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| 7/17/2006 12:00:00 AM

Traicionar el Dogma

A estas alturas, y más de diez años después de la publicación de sus estrictas reglas del juego, por fin es posible determinar cuál es la importancia del llamado Dogma 95 en la accidentada historia del cine. ¿Cumplieron sus mandamientos?

El miércoles 22 de marzo de 1995, durante la celebración de los cien años del cine en el teatro Odeón de París, el desconcertante realizador danés Lars Von Trier entregó, de mano en mano, un panfleto de cubierta roja que contenía las reglas para una nueva manera (más libre, menos afectada) de hacer buenas películas. Los organizadores del evento le habían propuesto, meses atrás, que dictara una conferencia sobre el futuro de la industria cinematográfica. Pero él, que jamás ha resistido la tentación de jugar, que días antes le había hecho al director Thomas Vinterberg, su amigo, la pregunta “¿quieres comenzar una nueva ola conmigo?”, prefirió anunciarle a su auditorio el nacimiento de un nuevo movimiento llamado Dogma 95. Quien estuviera dispuesto a sumarse a la causa, advirtió, juraría seguir diez estrictos mandamientos (haría un “voto de castidad”) que sólo un demente acataría sin reparos: en pocas palabras, juraría filmar en locación, con la cámara al hombro, la imagen a color y el sonido en directo, una historia “sin artificios” que ocurriera aquí y ahora.

El Dogma 95 era, a todas luces, un manifiesto irónico, una parodia de las proclamas vanguardistas de comienzos del siglo xx, un juego de mesa para aquellos niños que aprendieron a grabar antes que a escribir. Había sido redactado, como sus autores confesarían unos años después, “en apenas veinticinco minutos bajo continuos ataques de risa”. Y no era nada más que una divertida forma de decir: “nadie nos obliga a filmar predecibles superproducciones dramáticas”, “cualquiera, en la era del video, puede hacer una película”, y “no se necesitan toneladas de dinero, sólo talento, para hacer buen cine”. Y, sin embargo, una vez Vinterberg presentó la asfixiante Celebración y Von Trier se atrevió a mostrar la agotadora Los idiotas en el festival de Cannes de 1998 (las dos seguían, en teoría, las estrictas reglas formuladas en aquel documento en broma), los productores, los críticos y los cinéfilos del planeta comenzaron a tomarse muy en serio la propuesta. Tanto, que en las bibliotecas de cualquier país pueden encontrarse por lo menos cinco libros sobre el tema. Y hasta hoy, julio de 2006, se han producido más de 120 rentables largometrajes que hacen lo que pueden para adoptar los postulados del Dogma.

Pero, ¿valen la pena algunos que no sean esos dos primeros?, ¿no resultó descorazonador, tras la firma del valiente manifiesto, enfrentarse a la artificiosa ciencia ficción del Vinterberg de Todo es por amor o a las afectadas coreografías teatrales del Von Trier de Dogville?, ¿puede decirse, más de diez años después de su ruidosa publicación, que el Dogma 95 le ha dejado a la historia del cine algo aparte de la anécdota? Puede convenirse, para comenzar, que el movimiento descubre la libertad que realizadores como el norteamericano John Cassavettes habían descubierto treinta años antes. Puede decirse, después, que ninguna de las obras que ha producido el Dogma, ni siquiera las dos primeras, ha seguido al pie de la letra esas diez normas implacables: Vinterberg tapó una ventana, para jugar con la luz, a la hora de filmar una escena clave de Celebración y Von Trier, en un momento de debilidad, le pidió a un músico que animara un par de escenas de Los idiotas con una melodía interpretada a unos pasos de la cámara. Pero tendría que reconocerse, casi de inmediato, que la idea detrás de aquellas reglas no era quejarse del cine artificioso (que no existe otro) sino recordarles a los futuros cineastas del planeta que las del mercado no son las únicas leyes que existen.
Y habría que responder que A corazón abierto, el drama que la cineasta danesa Susanne Bier filmó en 2003 bajo la mirada del Dogma, es una de las grandes películas de estos últimos años; que tanto Von Trier como Vinterberg han sido fieles, en sus posteriores excentricidades cinematográficas, a su propósito (el mismo propósito del panfleto rojo) de provocar a un auditorio anestesiado a punta de las mismas imágenes de siempre; que, puesto que al grabar sus historias en video salvó al cine del fetichismo de filmar en 35 milímetros, puesto que invitó a los directores independientes del planeta a encontrar sus personajes en la calle, puesto que abrió paso a una generación de realizadores que no le temen a ningún tipo de censura (obras como Whisky, Nueve canciones o Historias mínimas aprovechan la libertad conquistada por el movimiento) y en unos años se hablará del Dogma 95 con la comodidad con la que se habla del neorrealismo italiano, de la nueva ola francesa o del nuevo Hollywood de los años setenta.

Lo más probable es, también, que muy pronto se le reconozca que vio, primero que todos, el futuro de la industria cinematográfica: Dogma se dio cuenta de que, en los días en que los blog se ríen de la dictadura de las editoriales, en la era en que la gente va por el mundo con una cámara de video en la mano, podrá ser cineasta, podrá hallar un público en las pantallas de los computadores, cualquier realizador con talento que logre comprar su propio tiempo. .
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