Jueves, 8 de diciembre de 2016

| 2007/02/19 00:00

“No hay político capaz de ahogar las expresiones artísticas”

En algún lugar aún secreto del barrio bogotano Quinta Camacho, el ex presidente César Gaviria abrirá el 1 de marzo su nueva galería de arte, Nueveochenta. En entrevista con Arcadia, el ex presidente –uno de los coleccionistas más respetados de América Latina– habla de su pasión por el arte.

“No hay político capaz de ahogar las expresiones artísticas”

César Gaviria abrirá este primero de marzo la galería de arte Nueveochenta. Se trata de una edificación de los años sesenta en el barrio Quinta Camacho. Nadie sabe el lugar exacto. Es una casa cercana a la calle 70 y marcada con esos números, que tiene tres espacios de exposición, una sala de video, un jardín para proyectos al aire libre y un centro de documentación público sobre arte contemporáneo latinoamericano. La galería la dirigirá Carlos Hurtado, un coleccionista joven, con quien Gaviria viene trabajando desde hace cinco años esta idea. Hurtado, conocedor del arte contemporáneo en Colombia, y Gaviria, el principal coleccionista de este arte, conforman el equipo de la que promete ser la noticia del año en el ámbito del arte nacional. Al contrario de lo que podría pensarse, la galería no será un espacio de exhibición en donde Gaviria mostrará las obras que ha coleccionado a lo largo de los años, sino una apuesta por el arte joven colombiano del que Gaviria es admirador y comprador. Por ello, tanto Gaviria como Hurtado decidieron escoger ocho artistas. La idea es trabajar con ellos, representar su obra y acompañar los procesos creativos, pues ambos consideran que la relación entre galeristas y artistas ha sido históricamente muy fría en Colombia. Los elegidos fueron Barbarita Cardozo, Jaime Tarazona, Miler Lagos, Natalia Castañeda, Nicolás Consuegra, María Isabel Rueda, Luis Hernández Mellizo y Saúl Sánchez. A la inauguración vendrá una cantidad considerable de artistas y curadores internacionales. Arcadia habló en exclusiva con el ex presidente César Gaviria.
¿Cómo comenzó su afición al arte? ¿Recuerda algún cuadro colgado en la casa de sus padres?
En realidad yo no tuve por el arte ninguna sensibilidad especial durante mi adolescencia. Vivía en un medio que negaba esas realidades. Era una cultura de trabajo, austera. Tal vez recuerdo a un compañero que trabajaba con plastilina muy bien, pero eso no era considerado arte. En mi casa no había sino unas pocas viejas fotografías de familia.
¿Cómo entró al mercado del arte?
En mis tempranos veintes, al final de mi carrera en la Universidad de los Andes, afloró en mí esa sensibilidad. De allí en adelante no sólo tuve un gran interés por el arte sino por la música. Compré algunas piezas de artistas de Pereira. En mis treintas, aprendí mucho en mis viajes a Europa y Estados Unidos. Pero la intensa vida pública que tuve por esos años, apenas me dejó la posibilidad de ver el arte como un hobby ocasional. En aquella época comprábamos grabados y con Ana Milena llegamos a tener un grupo de serigrafías. Asistí en Los Andes a algunas conferencias de Marta Traba y si bien no era capaz de asimilar los conceptos, sí me transmitieron que el arte era mucho más de lo que yo entonces veía. Sus cuestionamientos absolutos me abrieron la mente. Sólo con el paso del tiempo logré entender todo lo que sus tesis implicaban. Pero no le he contestado su pregunta. Sólo cuando me fui a Washington, después de la Presidencia, empecé a incursionar en el arte con mucha mas intensidad. Ya tenía energías y tiempo para dedicarle al arte, para evitar que la vida pública me absorbiera por completo. También me fui metiendo al mundo de las galerías y de los remates y sus costos. Eso empezó a crear en mí un interés no solo por el arte sino por el mercado del arte

¿Qué artistas le interesaron?
Me fui interesando por el renacimiento y el mundo clásico, después por el medioevo. Más tarde por el impresionismo y luego por lo moderno.
¿Cuál fue la primera obra que compró?
Tengo dos piezas de aquellos años, una de Antonio Caro y otra de una artista chilena que vivía refugiada en Arequipa, después del golpe de Pinochet. Se llama Verónica Matamala. Tenía también piezas de artistas locales como Martín Abad, Hernando Hoyos y Cesar Mejía.

