Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 2006/12/11 00:00

Un huérfano del presente

Es un maldito, como los poetas de hace más de un siglo. Marginal y rota, la voz de Tom Waits parece salir del fondo de una lata de gasolina vacía. Ahora, en este mercantil siglo XXI, Waits saca un disco triple dedicado a sus héroes: los llorones, los peleones y los bastardos.

Un huérfano del presente

Tom Waits debió de haber sido un personaje de En el camino, de Jack Kerouac. Uno de esos cantantes que tocan en barsuchos de mala muerte, en pianos empolvados y sin afinar, en bares con ventanas tapiadas en donde no importa si es de día o de noche. Un cantante sin futuro y sin pasado, ahogando sus penas, literalmente, en bourbon.
Pero ésa no fue la vida que le tocó a Waits. En parte, porque ese mundo ya había comenzado a desaparecer cuando llegó al mundo, en 1949. Ahora, Tom Waits es un reconocido cantautor –y no hay mejor término–, así haya que esforzarse por espantar las imágenes de mochileros guitarrudos con saco de alpaca que la palabra conjura, porque, de eso, Waits no tiene nada.
Waits ha ganado premios Grammy (en 1992), fue nominado a un Oscar (por la banda sonora de la película de Francis Ford Coppola One from the Heart), ha vendido millones de discos y a finales de noviembre de este año sacó un ambicioso disco triple (Orphans, que, una semana después de su lanzamiento, estaba entre los quince más vendidos en amazon.com).
A pesar de su éxito, el universo de Waits sigue siendo ese mundo de desesperanza, cigarrillo y alcohol. Un mundo que al comienzo tenía algo de romántico pero que se ha vuelto más sobrio. La desesperanza ahora es general y etérea, no concreta como la de los borrachos con el corazón roto de su primera época.
En total hay cincuenta y dos canciones en Orphans, treinta de ellas nuevas. Cada uno de los discos tiene un título y cierta unidad conceptual o musical. El primero se titula “Brawlers” [Peleones] y son canciones más bien agitadas y ruidosas. Aunque no todas comparten la desesperanza, ahí está “Road to Peace”, sobre el desastre actual en el Medio Oriente. Y otra que dice en el coro: “Estoy perdido en el fondo del mundo”. El segundo, titulado “Bawlers” [Llorones] está compuesto de baladas. Y acá sí que la desesperanza brilla. “Cuida a todos mis hijos/porque no sé cuándo regresaré a casa”, dice una. Y otra: “En nuestro aniversario/Habrá otra persona en donde solías estar”. El tercero, “Bastards” [Bastardos], es más experimental, incluye varias canciones habladas.
El libro que viene con Orphans incluye imágenes del cantante al lado de fotografías de los años cincuenta, cuando la gente usaba sombrero. Un señor y un niño sostienen una llanta y miran a la cámara. Siete señoras posan sonriendo con abrigos y zapatos de tacón. Es un mundo que parece más afín a Tom Waits que cualquier cosa del presente.
Pero ése ha sido el caso desde el comienzo, esa falta de sincronía entre Waits y su presente ha estado siempre ahí. Lanzó su primer disco, Closing Time, a los veintitrés años, en 1973, el mismo año en que la sicodelia hippie evolucionaba hacia lugares extraños (Dark Side of the Moon de Pink Floyd, por ejemplo). Pero mientras el mundo digería el legado hippie, Tom Waits prefirió armarse un presente donde seguía con vida la tradición de música popular estadounidense de los treinta, cuarenta y cincuenta, que desapareció tras el apogeo del rocanrol.
En el comunicado de prensa de su segundo disco, The Heart of Saturday Night, de 1974, Waits escribió: “Me gusta el esmog, el tráfico, la gente rara, problemas mecánicos en los autos, vecinos ruidosos, bares concurridos, y paso la
mayor parte del tiempo en mi auto yendo a cine”. Es como si se refugiara en esta mitología inspirada en los poetas beat de los cincuenta, en Kerouac y Corzo, Thelonius Monk y Bing Crosby, para evitar el presente (en 1974 la guerra de Vietnam entró en su etapa final, el presidente Nixon renunció).
Waits quería un lugar dentro de esa mitología clásica estadounidense. Al salir de gira escogía los hoteles más pintorescos y decadentes, por su nombre o por tener un bar con atmósfera. A los periodistas les decía que su madre lo había dado a luz en el asiento trasero de un taxi, en el parqueadero de un hospital.
Pero detrás de la fachada y de las historias dudosas, había un compositor ambicioso –artísticamente, sobre todo– que además de preservar cierta tradición, quería darle un giro. La confianza para hacerlo llegó en los ochenta, cuando conoció a Kathleen Brennan, su esposa y con quien, hasta hoy, compone buena parte de sus canciones. La segunda parte de su carrera comenzó con la trilogía de Swordfishthrombones (1983), Rain Dogs (1985) y Frank’s Wild Years (1987), que sigue siendo una maravilla. “Mi vida había cambiado y mi música había seguido igual. Pensé que debía encontrar una forma de acercarlas. No tanto a mi vida como a mi imaginación”, dijo entonces. Ahí comenzaron varios proyectos paralelos. Proyectos de actuación (Down by Law de Jim Jarmusch) y música para obras de teatro de Robert Wilson (The Black Rider, 1993, Blood Money, 2002, y Alice, 2002). Además, Brennan y él tuvieron tres hijos.
En todo este tiempo, Waits ha logrado mantener su integridad como pocos. Aún ve con desconfianza, para no decir horror, la comercialización excesiva de la música, las canciones usadas en comerciales de cerveza, de carros, de gaseosa. Una propaganda de pasabocas utilizó a un imitador suyo y Waits los demandó y ganó. “Aparentemente el mayor reconocimiento que nuestra cultura puede darle a un artista es estar en un comercial desnudo y ronroneando en la capota de un auto nuevo”.
Lo dicho: Tom Waits es de otra época.

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