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| 12/13/2010 12:00:00 AM

Mona Lisa guarda en sus ojos la clave de su identidad, según nueva teoría

La autora de estas líneas nos cuenta lo que sintió al ver al papa Francisco en Cartagena y tenerlo ahí, justo en el puerto donde ella trabaja. Un hombre sencillo, vulnerable y sabio.

Cuando lo vi ya traía consigo la alegría de los jóvenes que lo acompañaron en la Plaza de Bolívar, en Bogotá; traía la fuerza del perdón de las víctimas del conflicto colombiano, la amistad y la armonía con la naturaleza de 102 étnias indígenas colombianas, la fe de los enfermos, la salvación de un alma a pocas horas de su eutanasia y la ferviente esperanza de los desposeídos del barrio San Francisco, en Cartagena.

En sus ojos guardaba el reflejo de todos los colombianos que lo siguieron durante su visita, que aún están presentes en sus oraciones. Pero en esa mirada también reflejaba la preocupación de quien ha sido testigo de todos los dramas humanos. En uno de sus primeros viajes como jerarca de la Iglesia Católica, el papa estuvo con los inmigrantes de Lampedusa, mediando por un trato digno y humano con quienes huyen “de las guerras, de las persecuciones, de los desastres naturales y de la pobreza”. Estuvo en Armenia dándoles fortaleza a los únicos católicos en territorio musulmán que fueron sobrevivientes del “genocidio olvidado” de 1917. Viajó a Cisjordania y les pidió con humildad a palestinos y judíos que se reconciliaran. Francisco ha visto la miseria, pero también el esplendor humano.

Cuando miras sus ojos puedes llegar a ver el peso de los conflictos, la fe en el entendimiento, una sabiduría embebida en interminables horas de estudio, de reflexión, de andar y detenerse en las experiencias de otros. Duras realidades han transformado su mirada. Su paso por territorios en conflicto y su diálogo entre racionalidades adversas, le permiten trascender los límites de su condición religiosa. Cuando lo vi en Cartagena acusaba un golpe en el pómulo y la ceja izquierdos. Lucía tan vulnerable como dice que es. Estaba ahí, frente al papa Francisco, un hombre que reconoce su fragilidad física y espiritual, por lo que no se cansa de repetir que oremos por él, seguramente para tener fuerza y tiempo de llevar a cabo una transformación impensada en el seno de una Iglesia con tantos pecados encima. Vi a un hombre que se esfuerza, que cree en la gente y en el cambio, un hombre al que le molestan los protocolos, uno que lucha contra la terquedad del ego y se fascina con la sencillez.

Pude verlo de cerca dos veces porque hago parte de una organización donde constantemente ocurren grandes cosas. Una de ellas fue servir de sede para acoger al papa en Cartagena. Hoy puedo decir que trabajo, literalmente, en un lugar que está bendecido, en donde he cumplido más de un sueño, y he visto como muchos otros cumplen

los suyos.

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