Su colección es impresionante. ¿La mostrará en su galería?
El tema de la galería es totalmente diferente al de la colección. Seguiré coleccionando arte sin referencia a lo que venda la galería. No creo que esa expresión, ‘impresionante’, sea la apropiada. Tengo una muestra del arte americano hecha a base de intuición y de buscar nuevos valores. Los diez años que estuve en la OEA me dieron una oportunidad excepcional de conocer artistas, galerías, museos y curadores. También fui a varias ferias y bienales. De cierta manera hice bastante ruido y creo que tengo una buena muestra de arte latinoamericano. Lo que sucede es que hay pocas colecciones con esa orientación.
Usted compra mucho arte contemporáneo joven en Colombia: Johanna Calle, María Isabel Rueda o Barbarita Cardozo. ¿Hace lo mismo con el arte de otros países o compra obras de artistas más consagrados?

Eso es justamente lo que hice en Latinoamérica, desde luego no con tanta intensidad como lo hago en Colombia. Y de veras tuve algunos aciertos muy tempranos. En algunos países me involucré mucho más, como México y Argentina.

¿Qué va a diferenciar a Nueveochenta de las demás galerías?
Realmente la principal diferencia de Nueveochenta con otros espacios se encuentra en la manera en que entendemos nuestro rol. Para nosotros es muy importante trascender lo netamente comercial y por ello decidimos desarrollar un programa educativo que busca aproximar al público local con la contemporaneidad plástica. Por ello hemos decidido contar con un centro de documentación abierto al público, así como realizar múltiples talleres y encuentros con los artistas para hacer más vivencial la experiencia del arte. Me parece importante mencionar una labor que queremos impulsar y es la conservación de la memoria colectiva de la plástica local, por lo que cada una de las exposiciones de Nueveochenta se acompañará de un corto dvd, a través del cual el público podrá conocer las motivaciones y los procesos que cada artista enfrentó a lo largo del desarrollo de su propuesta.

¿Cree que haber sido Presidente ayudará a su carrera como galerista? ¿No será visto con sospecha por artistas jóvenes?
Yo creo que eso es marginal. La verdad es que mi inmersión en el arte colombiano joven la hice mucho de la mano de Carlos Andrés Hurtado, mi socio. Durante los últimos cinco años hemos estado revisando con entusiasmo el acontecer del arte contemporáneo local. Aun cuando todavía trabajaba en Washington, siempre tenía tiempo para ver las muestras en muy diversos espacios o lugares, para ir a los talleres de los artistas, algunos de los cuales aún no habían hecho su primera exhibición individual. Ha sido esta una experiencia tremendamente enriquecedora. De ese trabajo, por lo demás bastante divertido, fue que terminamos armando este proyecto de abrir un espacio para el arte.

Para ser político, es necesario ser parte del establecimiento. Para ser artista, es necesario ir contra él. ¿Estaría usted de acuerdo con esta afirmación?

En el arte hay que desarrollar la capacidad creativa, no aceptar dogmas, practicar la duda metódica, rebelarse contra las verdades históricas. Hay que tener disciplina, mantener la mente abierta, distinguir la calidad, desarrollar una estética propia, tener una propuesta que tenga una clara identidad. Pero la política tiene bastante de eso. El arte y la política necesitan de un extraordinario tesón, sentido de rumbo, seguridad en lo que se hace.

¿Es el galerista el que hace famoso al artista o el artista famoso al galerista?
Tanto el artista como el coleccionista necesitan del galerista, quien cumple un papel principal en el mundo del arte. A él, a los museos, a los curadores, les corresponde el papel de estructurar, de forjar el mundo del arte. Es un mundo complejo. Pero todos están obligados a entender su papel. En todo caso el galerista no soy yo. No tengo pretensiones de curador o galerista. Carlos Andrés ha sido capaz de acompañar a un grupo de jóvenes valores colombianos y darle fundamentos y estructura a este proyecto.

