Miércoles, 22 de febrero de 2017

| 2006/07/17 00:00

Todo lo que una rubia tiene

Es norteamericana, pero de ancestros noruegos. Su marido Paul Auster y su hija Sophie son quizás más famosos, pero ella ha hecho carrera como una novelista seria y capaz. ¿Cuál es el secreto de una mujer a la sombra de dos estrellas?

Todo lo que una rubia tiene

A los catorce años, Siri Hustvedt fue señalada como “la adolescente de la semana” en su natal Northfield, un poblado de Minnesota que pertenece al “condado de arroz”, al noreste de los Estados Unidos. Nació el 19 de febrero de 1955 y fue educada con el noruego y el inglés como lenguas maternas. Su padre fue profesor de literatura escandinava y su madre escapó de la ocupación nazi en Noruega cuando tenía treinta años. Siri es la cuarta de sus hermanas.

En Northfield, que según un censo del año 2000 en los Estados Unidos suma 17.147 habitantes y un 92,57% es población blanca, aún se recuerda y festeja la tarde del 7 de septiembre de 1876 en la que Jesse James llegó con ocho asaltantes para intentar un robo al Banco Nacional. Siri, por su parte, recuerda con mayor claridad que concedió en aquella semana de 1969 su primera entrevista para un diario local porque afirmó que sería escritora. Así que en 1978, al concluir sus estudios en el St. Olaf School de Northfield, se marchó a Nueva York. No sabía que iba a resultar más fácil creérselo que conseguirlo y tuvo que trabajar como camarera y doctorarse en Literatura Inglesa de la Universidad de Columbia antes de cumplir la sentencia. Se dedicó a la poesía y en 1981 publicó Reading to You; lo intentó con la novela The Blindfold (La venda) en 1992 y cuatro años más tarde publicó The Enchantment of Lily Dahl; pero no fue hasta 2003 cuando recibió el reconocimiento por What I Loved, traducida como Todo cuanto amé y editada por Anagrama en España.

En la pasada Feria Internacional del Libro de Buenos Aires se dijo de Siri Hustvedt que lo tenía todo. Y nada parece contradecir esa afirmación: tiene a Paul Auster, con quien se casó hace veintidós años. Se conocieron la noche del 23 de febrero de 1981 durante una lectura de poemas en un local de la calle 92, en Nueva York. Tiene una cabellera rubia platino que heredó de sus ancestros noruegos. Tiene una estatura envidiable: un metro con ochenta centímetros. Tiene éxito. Tiene la apariencia de una reina escandinava. Pero lo verdaderamente increíble es que aparte de todo eso tenga un poder de narración que se mueve entre la elegancia y la profundidad de los escritores que se ocupan con acierto de las emociones humanas.

Siri Hustvedt no necesitó revolucionar, reinventar o abrir un camino en literatura. Por el contrario: se lanzó a la página en blanco una vez más en 1997 y seis años más tarde, con la misma novela escrita cuatro veces, publicó la versión final de una obra que sucede a lo largo de aproximadamente treinta años y se interna en la experiencia de dos generaciones neoyorquinas examinadas a partir del arte contemporáneo. Todo ensamblado en un diseño prolijo, con una prosa ordenada y la conciencia de que el lector necesita seguir cuando el libro ofrece el camino.

En La venda, Siri trazó una suerte de autobiografía en la que Iris (Siri al revés) Vegan, una joven mujer que acaba de graduarse de la universidad en una zona rural de Minnesota, llega a Nueva York en busca de fortuna. Iris sufre de terribles migrañas que la obligan a internarse en una clínica. Y la novela sufrió serios ataques por parte de la crítica. Siri ha dicho de sus dos primeras novelas que se preocupó por recrear una especie de mapa síquico de sus personajes; para el caso de Lily Dahl, en El encantamiento de Lily Dahl, el escenario era un pequeño poblado del noreste de los Estados Unidos.

En ambos libros, las mujeres protagonistas luchaban por desmarcarse de un entorno que no las favorecía. Pero en Todo cuanto amé quien se desmarca es la autora y Siri asume una narración en primera persona desde la perspectiva de Leo Hertzberg, un historiador de arte que desde las primeras páginas de la novela está envejeciendo velozmente.
A sus 48 años, Hustvedt vio publicada una obra que inició seis años antes y en el riesgo que asumió al entrar en la piel de personajes tan diferentes de sí misma encontró el reconocimiento. Las preocupaciones y los temas de Todo cuanto amé, que se fijan en la muerte, el matrimonio, la amistad y las relaciones entre padres e hijos se entrecruzan con una trama en la que el pavor criminal de una pareja de adolescentes se convierte en objeto artístico, el candor de la institución familiar se pone a prueba y todo ello se consolida en la obra del artista plástico William Wechsler, que es producto de la imaginación de la autora.

No sin razón hay quienes le han dicho a Hustvedt que conseguían ver las obras de Wechsler en las descripciones que se hacían en la novela, y que conseguían recordarlas tiempo después. Hustvedt, como ella misma lo ha afirmado, logró darle la vuelta a la vieja frase de que una imagen vale más que mil palabras al darle vida al trabajo artístico de un personaje a lo largo de treinta años.

A su hermana Asti Hustvedt, Siri le debe gran parte de las preocupaciones de Violet, la esposa de Wechsler. Violet es infértil e investiga algunos trastornos mentales de la modernidad, entre ellos, uno que ha denominado “histeria alimenticia norteamericana”. De eso se compone su obra, de las contradicciones de un siglo atravesado por la indiferencia monstruosa pero aún reconociblemente humana. .

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