Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 2007/11/19 00:00

¿Un juez puede limitar la ficción?

En Alemania se acaba de prohibir la difusión de una controvertida novela. La decisión responde a las denuncias de dos mujeres que acusan a su autor de haber violado su esfera personal en una supuesta ficción que resultó no serlo tanto. El fallo ha causado un inusual debate sobre los límites de la literatura. ¿Se pueden sentar precedentes legales para los escritores de ficción?

Maxim Biller nació en Praga, en 1960. A los diez años emigró con sus padres, judíos rusos, a Alemania.

El pasado 12 de octubre, el Tribunal Federal Constitucional de Alemania expresó su fallo acerca de la novela Esra, del escritor berlinés Maxim Biller: prohibida. Prohibida su reimpresión, prohibida su venta y prohibida también cualquier modificación de su contenido. La polémica disposición del Tribunal da fin a un proceso que se inició hace cuatro años, y que ha dado pie a cualquier cantidad de reclamos de parte de círculos artísticos, así como a burlas y reproches provenientes de los medios de comunicación.
A modo de recuento: en la novela, publicada en 2003, el narrador, llamado Adam, relata con lujo de detalles la historia del fracaso de su amor con Esra, una actriz de origen turco, ganadora del premio nacional de cine y quien tiene un hijo que padece de una enfermedad crónica. En el libro, Esra tiene además una madre alcohólica, tiránica e insufrible que tiene todo tipo de vínculos con el mundo criminal y quien, incluso, ha obligado a su hija a realizar un aborto.
Por más telenovelesca y melodramática que parezca esta trama (y por más que lo sea), dos mujeres berlinesas, madre e hija, se reconocieron en los personajes de la novela y entablaron una demanda contra Biller poco tiempo después de la publicación del libro.
Según las demandantes, las figuras, supuestamente ficticias, corresponden en varios puntos con hechos de la realidad: la relación entre el escritor y la actriz, el premio nacional de cine, el hijo enfermo –sobre la insoportable madre alcohólica y criminal, así como en ciertos pormenores de las preferencias sexuales de Esra, no se entró, al parecer, en demasiados detalles–. Todo lo cual implicaría una violación masiva del derecho a la privacidad de las dos mujeres. Tras varios años de ires y venires jurídicos, el Tribunal Federal Constitucional obligó finalmente a Kiepenheuer & Witsch –la no poco respetable editorial que publica a Biller– a detener, de una vez y para siempre, la publicación y la venta del libro.
Como era de esperarse en un país proclive a la discusión intelectual pública y al resguardo de los derechos individuales, las reacciones en los últimos días han sido torrenciales. Muchos piensan que los jueces han actuado de forma apropiada al prohibir una impertinente ficción que no lo es tanto en realidad, y que lesiona la esfera íntima de personas reales. Pero, sin duda, el protagonismo lo han tenido las críticas a la decisión del tribunal: las más contundentes han sido expresadas por los medios de comunicación, la Asociación Alemana de Escritores y el PEN-Club, quienes consideran que el fallo ha sido arbitrario y conservador, y que desconoce los derechos de la creación artística. Incluso ya antes de darse a conocer el dictamen de censura, varios pesos pesados del mundo cultural de habla germana, como los Nobel de Literatura Günter Grass y Elfriede Jelinek, Daniel Kehlmann (la más reciente promesa de las letras alemanas), y los dramaturgos Luc Bondy y Peter Zadek, entre muchos otros, habían divulgado un comunicado en el que rechazaban una posible prohibición de la novela. Y por si fuera poco, también dos de los jueces que hacen parte del Tribunal Constitucional manifestaron su desacuerdo con el fallo. De modo inusitado para los magistrados, los disidentes se apoyan en la Teoría estética de Theodor Adorno, quien en los años sesenta escribía: “Incluso las obras de arte que se presentan como reproducción de la realidad sOlo lo son tangencialmente, pues se convierten en una segunda realidad en el momento en que reaccionan a la primera”. No obstante, como sostiene un cronista del caso contra Esra, todo indica que la mayoría de los jueces solo conoce “una” realidad. Sea como sea, la novela está, y permanecerá, prohibida.