¿No tiene la sensación de que hay mucha basura en el arte contemporáneo? ¿Algo así como un boom en el que toda boutade se vale si se recubre con un argumento conceptual?
Esa no es la palabra indicada. Hay muchas propuestas carentes de un carácter propositivo. Hay muchas otras que tienen detrás de sí un buen proyecto, pero nunca encuentran el lenguaje para expresarse. Hay otras que encuentran el lenguaje pero no encuentran la calidad estética. Esto se ve de manera clara en las bienales, las que están concebidas sin una pretensión económica. Mucho de lo que la gente llama basura está referido a esas situaciones.

Si se ha pasado tantos años viendo arte, tiene que haber desarrollado un sistema de alarmas sobre la mala calidad. ¿Nos podría decir algo que le moleste de una obra, que lo haga sospechar o desechar un cuadro?
Tal vez lo que más se aprende a reconocer recorriendo eventos artísticos no es tanto la calidad estética como la capacidad propositiva de los artistas. También se aprende de las tendencias, se aprende de las muchas maneras que se crean para reflejar una situación social o política. Es increíble, pero de ese cotorreo que se genera en ferias y bienales le va quedando a uno una visión un poco más amplia, se hace uno consideraciones que nunca se le hubieran ocurrido. Vuelvo a mi afirmación: nadie puede creer que es capaz de señalar lo bueno y desechar lo malo. Lo que hay es un proceso de aprendizaje colectivo que va encontrando intérpretes en los curadores o en los galeristas. De eso también se alimentan los artistas.

Ustedes van a tener artistas propios para consolidar carreras. ¿Les pagarán a los artistas la exclusividad?
La idea es que la galería acompañe al artista en su vida profesional: llevarlo a ferias, buscar ubicar sus obras en museos y colecciones particulares; desarrollar material que les sirva a los otros protagonistas del arte a entender su obra, a conocer sus antecedentes, a tratar de desentrañar cuál es el sentido de las propuestas que hay detrás de su lenguaje.

¿Hay en Palacio alguna obra de arte que valga la pena de verdad?
Es un grupo pequeño de obras, pero hay algunas de gran calidad. La madre superiora de Botero; un extraordinariamente bello cuadro de Andrés de Santamaría sobre el Congreso de Angostura; el salón intervenido por Antonio Barrera, entre otras.
¿Por qué el arte y la cultura les importa tan poco a los políticos de hoy?
En un país como Colombia el arte no ocupa un lugar en la agenda pública. Y los políticos se gastan todas sus energías y todo su tiempo en esa agenda. Es un pesar, porque nada enriquece tanto la vida como el arte.

Newt Gingrich, Alphonse D’Amato, entre tantos otros, son representantes del fastidio que el arte de vanguardia (el de Andrés Serrano, por ejemplo) ha producido siempre en los políticos republicanos. ¿Qué conclusión sacaría usted de este odio de los conservadores?
Eso es en realidad un poco de ignorancia. No entender que el arte está para cuestionar, para denunciar, para penetrar la realidad. Esos desplantes se los lleva el viento. No hay político capaz de ahogar esas expresiones artísticas.

¿Entre el genio vanidoso, afecto a la gloria y al poder, de un maestro indiscutible como Bernini y el genio trágico y melancólico de otro maestro como su enemigo Borromini, ¿con cuál se quedaría?
Por fortuna, si el arte contemporáneo es alguna cosa es ser irreverente, destructor de prestigios, ofensivo, si se quiere. Las expresiones solemnes del barroco no caben frente a un Duchamp, Paul McCarthy, Matthew Barney, Cris Offili o Andrés Serrano. Para la muestra, la Monalisa con bigote del primero.
Si en música, las obras de cámara son el diario íntimo de un compositor, ¿Cuál sería su equivalente en arte?
Los bocetos y en general los dibujos. Estos contienen usualmente las reflexiones más íntimas de un artista sobre su trabajo.

¿Qué artista no soporta?
No me gusta para nada el arte francés del siglo xviii Esa forma de academicismo es bastante aburrida. Hay unos cuantos salones del Louvre de esa categoría.

¿Qué artista hubiera querido ser?
Mi torpeza manual es proverbial. Nunca logré sobrepasar uno barquitos que pintaba en mi infancia.

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