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| 2/11/2012 12:00:00 AM

Leyendo a Dickens

Con libros, exposiciones y homenajes, el pasado martes 7 de febrero se celebró el bicentenario del nacimiento de uno de los escritores ingleses más universales. Para rendirle un homenaje, SEMANA conversó con el poeta y narrador Darío Jaramillo, su entusiasta lector en Colombia.

Hace 15 años Darío Jaramillo decidió abandonar las lecturas de actualidad -era reseñista de la revista Cambio- y saldar viejas deudas con los clásicos que aún le faltaban por leer. Empezó por los del siglo XIX y ahí se quedó. Porque además de esos grandes autores que son Dickens, Victor Hugo y Tolstoi, se encontró con otros 'monstruos' también dignos de tener en cuenta como Alejandro Dumas (padre), Thackeray, Wilkie Collins y "esas señoras inglesas, tan amigas de Dickens, la Garnett, las Bronte". Hasta ha pensado escribir un ensayo sobre la novela del siglo XIX porque en sus lecturas se encontró con tres grandes temas recurrentes: el juego, el adulterio y los desmayos. El destino, que depende de un juego de cartas, de una apuesta; el adulterio, más presente en las francesas que en las inglesas por aquello del puritanismo; y el desmayo, porque casi siempre hay una mujer que se desmaya. Aunque ha encontrado una excepción que le desbarata un poco su 'teoría': D'Artagnan suele desmayarse en Los tres mosqueteros. También ha descubierto que no es tan cierto que la novela del siglo XIX solo cuenta historias y casi no reflexiona. Eso no es cierto y mucho menos en el caso de Dickens, quien siempre está tratando de explicar por qué pasan las cosas. "Moraliza pero no predica".

A Dickens había comenzado a leerlo de joven en las ediciones de Porrúa que compraba en la librería de Alberto Aguirre, donde su padre le había abierto una cuenta. Lo primero que leyó fue David Copperfield, su preferido: "Esa novela le fascina a todo el mundo. Cuando alguien que no es muy lector me pide que le aconseje un libro, yo siempre le recomiendo David Copperfield y nunca me ha fallado la recomendación". Entre las primeras ediciones que leía de Dickens y las de ahora, le parece que hay una mejoría. Cada vez más es editado por gente que ama a Dickens -como los editores de Valdemar o Impedimenta- y con traducciones que tratan de evitar el molesto español de España. "Traté de leerlo en inglés y no pude. Entonces preferí el gusto por las historias antes que el gusto por el lenguaje -por cierto, lo acusan de ser muy incorrecto-. Como lo principal son las historias, uno logra sufrir y llorar en castellano con él. No hay el problema, por ejemplo, de las versiones de Ulises de

Joyce. Dickens no es un escritor sobre el cual uno pueda decir que la palabra, el sonido, sean básicos; él no utiliza el lenguaje como un instrumento refinado como sí lo hacen Henry James o Flaubert. No, él es como un periodista que instrumentaba el lenguaje en función de su historia y un traductor medianamente lúcido puede conseguir que viva en otra lengua".

A Darío Jaramillo le parece admirable la forma en que Dickens construye sus narraciones: "Es como un árbol, con un hilo conductor central y un montón de historias secundarias. Cada capítulo avanza en el tronco un poquito, lo engrosa, lo estira, sin olvidar a la vecina, a la sirvienta. La yuxtaposición de personajes es algo increíble. Su estructura narrativa está pensada para envolver al lector, para ponerle una trampa. El desafío de Dickens es que si usted empieza el libro, él se encargará de que lo acabe. Y cada capítulo termina siempre en punta". Esto último tiene una explicación. Dickens publicaba sus novelas en periódicos. Tenía que dejar una gran expectativa que durara hasta la siguiente entrega mensual. Cuando el nuevo número estaba por salir, la gente caminaba un largo trecho para ir a encontrar al voceador o hasta la propia oficina de correos. Algunos no tenían la paciencia de esperar y de regreso a casa empezaban a leerlo en voz alta mientras caminaban. Y luego compartían el tesoro con la esposa y los hijos. Así era en cada aldea, en cada pueblo de las islas británicas. Y en los más remotos lugares del mundo. Dickens era el escritor más amado de su tiempo. Hans Christian Andersen fue desde Dinamarca hasta Londres para conocerlo, como quien hace un viaje de peregrinación.

Los personajes de Dickens tienden a ser buenos o malos. Y él siente una especie de cariño por los malos, lo cual hace que funcionen muy bien. Buenos o malos, poseen una característica especial, un detalle que los hace memorables para los lectores. Pero esto también ocurre con los personajes secundarios: "Dickens se encuentra en la página 390 con un obrero que en la página 391 va a desaparecer y le dedica un parrafito a particularizar cómo sonreía, cómo caminaba, cómo hablaba, detalles que le indican a uno la clase de creador que era. Hasta a los personajes más incidentales se les percibe el calor humano".

Sus novelas siempre tratan sobre alguien que empieza muy mal y termina muy bien. O casi siempre: en Almacén de antigüedades, la pequeña Nell no acaba de la mejor manera. Dickens repite en sus ficciones la parábola de su vida: un niño que a los 12 años fue obligado a trabajar en una fábrica de betunes, en las malas condiciones y la explotación inhumana del capitalismo manchesteriano, que luego llega a tener una situación próspera. La justicia social bulle en cada una de sus páginas, como lo recordó el príncipe Carlos el pasado martes 7 de febrero en la abadía de Westminster, donde reposan sus restos. Para Darío Jaramillo, uno de los grandes méritos de Dickens es el de haber encontrado grandes valores morales en la gente pobre, que en los orfanatos, en las fábricas, siempre encuentra redes de solidaridad y maneras de ayudarse. El otro mérito es el descubrimiento de los niños: "Quizá hasta antes de él no había habido un escritor que pusiera a los niños en primer plano". Sin embargo, nunca hay que olvidar que en sus obras nada es presentado trágicamente: "Es un escritor lleno de humor, como buen inglés, con una prosa luminosa y no como aparece en ciertas películas de atmósfera triste".

En suma, un escritor de sentimientos profundos y, por qué no decirlo, de sentimentalismos. "A Dickens no le daba pena el sentimentalismo y a mí me encanta eso". n
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