Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2006/03/21 00:00

“Soy la imagen del glamour para muchas cosas”

Es una de las chicas Almodóvar y desde hacía mucho tiempo no volvía a las tablas. Una nueva versión de Hamlet, de Shakespeare, de Lluis Pasqual la convenció. Entrevista de Arcadia desde Bilbao.

“Soy la imagen del glamour para muchas cosas”

El camerino de una actriz es un lugar casi sagrado, mucho más cuando tan sólo han pasado unos minutos desde que la representación ha terminado. En éste del teatro Arriaga hay muchas flores, testigos del estreno del día anterior, a las que se ha sumado el silencio de una función libre de los focos del primer día. Junto al espejo iluminado con un perímetro de bombillas, revuelto de objetos, descansa el texto de Hamlet, subrayado y usado. “Shakespeare es tan grande que todo lo que sale de las situaciones que provoca es un placer para un intérprete”, explica Marisa Paredes con un hilo de voz.

Un placer doble en este caso, porque llevaba casi veinte años sin pisar un teatro, desde que empezó a unir un rodaje con otro, y reconoce el miedo que ha sentido al volver. Y porque ella sabe que el genial autor inglés no perdona flaquezas actorales. “Sus textos son una extraordinaria medida para las condiciones de un actor, para su creatividad. Haciendo Gertrudis me salen muchas ideas que a veces las escribo por la noche. Me acuesto pensando en las escenas que tengo, para ver qué cosas nuevas me podrían salir, o viejas, pero con otra intensidad, con otro color o con otro tempo. Es tal el lujo de poder interpretar a mister Shakespeare, que no puedo imaginar a algún actor o actriz que se negara a hacerlo”.

El teatro Arriaga de Bilbao, junto al teatro Español de Madrid, al Lliure de Barcelona y al festival Grec de esa misma ciudad, han puesto en pie un ambicioso proyecto con Hamlet y con La tempestad compartiendo parte del elenco y formando un reparto que pocas veces se puede ver. Junto a Marisa Paredes se encuentran Eduard Fernández, Helio Pedregal, Francesc Orella y Anna Lizaran, todos ellos actores de primera fila. “Me interesa mucho este Hamlet, me parece que es el mejor de los que he visto y nadie me va a negar que Eduard Fernández está genial”, asegura la actriz que, con sesenta años recién cumplidos, es desde hace ya mucho tiempo una de las más valoradas en España y de las más conocidas fuera de su país, sobre todo gracias al cine y muy especialmente a las cuatro películas que ha hecho con Pedro Almodóvar: Entre tinieblas, Tacones lejanos, La flor de mi secreto y Todo sobre mi madre. Otros directores internacionales, como el mexicano Arturo Ripstein, con Profundo carmesí y El coronel no tiene quién le escriba; o el italiano Roberto Benigni, en su oscarizada La vida es bella, también han querido contar con esta mujer de pose siempre elegante.

Una posición que no le impide enfrentarse a un personaje no protagonista, como es el caso de esta Gertrudis que comparte escenario con el gran Hamlet. “Yo intento que no me apague, ni Hamlet ni nadie. Por supuesto que el protagonista es la auténtica base de esta obra, pero aparte de toda la filosofía, de toda la poesía, de todas las cuestiones que esta obra plantea sobre la condición del ser humano, sobre la traición, la amistad, la fidelidad, el amor, sobre todo lo que el hombre muestra ahí, además de todo eso, estamos ante un conflicto de padres y madres y Gertrudis, por tanto, es una mujer que tiene la suficiente importancia dentro de la obra. Y, por otro lado, prefería no volver con un papel protagónico, aunque ya me habían ofrecido alguno, porque tras veinte años sin subirme a un escenario realmente me daba miedo que tuviera la voz ya sin condiciones. Y también porque la expresividad dramática es muy diferente en el cine que en el teatro. Pensaba que podía haber perdido esos detalles”.

Aquella niña de familia pobre, que vivía en un barrio rodeado de teatros y que venció a un destino que le negaba sus ilusiones, vuelve a la cima teatral sin olvidar por un momento la vida en “esa España tan negra” que se asomaba a los años sesenta, ni su propio empeño en buscar el oxígeno de “la libertad”. Aquel barrio “era un mundo de poetas, de outsiders también de alguna manera. Y yo intuía que allí dentro de los teatros había una magia que no existía fuera. Para mí el teatro era y es la libertad. Era escapar de la miseria y no digo miseria sólo de pedir porque no pedíamos para comer, aunque desde luego no teníamos la mejor situación económica. Y como nosotros, no sé, treinta millones de personas. Pero más allá de esto había una necesidad de romper, de ir contra mi destino que, como mucho, dada mi pequeña formación, era ser secretaria”.

