Domingo, 11 de diciembre de 2016

| 2006/10/19 00:00

Mala ciudad

Bogotá en Sin remedio es un lugar infernal, de malos olores y personajes nefastos: “Una ciudad renegrida, reblandecida, informe, pululante de gente”.

Mala ciudad

Cuando Antonio Caballero publicó Sin remedio, en 1984, en Bogotá nadie hablaba de cultura ciudadana o de desarrollo sostenible. Tampoco existían Transmilenio, el pico y placa, la ley zanahoria o el día sin carro. Parecería que desde entonces el panorama ha cambiado mucho: los expertos incluso dirán que Bogotá es un ejemplo de desarrollo en el mundo y que nada tiene que ver con el lugar salvaje que Caballero describe. Pues no es así. La novela narra la historia de un poeta fracasado, Ignacio Escobar, que frente a su falta de talento y la imposibilidad de escribir, se dedica a deambular por las calles de la ciudad. Durante su trayecto se obsesiona con la idea de que nada va a cambiar nunca y decide componer un poema sobre eso. El poema –de una calidad bastante discutible– se llama “Cuaderno de hacer cuentas” y su primer verso reza: “Las cosas son iguales a las cosas”. Pues bien, todo parece indicar que el poeta fracasado tenía razón finalmente, porque, veinte años después de la publicación de Sin remedio, en Bogotá, las cosas, todavía, son iguales a las cosas.

“Bogotá es una ciudad horrible”, dice Escobar, en un momento de desesperación: está solo, bajo un terrible aguacero, los buses y los taxis hacen caso omiso de él y unos gamines están a punto de atracarlo. Y, aunque un poco agresiva, su definición es precisa. Es cierto: contradice lo que creen algunas señoras elegantísimas: “Es que éste sí es un vividero delicioso” y lo que sostiene un ex alcalde iluminado: “Es un espacio lúdico, con parques, bibliotecas y ciclorrutas, donde los bogotanos pueden explorar su bogotaneidad”, pero es mucho más cierta. Basta con trazar el mapa de Bogotá que se hace en Sin remedio y visitar las zonas que describe para darle la razón.
*
El primer lugar que aparece en la novela es Chapinero. Escobar vive sobre la carrera séptima, posiblemente entre las calles cuarenta y sesenta, en un apartamento pequeño. A sus treinta años, por supuesto, no tiene trabajo y su madre aún le paga el arriendo, la luz y lo alimenta ocasionalmente. Él no vive ahí por opción, sino por descarte: se trata de un lugar neutro donde pasa desapercibido. Hoy día, tal vez encontraría más diversión y una que otra fiesta interesante, pero, en los setenta, Chapinero era una zona gris sin identidad. En una tarde de aburrición, Escobar decide escribir uno de los muchos poemas –bastante desastrosos– que le dedica a su ciudad:

Capital de Colombia, Bogotá:
mala ciudá, mala ciudá
en donde nunca pasará
no para acá ni para allá
ni aunque pasara se sabrá
ah
ni pasará
ni pasará jamá, jamá
ah
ah
mala ciudá de Bogotá

Cuando se cansa de estar solo y se da cuenta de que jamás podrá escribir un poema decente, decide ir a casa de su madre. Según él, doña Leonor viuda de Escobar vive en el norte, en una casa con un jardín inmenso. A finales de los setenta el norte de Bogotá llegaba como máximo a la calle 140, así que lo más seguro es que la casa de la familia Escobar estuviera en el barrio Santa Bárbara, a la altura de la calle 116, arriba de la carrera séptima. Todavía hoy las familias más ricas de Colombia tienen su casa ahí y es un barrio que, como sus habitantes, parece ser inmune al paso del tiempo. Aún no ha sido tocado por la urbanización masiva ni por la sobrepoblación. Ahí, en esa lujosa residencia, se reúnen todos los sábados los Escobar a tomar onces. Son un simpático grupo de señores divinamente y de señoras muy bien vestidas que se juntan a comer pastelillos y a recordar lo sensacional que es Miami. Escobar se siente asqueado por sus primos, todos ejecutivos exitosos, vestidos con chaleco y saco de tweed; por sus tías seniles; por unos niños que no salen a la calle por temor a ser secuestrados; por una manada de perros enanos e histéricos y por una infinidad de primas embarazadas a punto de estallar: “Había oído por lo menos cien veces la misma historia del susto de mamá Catalina, del fusilamiento de papá Carlos, que a fin de cuentas no había sido fusilado, al contrario. Estaban llenos de viejos cuentos familiares, de risas fatigadas, de antiguos comentarios. De cuando en cuando alguien se moría. Eso no podía ser la vida, durante toda la vida”.

