Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2007/07/25 00:00

Las verdades salvajes

Trotskista en sus inicios, profundamente escéptico y crítico, Richard Rorty puso en cuestión al establecimiento intelectual de Estados Unidos, con libros fundamentales como Contingencia, ironía, y solidaridad y Objetividad, relativismo y verdad.

Las verdades salvajes

El pasado 8 de junio murió en su casa de Palo Alto, California, a la edad de 75 años, afectado por un cáncer de páncreas, Richard Rorty, el profesor de Princeton y de Stanford, quien fue el intelectual público estadounidense más destacado y a la vez repudiado de nuestro tiempo. En verdad, el único intelectual público estadounidense de nuestro tiempo. Deja detrás de sí una obra enorme, llena de tentáculos que tocan de cerca áreas del saber tan disímiles como la crítica literaria, a la cual se sintió especialmente afín en sus últimos escritos, la política, la etnografía y la ética; en los últimos años, perfiló sus críticas contra la guerra en Irak. Por su generalidad, sin embargo, es bajo la sección filosofía, que sus obras se clasifican en cualquier biblioteca. Quienes profesan interés por los estudios culturales y postmodernos ya comenzaban a pronunciar ese nombre suyo con las dos erres eufónicas que ayudaron a acercar su imagen casi a la de un icono cultural, tan sonoro en algunos ámbitos como Rolls Royce o Robert Redford.
Si acaso es cierto que ser polémico es una virtud, no cabe duda de que Rorty estaba imbuido en ella. Si ser atacado por todos los frentes es signo de que uno está haciendo algo bien y está diciendo la verdad, también le endilgamos la bondad y la verdad. Llegó a ser casi un deporte tanto para la izquierda como para la derecha en Estados Unidos atacar a Rorty.
Pero el asunto es este: el núcleo del pensamiento de Rorty fue no sentirse cómodo con ninguno de estos apelativos. Ni intelectual (un calificativo que ha sido casi un insulto en el mundo anglosajón), no hablemos de virtud ni de bondad y, sobre todo, de la noción de verdad. Estos son, en opinión de Rorty, conceptos espinosos y torpes para regir la vida, ya que parecen dividir la existencia humana de una manera ingenua y maniquea: virtud-vicio, bueno-malo, verdad-mentira. La obra de Rorty nos enseña a vivir sin esos cuentos de hadas. La historia intelectual de este instigador contemporáneo se caracterizó por intentar, durante toda su vida, deshacerse de esa forma de ver las cosas, por dejar ir estos conceptos rancios. No hay nada más difícil que sacrificar una tendencia, afirmaba Wittgenstein, una de sus grandes influencias.
Un testimonio conmovedor de esa historia de desarrollo personal se encuentra en un artículo autobiográfico que Rorty escribió en 1992, Trotsky y las orquídeas salvajes, en el cual cuenta cómo vivió su infancia en un hogar en el cual un viejo libro rojo que contaba la defensa de Trotsky contra el estalinismo era visto como la Biblia y cómo, al mismo tiempo, desarrolló un amor por las orquídeas salvajes que lo acompañaría hasta el final de sus días. Del trotskismo, afirma Rorty, aprendió sus primeras ideas sobre la justicia (a los 12 años de edad, nos cuenta, comprendió que el sentido de la vida era luchar por la justicia social); de las orquídeas, un gusto por el mundo real. El intento de hacer compatibles la justicia y el mundo real marcaron su obra temprana.
Hacer compatibles la justicia y el mundo real: no suena como una tarea imposible. Sin embargo, grandes figuras de la filosofía consumieron su vida en ello. Platón no lo logró. El pensamiento medieval, al intentar solucionarlo, introdujo un problema mayor. Rorty pronto se dio cuenta del sinsentido de la búsqueda de esa identificación y más bien se enfocó en lo contrario: la justicia y el mundo no están hechas para ir juntas. Uno de sus primeros libros realmente importantes de Rorty, Contingencia, ironía y solidaridad, publicado en español por Paidós en 1991, está escrito para explicar esta idea. La tesis filosófica no es difícil, y es apasionante. No hay forma de unir a Trotsky con las orquídeas salvajes, la justicia con el mundo, simplemente porque no hay, para decirlo en un lenguaje casi escolar, verdades grandotas. Lo que llamamos verdad no es más que aquello que surge en las prácticas reales de la vida de las comunidades humanas: “La verdad es aquello con lo que nuestros contemporáneos nos dejan salirnos”, dice literalmente Rorty. Si no hay un Dios que nos dicte leyes escritas en tablas, un libro como el Corán diciéndonos qué hacer, no nos quedará más remedio que solucionar nosotros mismos los problemas. No hay una verdad allá afuera esperándonos para ser descubierta: “No hay un área de la cultura, o un período de la historia, que capte la realidad de manera más correcta que otra”. Esta tesis la examina en otro de sus libros, Objetividad, relativismo y verdad, Paidós, 1996.
Pero si no hay verdades, ¿con qué nos quedamos para vivir?, ¿cómo distinguimos entre el bien y el mal?, ¿todo es relativo? Sí, a Rorty se le acusó siempre de relativista, en el mal sentido de la palabra. Encabezando la lista de quienes han lanzado esta acusación se encuentra Benedicto xvi. Aunque la respuesta del acusado es sutil, no cuesta mucho ver que del hecho de que uno no crea en verdades grandotas no se sigue que uno no se puede mostrar moralmente indignado ante las atrocidades, que todo le da lo mismo. Para poder seguir indignándose solo se necesita poder sufrir con el dolor de otros, algo que de seguro no implica creer en verdades con V mayúscula.
Es este, sin duda, un ejercicio difícil, ya que implica verse a sí mismo de una manera que resulta decepcionante para muchas personas: no como parte de algo más grande que uno mismo (una verdad religiosa, un partido, un credo), sino de una manera finita, limitada y tolerante. Solo humana. A su vez, acaso lo más difícil para lograr esta visión humana de tolerancia, como lo recuerda Rorty, sea el aceptar que aquello que más le importa a uno, bien puede ser algo que nunca les llegue a interesar a otros –como el gusto por las orquídeas salvajes, demos por caso.

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