Antes del proceso contra la obra, Maxim Biller ya era conocido en el medio por ser el autor de varios volúmenes de cuentos (uno de ellos apareció hace algunos meses nada menos que en The New Yorker); y gracias a sus virulentas columnas en algunas revistas culturales ha sido considerado el (más bien modesto) enfant terrible de la (más bien modesta) nueva literatura judía alemana. Ahora bien, no se trata de un autor muy célebre o justiciero que ha sido acallado por un sistema abusivo (para ser sinceros, en la ecuánime Alemania un artista podía decir –al menos hasta ahora– lo que se le diera la gana); con todo y lo virulento, Biller no ha dado declaraciones escandalosas (a decir verdad, no ha dado declaración alguna) acerca de la decisión del tribunal; y quienes lograron leer Esra antes del veto afirman que si bien es (o era) una novela sensible, intensa, dolorosa (la novela de un corazón roto con una buena pluma), está lejos de ser un libro extraordinario. Y no obstante, el proceso ha logrado mover la opinión pública intelectual en Alemania como hace rato no sucedía (y sin tener que acudir a un griterío sobre los arcaicos nexos de algún Nobel alemán con los nazis). Lo que hace pensar que quizá el fallo de censura haya sido, de cara a las dos mujeres infamadas, acaso contraproducente: ahora todo el mundo conoce la historia; Biller, sin duda contra su propia voluntad, se ha convertido en una especie de mártir (vivo) de los intelectuales; y la novela, que en condiciones normales seguramente habría caído en el olvido en pocos meses, se va a recordar ahora por muchos años: ya ha sido traducida al danés, pronto vendrá una versión inglesa, y su primera edición ya alcanza en ebay los doscientos euros.
Pero lo interesante del caso no es solo que el tribunal haya declarado una prohibición absoluta de la novela de Biller. La mayor polémica la ha producido el supuesto método empleado por los jueces para establecer la censura definitiva de Esra. En su fallo, aparece una serie de criterios a partir de los cuales será posible, en casos futuros, determinar los límites de la libertad creativa de los artistas.
En un comentario acerca del proceso contra Biller publicado en el renombrado periódico alemán Süddeutsche Zeitung, el periodista Heribert Prantl habla con sorna del procedimiento propuesto por los jueces, y lo llama “fórmula del ‘mientras más, más’”. En efecto, en el fallo contra Esra se puede leer: “Mientras más coincidan en una obra de ficción retrato y arquetipo, mayor es el riesgo de perjudicar el derecho a la privacidad” –lo cual en sí no es un gran descubrimiento, e inclusive suena a perogrullada–. Lo problemático es la continuación de la fórmula: “Mientras más afecte la representación artística determinados aspectos del derecho a la privacidad, mayor debe ser el nivel de ficción, con el fin de evitar la violación del derecho a la privacidad”. Con esta inocente línea, el tribunal parecería querer establecer criterios de lo que se puede y no se puede decir en la literatura; criterios que, en último término, justificarían la censura de obras artísticas incómodas. ¿Cuánta verdad puede revelar el artista en su obra?
La cuestión nebulosa y polémica en este punto es: ¿qué obra notable de ficción clasifica como incómoda?, o mejor: ¿cuál no lo hace? Los críticos se preguntan, y con razón, si grandes obras de la literatura universal se hubieran visto también condenadas a la censura si la perspicaz fórmula del “mientras más, más” se les hubiera aplicado con diligencia alemana.
Como recuerdan los periódicos alemanes, algún tiempo después de la publicación de Las penas del joven Werther, de Goethe, el marido de Charlotte Buff, una mujer de quien el escritor se había enamorado en su juventud, reconoció a su esposa y a sí mismo en dos de los personajes de la novela, y escribió a un amigo: “Charlotte no ha estado involucrada, ni con Goethe ni con algún otro, del modo en que allí se lo describe. Sin embargo, le hemos tomado muy mal a Goethe sus descripciones, pues tantas circunstancias son verdaderas y conocidas que sería imposible no pensar en nosotros al leer el libro… El retrato de Charlotte es, en suma, el de mi esposa”. ¿Qué habría sucedido si el clásico de Goethe hubiera caído después de una demanda en manos del Tribunal Constitucional? Y, en la medida en que la ficción vulnera el derecho a la intimidad, ¿hubiera sido justa o exagerada en este caso una medida como la aplicada a la novela de Biller? ¿Y qué pensar de casos (entre cientos) como los libros de Thomas Bernhard; Me casé con un comunista, de Philip Roth, o, para no ir más lejos, toda la obra de Fernando Vallejo?
En un país donde un libro puede causar la furia bíblica de su presidente, vale la pena preguntarse hacia dónde debe tender la balanza entre el derecho a la privacidad de los individuos y la libertad artística. Si la ficción puede en muchas ocasiones contener más verdad de lo aparente, y si la verdad es capaz de herir susceptibilidades, ¿qué tan lejos puede llegar la literatura?

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