Desde pequeña escribía y no dejaba de soñar con el teatro. “Yo miraba aquellos edificios extraordinarios y pensaba: ahí pasan otras cosas. Entonces tendría ocho o diez años. Cuando ya me decidí de verdad fue a los doce, que era cuando mi padre me mandaba a que aprendiera taquigrafía. Y ahí lo vi claro, ¡me van a llevar de verdad de secretaria, tengo que hacer de verdad algo fuerte!” Y lo hizo, se matriculó en el conservatorio, “todo a escondidas, con un pavor tremendo. Sólo mi madre estaba en el secreto. Allí conocí a gente que trabajaba en la televisión, que entonces comenzaba en España, y entré en el coro que hacía zarzuela y óperas en playback, en directo. Me vieron en Cavalleria rusticana, en esa misma escena que luego Coppola usa al final de la tercera parte de El Padrino. Le gustó al director y me dijo que fuera de su parte al día siguiente a ver a Conchita Montes. Así fue como comencé, tendría yo entonces quince años, y dejaba atrás una etapa desde los doce, de estar aterrada, con broncas diarias en casa, haciendo esas cosas en televisión a escondidas, que mi madre me acompañaba. Luego mi padre ya cedió un poco su dureza, se fue acompañado de mi hermano a la Dirección General de Seguridad a firmar los papeles para que pudiera trabajar. Y gracias a eso me pude reconciliar un poco con él”.

Tras muchos años de teatro, sobre todo para televisión, y películas, “en las que hubo de todo”, llegó en 1986 el impactante y dramático largometraje de Agustín Villaronga, Tras el cristal, “y aquello cambió mi relación con el cine”. Tres años antes había hecho Entre tinieblas, la primera de las cuatro películas que hasta ahora ha rodado con Almodóvar. Y con ellas hay un antes y un después en su carrera y en su vida. “Sí, sería absurdo negarlo. Yo me he encargado además de que eso lo conociera todo el mundo. Todavía recuerdo una vez que Pilar Miró me dijo: ‘Deja de hablar tanto de Pedro Almodóvar, ya sabemos que es bueno, pero ¿y tú?, ¿qué te debe a ti Pedro?’ Y sí, algo le habré dado, pero sin él no me conocería ni Dios. Tenía y tengo un cierto prestigio, pero desde luego la salida con Almodóvar por todo el mundo, reconocida en París, en Londres, en Japón, en Moscú. Buscándote por todos los festivales, mandándote guiones del extranjero sin hablar idiomas”.

La edad le sienta bien a la Marisa Paredes actriz y también a María Luisa Paredes Bartolomé, que es su verdadero nombre. “No sé si me veo madura, sería una estupidez de mi parte. Por un lado me siento con la suficiente serenidad. Me siento bien, el teatro me gusta mucho y he vuelto a recuperar esa sensación de libertad, ese detenerse el tiempo mientras tú estás allí arriba. Y como actriz, en el cine y en el teatro, lo que manejo siempre son los sentimientos. Y en la medida en que esos sentimientos sean más percibidos por los demás considero que mi trabajo está creciendo”. La edad le preocupa “como a todos, sobre todo porque van desapareciendo cosas, amigos, gente, padres, madres. Eso es lo más doloroso. Lo otro, lo de la edad con respecto a los actores y a las actrices, pues es evidente que nos influye más. Nos ven en unas pantallas enormes, que si tienes una arruguita así, pues como si la tuvieras ¡así! El teatro para eso ayuda más, porque como te ven más lejos. La edad es preocupante sólo por las cosas que pierdes. Ganas otras, no sé cuántas todavía: alguna serenidad, alguna paz interior que te dura más o menos poco, momentos así, de relax”.

Marisa tiene prisa, la están esperando, el músico de la compañía se marcha y quiere ir a despedirlo junto a los compañeros. Suena su móvil, habla de historias personales que estos días la han afectado profundamente. Regresa a la entrevista con la profesionalidad de los grandes actores, sabe que sus espectadores están también al otro lado de la grabadora que recoge sus palabras. No le importa que le pregunten por enésima vez por Almodóvar, ni por su futuro con él. “Creo que puede pasar. Ahora ha vuelto Carmen Maura, pero es que Carmen y yo no tenemos nada que ver como actrices. Nos llevamos bien, hemos trabajado juntas en el teatro, yo la admiro, tiene un punto que no tengo que es el lado cómico, aunque yo tengo una parte de comedia que está un poco sin explotar. Estoy deseando hacer una con ella y con Pedro, lo que pasa es que no sé si saldrá. Soy consciente de que Pedro y otros muchos siempre buscan para mí personajes con glamour. Sé que soy la imagen del glamour para muchas cosas”.

Dicho por otra actriz, esto del glamour sonaría un poco arrogante, pero ella lo dice con total normalidad, mientras rebusca entre papeles, envases y mil cosas más hasta encontrar unas cerillas para prender un cigarrillo. “Es que tengo glamour. El glamour tiene que ver con cómo te ven los demás y también por cómo tú te muestras. Quizás por venir de una familia absolutamente humilde he tratado siempre de ser una persona con mucha dignidad y con mucha elegancia. Creo que ha sido como una venganza. Vosotros tenéis dinero, pero yo tengo glamour”.

*Crítico y periodista español de El Diario Vasco y autor teatral.

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