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20 noviembre 2006

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La justicia de la palabra

Por Carlos Gaviria Díaz

Nuevo libro de Héctor AbadVeinte años después del asesinato –aún impune– de su padre, Héctor Abad Faciolince publica El olvido que seremos, un libro autobiográfico de abrumadora belleza formal y de un poderoso peso moral y político. Una lectura que confirma que a veces la escritura logra ganarle la batalla al embate constante del olvido.

La justicia de la palabra.
Cuando Héctor Abad Gómez recibió la noticia de que, contra su voluntad, debía jubilarse, un grupo de amigos y compañeros de lucha universitaria, entre indignados y nostálgicos, improvisamos un acto de homenaje, reiterativo de nuestro afecto profundo y nuestra admiración. Al preguntarle uno de los ci
rcunstantes “¿y ahora qué harás, Héctor?”, él contestó sin vacilación: “Voy a cultivar rosas y amigos”. Esa respuesta breve y contundente condensaba un proyecto de vida y revelaba al hombre en su auténtica dimensión, ética, estética y humana. Tenía 65 años y había dedicado más de cuarenta a la búsqueda persistente y angustiosa de una utopía inalcanzable: que no hubiera tanta infelicidad en la tierra, empezando por su patria. Había fundado en la Universidad de Antioquia la cátedra de medicina preventiva y desde allí enseñaba (¡mostraba!) a sus alumnos que la miseria, la pobreza y las condiciones higiénicas precarias algo tienen que ver con la desnutrición, la enfermedad, el sufrimiento y la muerte prematura. Y, claro, como aun el más corto de entendimiento colige sin mucha dificultad que los males que abruman en nuestro país a vastos sectores de la población podrían desarraigarse bajo alguna forma de organización política más justa y humana, en un medio donde se santifica la iniquidad como efecto de inescrutables designios providenciales, el sentido común de Héctor Abad Gómez resultaba subversivo de un orden tradicional digno de ser preservado a cualquier precio. Por eso un colega suyo, doliente del arribismo social que a tantos profesionales colombianos aqueja, había expresado sin recato que sólo dormiría tranquilo cuando encontraran el cuerpo de Héctor colgando de un árbol en el campus universitario. Debió de sentir una pizca de frustración el afamado cirujano de que su deseo sólo fuera satisfecho de manera imperfecta.
Abad Gómez actuaba y predicaba en distintos escenarios y por diversos medios en una misma dirección y apuntando a un mismo objetivo: la remoción de los obstáculos que artificiosa y astutamente se interponen para que las personas (en su inmensa mayoría) no puedan disfrutar de bienes tan deseables y valiosos como la salud, la vivienda y la alimentación dignas, la igualdad de oportunidades y, finalmente, de las libertades públicas y de la autonomía personal.

 Esa congruencia de palabra y acción, derivada del conocimiento científico, de una conciencia sin prejuicios y de un sentido común impecable, inducía a dirigentes políticos ilustrados pero de impenitente actitud retardataria a juzgarlo como individuo de alta peligrosidad para el establecimiento, por su “sólida formación marxista”, cuando Héctor no había necesitado de Marx para llegar a conclusiones elementales a tono con su claridad mental y su sensibilidad de hombre bueno.

Estas reflexiones simples, pero rigurosamente validadas por la comprobación honesta de los hechos, responden, paradójicamente, a la pregunta ineludible: y entonces, ¿por qué lo asesinaron? Justamente, por eso mismo: porque una sociedad arrevesada no soporta a quienes, con criterios más sensatos que los oficiales, serían modelo de buenos ciudadanos.

