Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2006/07/17 00:00

La rebelión de los objetos

El joven escritor y periodista Mauricio Bernal (Bogotá, 1972) lanzará el 2 de agosto su primera novela, La dificultad de las cosas (Villegas Editores): la crónica de una existencia prosaica transformada en la aventura límite de un prófugo del mundo de los objetos.

La rebelión de los objetos

La casa de Mauricio Bernal es la casa de Domingo Bernel, protagonista de su novela y neurótico álter ego, para quien las pequeñas cosas de cada día son presencias hostiles capaces de desatar su lado más bestial. Cuando la escribía, el autor imaginaba a su personaje duchándose en este baño, escribiendo en esta computadora, sacando la escopeta por este mismo balcón. En la cocina están los frascos de pesto que se derraman en las manos; sobre la mesa, el periódico imposible de doblar; en el suelo, las bolsas de basura que revientan y expanden su pestilencia antes de llegar al contenedor. Y por supuesto, omnipresente, está el infernal chillido del taladro perforando nuestra conversación, riéndose el muy cretino a carcajadas de nosotros desde el piso de arriba. Un taladro: el peor objeto con el que alguien como él podría cruzarse.

Han pasado casi tres años desde la tranquila mañana en que ese mismo ruido despertó a Bernal y no se detuvo hasta varios meses después. Él, periodista vespertino y escritor noctámbulo, fue víctima de una de las estampas más folclóricas de Barcelona: las obras. Cuántas veces se imaginó, presa de la desesperación, disparando una escopeta y silenciando a su agresor para siempre. Así nació Domingo Bernel. La anécdota del taladro fue el detonante de La dificultad de las cosas, la historia de un periodista –colombiano, cincuentón y residente hace treinta años en la Ciudad Condal– víctima de una fobia degenerativa a los objetos, que se ve inmerso en un espiral delirante a partir de la mañana en que un taladro lo despega de la almohada. Una épica individual de consecuencias catastróficas, que va de la cárcel cotidiana a la fuga y al aislamiento deliberado.

Hoy estamos en la misma calle Pompeu Fabra cubierta de árboles donde, según consigna el libro, vive Bernel, y parecemos revivir la pesadilla cuando el tac-tac-tac se cuela en la grabación y Mauricio debe subir la voz para responderme, en competencia con esa batahola criminal.

—Es tremendo. Se supone que este barrio es tranquilo pero, ya ves, siempre hay alguien abriendo, golpeando, rompiendo algo. Realmente esos días tuve ganas de matar, como uno tiene ganas de matar tantas veces en la vida aunque sabemos que no lo haremos.
Por si las dudas, hago un prudencial ejercicio de deslinde entre persona y personaje. Bernal tiene 33 años y, aunque comparten algunas obsesiones, no está tan loco como Bernel. Al comienzo de la novela, Bernel escribe una carta al Servicio de Atención al Cliente de la empresa Macarroni, en la que ironiza sobre sus envases, siempre dispuestos a untarle los dedos de salsa verde. Luego de escribir esa carta, Bernel se revela ante nosotros como el enfermo de objetofobia que es. Se pregunta: “¿Era el único que consideraba hostil que una botella cualquiera de refresco opusiera una desproporcionada resistencia cuando uno intentaba abrirla? ¿Acaso era normal que un objeto rutinario y cotidiano se convirtiera en una fuente de dolor? (...) ¿Por qué estaban mal hechas esa clase de cosas?”

Ha vuelto el taladro con más fuerza. El gesto de Bernal se deforma al contacto con su rugido metálico. Y ya no sé quién habla: Si Bernal, periodista de la sección internacional, formado en el liceo francés, que vive con su novia, lee literatura anglosajona, sobre todo a Philip Roth, mezcla de niño bien bogotano y joven avejentado, escritor en cierne –su hasta ahora única incursión en la literatura fue un cuento que le publicó El Espectador, donde trabajó luego de estudiar periodismo durante cinco años– que abomina el mundillo de autores divos y prefiere quedarse entre los ruidos de su casa que ir en busca de cocteles literarios; O Bernel: columnista de un diario, trabaja en su casa, viudo, borracho solitario, sale con una prostituta mexicana, tiene a su padre en un manicomio y es una mezcla de Pereira, Meursault y el Jack Nicholson de Mejor imposible. Bernal-Bernel, Bernel-Bernal. ¿Quién es quién? ¿Acaso la lista de odios de Bernal es igual a la lista de Bernel? ¿Están en ella los cordones de los zapatos, los botones de las camisas, las botellas mal cerradas, las enclenques tazas de café, los bichos inmortales, el vodka vertido en la mesa de noche? Si son las mismas, entonces ¿con quién estoy hablando en realidad?

—Bernel degenera por culpa de las cosas, su imposibilidad de establecer una relación normal con ellas lo lleva a un punto de no retorno. A tanto no llego —declara a la defensiva—, a mí sólo me gusta tener los objetos bajo control.
En realidad, uno es la caricatura del otro. Lo que para el primero es cotidiano, para el segundo es pantagruélico. El reto del escritor ha sido exagerar a su personaje sin caer en la inverosimilitud, que por momentos bordea como un equilibrista. Pero Bernal, a diferencia del otro, no ha permitido aún que las cosas lo bestialicen. Aunque su civismo, como el de muchos, penda de un hilo. Ahora sé que no exagera, que sus propias fobias son las de Bernel, pero en estado bruto. Su álter ego las ha cultivado y perfeccionado con el tiempo hasta volverlas bombas de relojería.

—Tengo muy poca resistencia a la frustración que producen ciertos objetos. No sé si hay alguna cosa que odie Bernel que yo no odie. Todo está ahí, en el libro.
Ahora me pregunto si podríamos vivir sin objetos. ¿Seríamos como seres salvajes, cagados y aspirantes a bocado para perros? Para el protagonista del libro, las cosas como los taladros hay que devolverlas al lugar natural de los objetos: la sumisión. No importa cuál sea el precio. De lo contrario, si continúan en esta rebelión infame, queda una duda: ¿se pueden mejorar las cosas? ¿hay alguna salida pacífica?

—Las cosas no son mejorables —responde como algo irrevocable—, son lo que son y para Bernel son terribles, agresivas, no se puede vivir con ellas. Él es un outsider, no encaja, vive como un extranjero del mundo cosificado. La única manera de mejorar las cosas es prescindir de ellas. O te vas a vivir a una cueva o no hay alternativa si eres Bernel.

El día que terminó la novela, un amigo que había leído una versión anterior de la misma lo llamó. Le dijo: “Mira la página 29 de La Vanguardia”. Corrió a verla. En la sección de “Cartas al Lector”, un tal Joan M. Prat firmaba, desde el pueblo Les Franqueses del Vallés, una carta en la que se quejaba irónicamente de las tetrabrick.
—Supe que Domingo Bernel existía.

Fue un alivio saberlo. Él nunca mandaría una carta a un periódico quejándose del bote de pesto Buitoni, pero otros “Berneles” sí lo harían. Ahí estaba ese objeto, ahora bajo control, esa página amarilla de periódico, enmarcada y colgada al lado de su computadora, para probarlo. .

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