Después de llenar el estómago, sale despavorido de ahí. Pero no le va mucho mejor: se encuentra con otros parientes, igual de elitistas, frívolos y clasistas. Después de aspirar unas cuántas líneas de cocaína con ellos, los acompaña a una exclusiva discoteca que está situada en lo que hoy se conoce como la Zona Rosa (en la calle 82, entre las carreras once y quince). Allí, por alguna razón, la gente habla en inglés y se burla de los niños que piden dinero a la salida de los bares. Después de un rato, sus parientes se aburren y lo invitan a una fiesta en una imponente torre de apartamentos en el barrio Rosales (entre las calles setenta y 85, arriba de la carrera quinta). De nuevo, la vida allí parece suspendida. Tal vez por su misma ubicación, los apartamentos de Rosales están tan arriba que parecen mirar al resto de la ciudad con cierto desdén y desconfianza. Por supuesto todo podría suceder en la Bogotá de hoy.

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Sobre Sin remedio hay muchos rumores. Uno de los que más se repite es que cuando Gabriel García Márquez la leyó, dijo que era como la Divina comedia, salvo por el hecho de que Dante había tenido el infierno, mientras que Caballero tenía a Bogotá. Una comparación muy acertada, porque Bogotá en Sin remedio es un lugar infernal, de malos olores y personajes nefastos: “Una ciudad renegrida, reblandecida, informe, pululante de gente, como una gruesa morcilla purpúrea cubierta de insectos, bruñida de grasa, goteante, rellena de dios sabe qué porquerías, sí: de sangre putrefacta. Ciudad hedionda a manteca recocinada de fritangas de esquina, manando humores turbios, rezumando coágulos de podredumbre sobre el espejo verde y tierno de la Sabana”.

Tal vez cuando más clara está la idea de infierno es cuando Escobar recorre la ciudad en la noche. Durante sus largas caminatas visita lugares que, todavía hoy, son el centro de la rumba. Primero se dirige al sector de la carrera trece con calle cuarenta. Allí se encuentra con un lugar sin ley, a merced de la violencia, la prostitución y la venta de drogas. En uno de los bares de la zona, llamado El Oasis, conoce a un grupo de poetas urbanos: Edén Morán Marín, Rubén, Ramón y Narciso. Después de emborracharse y de recitar versos de Rubén Darío, Edén trata de violar a Escobar en el baño. Éste escapa y se esconde en uno de los bares de striptease de la Caracas (que ahí siguen). Allí comparte mesa con el coronel Buendía y con el senador Pumarejo, que son clientes asiduos del lugar y que más parecen criminales que cualquier otra cosa. También conoce a Cecilia, una prostituta adolescente, con quien recorre la ciudad hasta llegar a la calle 170, una zona de conocidos moteles. En uno de ellos –decorado como un palacio barroco–, descubre a monseñor Botero Jaramillo, un gran amigo de su madre. Después de cumplir sus labores religiosas, monseñor asiste al particular motel y le da rienda suelta a su homosexualismo (vaya, vaya). Todos estos personajes son, por supuesto, caricaturas, como las que ha hecho Caballero durante toda su carrera, pero cada vez más actuales.

El recorrido de Escobar continúa en el barrio La Perseverancia, en el centro de la ciudad, donde viven sus amigos Federico y Ana María. Ambos son intelectuales de izquierda y artistas “comprometidos”. La Perseverancia siempre ha sido el fortín de los artistas burgueses, de jóvenes con ideas de izquierda que no quieren refugiarse en el norte. Escobar también los detesta. Sabe que son capaces de recitar de memoria fragmentos del Libro rojo de Mao Tsé Tung, pero que son parte de lo que critican: burgueses jugando a ser del pueblo.

El único lugar que Escobar no visita en toda la novela es el sur, pero lo menciona constantemente cuando quiere hacer referencia a la miseria y el desastre de Bogotá. En un momento de inspiración decide escribir un poema sobre el sur, un canto épico que se titula “La Bogoteída”. El poema, desde luego, es un fracaso rotundo, como lo dejan ver sus primeros versos:

Ciudad hecha de sangre
derramada
Que al septentrión devora
la pradera;
Ciudad de sangre, en sangre
amortajada
Ciudad que arroja sangre
y sangre encierra;
En sórdida, secreta, sorda
guerra:
Al Sur o Meridión, la plebe
hambreada
De todos los malditos
de la tierra…

En Sin remedio están los mismos personajes y los mismos lugares de siempre. Cuando Caballero la escribió, sabía que nada cambiaría a pesar del paso de los años y que todo seguiría igual de podrido (“Las cosas son iguales a las cosas”). La Bogotá de entonces es la misma de ahora. Para la prueba esta descripción: “Una tristeza sórdida de buses y busetas, de semáforos muertos, de edificios a medio construir en medio de charcos amarillos, de parques de los que se han robado los columpios, de vacas pensativas, que pastan al pie de las estatuas de los próceres, de basurales, de desempleados, de niños vestidos con uniforme militar”.

En su libro, Antonio Caballero bien podría estar hablando de cualquier lugar de hoy. Y es tal vez por esa razón que no ha escrito una nueva novela: porque sabe que, inevitablemente, volvería a decir lo mismo.

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