos anuales– me la gasto en talleres de lectura”, me diría María Cristina Gálvez, la directora del Centro Cultural que tiene en Pasto –y también en Ipiales– el Banco de la República. “¡Pero está loca y desinformada esa señora!”, me respondió el gobernador Zúñiga. “Somos 5% de analfabetos. En educación invertimos 25.000 millones de pesos”. Julián Bastidas, el director cultural de la Alcadía, ataca. El analfabetismo se volvió un lema político. Él prefiere invertir buena parte de los setecientos millones de pesos anuales de presupuesto en Escuelas Musicales. Leonardo Sansón, director de Corpocarnaval, tiene un presupuesto de 1.780 millones de pesos para el Carnaval de Negros y Blancos. “Claro que está bien tener tan buen presupuesto cuando se trata de encontrarnos todos a través de la cultura”, me responde. Mientras tanto Juan Carlos Santacruz, gerente del Fondo Mixto de Cultura de Nariño, busca plata para financiar un grupo de teatro femenino y construir, con seiscientos millones de pesos, un centro de Cosmovisión de los pastos, los primeros habitantes de esta tierra que vive de la agricultura. “Nos falta identidad, confianza, no conformismo. En eso trabajamos. Para eso buscamos plata”.
Salgo confundida, sin saber muy bien para dónde van, sintiendo que en Pasto hay mucho talento, pero que todos se quedan encerrados ahí, entre montañas de melancolía, sin atreverse a salir por susto al fracaso, sin norte claro, sin meta, sin fondo. Y entonces pensé que a los pastusos les pasa como al taxista que me llevó al aeropuerto. Me dijo que si explotaba el volcán ya lo tenía todo decidido. Se llevaba a sus hijos a una esquina, se acurrucaba y esperaba la lava para morir encerrado. Sí. Encerrado en su Pasto querido.
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