 Recuerdo, que cuando me alejaba del escenario de los hechos, con el alma partida, una señora burguesa y filistea inquirió qué había ocurrido y al informarle alguno de los presentes que habían asesinado a un médico y profesor, ella repuso: “Algo debería, porque a la gente no la matan por nada”. ¡Sancta simplicitas!*
 Héctor Abad Faciolince puso distancia entre la experiencia más dolorosa de su vida (porque al drama de la pérdida del padre, el ser más amado por el escritor, se sumaba el sentimiento de profunda indignación por la injusticia), para contarnos, en un libro triste y de conmovedora belleza, cómo era Abad Gómez íntimo, como ser tierno, inmensamente amoroso, benévolo, comprensivo, inconsciente en su generosidad, con una trágica y hermosa contradicción entre su pensamiento igualitario y democrático y sus instintos selectivos.

La brecha temporal era necesaria porque entre el sentimiento desgarrado y la emoción poética media una considerable distancia que el escritor no puede pretermitir sin faltar a su compromiso estético. El primero hace parte de la historia personal de cada quien, incluido el escritor, y la segunda es su justificación frente al lector. Héctor lo dice con exactitud: “Su recuerdo me conmovía demasiado para poder escribirlo. Las veces que lo intenté, las palabras me salían húmedas, untadas de lamentable materia lacrimosa, y siempre he preferido una escritura más seca, más controlada, más distante”.
La figura pública de Héctor Abad Gómez descrita por su hijo coincide rigurosamente con la que cualquiera de sus contemporáneos pudo percibir más allá de las valoraciones personales sobre el sentido de sus luchas, sus metas y sus propósitos. Es historia en el auténtico significado del vocablo, sujeta por tanto a la comprobación y al escrutinio de cualquiera. Esa circunstancia valida y hace fiable la descripción hecha por el autor, del mismo hombre, desde una perspectiva privilegiada, privada, a la que sólo tuvo acceso un reducido grupo de personas, esencialmente quienes constituían su núcleo familiar. Lo que más gratificante resulta para quienes en muchos momentos lo acompañamos en sus luchas y valoramos y compartimos sus esfuerzos y sus anhelos utópicos es la concordancia admirable que resulta de sobreponer a la imagen del ciudadano, la del miembro de familia. Las fortalezas y las debilidades de uno y otro se corresponden de tal manera, que parece justo imputar al biografiado una esquiva y singular virtud: la integridad.

Abad Faciolince hace confesión explícita e inequívoca de que es el padre el objeto de su amor incondicional (generado a la vez por excelencias y flaquezas), pero las referencias a la madre la enaltecen de tal modo que conjetura uno –como lector– la presencia de una admiración, por contraste, y un amor más contenidos pero no menos hondos. Héctor (el hijo) es a la vez un artista apasionado y un intelectual crítico. Esa condición bipolar rige la relación con ambos padres. Cito dos apartes ilustrativos de esta afirmación: “Pese a todas sus luchas intelectuales, y a la búsqueda deliberada de un liberalismo ilustrado y tolerante, mi papá se sabía víctima y representante involuntario de los prejuicios de la triste y añosa y angustiosa educación que había recibido en los pueblos remotos donde creció”. “Mi mamá sentía un cariño sincero por los negros y los indios, y una familiaridad en el contacto directo con ellos que carecía de toda molestia o repulsión. Por todo esto, era como si lo que cada uno decía no correspondiera a sus actuaciones en la vida real y el agnóstico actuara como místico y la mística como materialista… y a veces todo lo contrario”.

También el autor de este singular libro de memorias se debate entre el sentimiento apasionado y la crítica racional. Tuvo la suerte de nacer y crecer en un círculo familiar signado por la belleza en toda la acepción del vocablo (personas física y espiritualmente hermosas), tocado a veces por el drama y la desgracia: la muerte cruel y prematura de su hermana Marta Cecilia, una adolescente deslumbrante, de inteligencia y sensibilidad excepcionales, con talento sobresaliente para la música y el canto, cuya vida fue truncada por una injusta enfermedad, y el asesinato de Héctor, un ciudadano ejemplar y una persona de benevolencia y generosidad desbordantes, en una sociedad farisea que no tolera esas virtudes.

Casi nada hay de ficticio en este libro magistral, aunque la belleza de la prosa y la emoción estética con que ha sido escrito induzcan a conjeturar otra cosa.
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