Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2007/05/23 00:00

Libélula blues

Es uno de los pocos espacios que tiene Bogotá para promover bandas de blues y jazz por fuera de los grandes escenarios. Su director, César Álvarez, es un aficionado al rock desde los años setenta. Desde hace una década Bogotá tiene un lugar para el blues y el jazz.

Libélula blues

Para las personas nacidas después de mayo del 68 no deja de ser motivo de asombro el hecho de que aquellos jóvenes libertarios que conmocionaron a Occidente con sus marchas multitudinarias, sus graffitis desafiantes y sus sueños contraculturales se hubieran transformado en su mayoría en los agentes de un orden social basado en el cinismo, la ambición y el desencanto. Esa generación, ya adulta, que cuestiona el desprecio de los jóvenes actuales por la política y su pragmático individualismo, parece no reconocerse en el espejo de nuestro tiempo y, en general, evade su responsabilidad por haber construido un fin de siglo distinto del que soñó.

A pesar de ello hubo soñadores de los sesenta que optaron por perseverar en gustos y maneras de relacionarse con el mundo que desafían el conformismo y el oportunismo. César Álvarez, director del Festival de Blues y Jazz de La Libélula Dorada, bien puede ser uno de ellos.

Pasó su juventud en Fontibón, que entonces era un pueblo de las afueras de Bogotá. Allí montó un almacén hippie llamado Atlántida en el que vendía discos de rock, muy cerca de un colegio de monjas y de la iglesia. Desde el púlpito fue acusado junto con sus amigos mechudos de ser una amenaza social, pero los feligreses, llenos de curiosidad, se convirtieron en sus clientes y defensores. “Teníamos un afiche escandaloso de Brigitte Bardot vestida de monja con un seno afuera”, comenta Álvarez. “Las niñas del colegio entraban a mirar el afiche, se reían y salían corriendo”. Esto fue a comienzos de los setenta. Entusiasmado por la música, Álvarez organizó los primeros conciertos de rock que se dieron en la zona con grupos como Limón y Medio, Génesis y La Banda del Marciano. Algunos vecinos expresaron su preocupación ante la irrupción de esos jóvenes desaliñados, provenientes de toda Bogotá, pero el joven organizador de conciertos recibió el sorpresivo apoyo del alcalde de Fontibón.

A mediados de los setenta, Álvarez mismo organizó una banda de blues y rock, pero al poco tiempo su gusto por la música, en particular por grupos de rock de la época como los Rolling Stones y Santana, así como por el blues, pasó a un segundo plano temporalmente. Le encantaba el teatro, especialmente el de marionetas, entonces en 1976 fundó con un puñado de amigos una compañía de títeres con el sonoro nombre de La Libélula Dorada. Mientras tantos de sus contemporáneos se fueron cortando el pelo, dejando adormecer sus ilusiones y conformándose con algún lugar cómodo en el mundo de lo convencional, Álvarez y sus amigos porfiaron en su teatro. Tuvieron que afrontar graves dificultades y conformarse con unas condiciones de subsistencia precarias. En 1993 compraron una casa en Chapinero y dos años después la inauguraron como sede del teatro. Álvarez quería que fuera un centro cultural alternativo y, animado por una fugaz moda de blues que recorría Bogotá, decidió empezar en 1997 un festival que abriera espacio a las bandas jóvenes: “Había grupos como Vértigo, Casa Roja, Blue Derek, pero en esto de la música hay tantos cambios. El interés por el blues decayó un poco y decidimos ampliarnos hacia el jazz. La idea primordial del festival es darles la oportunidad a grupos jóvenes que alternen con artistas ya consagrados. Acceder a los otros festivales del país es muy difícil para los jóvenes. Por ejemplo, la convocatoria de Jazz al Parque es bastante estricta. Nuestro festival ha ido creciendo año tras año en la cantidad de participantes y en calidad”.

La décima edición del Festival de Blues y Jazz de La Libélula Dorada presenta a 38 bandas, seleccionadas de entre más de cincuenta inscritas. Los conciertos tienen lugar todas las noches de martes a sábado y se realizarán hasta el 2 de junio, fecha del concierto final a cargo de un colectivo de nueve armonicistas llamado el Expreso del Viento. La asistencia de público, en su mayoría universitarios, ha sido abundante a lo largo de los diez años de realización del festival y, según Álvarez, la gente misma se ha encargado de hacer que perdure: “Es un festival autogestionado. Se hace con nuestro esfuerzo y el de las bandas. Hacemos parte del programa de salas concertadas, recibimos algunos apoyos anuales del Ministerio de Cultura y de la Alcaldía, lo cual cubre un veinte por ciento. Hay empresas que nos ayudan con la divulgación. Pero trabajamos con los grupos por una taquilla compartida. Es un esfuerzo conjunto que le imprime un carácter muy bonito al festival”.

César Álvarez, con su pelo todavía largo pero ahora gris, se siente orgulloso. A pesar de las dificultades que enfrentan las propuestas artísticas en Colombia, su teatro de títeres y su festival de blues y jazz perduran.

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