Sábado, 10 de diciembre de 2016

| 2006/07/17 00:00

Un mundo entre terrible y maravilloso

El castillo ambulante es la última película de uno de los más grandes del cine japonés: ¿Qué es lo seductor de su universo macabro e infantil?

Un mundo entre terrible y maravilloso

El mundo de los niños es a la vez mágico y aterrador. Porque para ellos el mundo es nuevo y lleno de cosas inesperadas, inexplicables. El mecanismo que abre una ventana es causa de maravilla. Hasta abrir y cerrar el puño o mover los dedos del pie, el sol y las nubes. Pero acurrucado al lado de la maravilla está el terror. Porque es imposible saber lo que vendrá, las reglas de lo que sucede están en perpetuo movimiento y cualquier cosa puede pasar.
Esa pareja siamesa de terror y maravilla es el principal motor de las increíbles películas de Hayao Miyazaki. Es como si de alguna forma Miyazaki hubiera logrado preservar esa visión infantil del mundo, sorprendida y atormentada, mientras los demás adultos (léase la mayoría de películas infantiles de Hollywood) la hubieran sepultado, pavimentado y le hubieran construido un rascacielos encima.
“Pienso que el alma de los niños ha heredado la memoria histórica de generaciones anteriores. Sólo que al envejecer y pasar por el mundo cotidiano, ese recuerdo se hunde más y más. Siento la necesidad de hacer películas que alcancen ese nivel”, dijo en una entrevista. Y sí, eso es lo que hace.
La carrera de Miyazaki parece ser típica en el estratificado mundo de la animación japonesa. Al graduarse en 1963 como economista fue asistente en varios proyectos de la división animada de un par de estudios. Desempeñó diversos papeles en largometrajes y proyectos de televisión, entre ellos “Heidi” y “Marco”, series que arrancaban lágrimas a niños y grandes, lágrimas de las que, incidentalmente, Miyazaki no tiene culpa alguna (a menos que alguien haya llorado por los fondos diseñados por él).
Y luego comenzó a dirigir. Primero fueron unos capítulos de “Lupin iii”, luego otra serie, “Conan, el niño del futuro”, y finalmente en 1983 dio el paso a los largometrajes con Nausicaa, del valle del viento, una historia postapocalíptica en la que una muchacha trata de sobrevivir en un mundo cubierto por una selva tóxica que amenaza con acabar a los humanos.
Ésta es una de las particularidades de Miyazaki, un entendimiento relajado de los vínculos que lo unen todo, de que cualquier cosa puede ser medicina o veneno dependiendo de la dosis y de que los humanos hacen parte de una realidad más amplia y misteriosa. En sus películas los humanos no son los reyes de la creación sino un pasajero más.
Tras el éxito de Nausicaa, Miyazaki se independizó. Formó el Estudio Ghibli, que desde entonces ha producido sus películas, y allí comenzó a trabajar en Laputa, el castillo en el cielo. Luego, en 1988, la siguió la encantadora y simple Mi vecino Totoro, sobre una pareja de niños que se hacen amigos de una criatura inmensa y pacífica que vive en un bosque vecino; luego El servicio de mensajería de Kiki, sobre una brujita que debe aprender a ser independiente; en 1992, Porco Rosso, una película de guerra con un cerdo aviador como protagonista. Y la retahíla de éxitos se vio coronada en 1997 con Princesa Mononoke.
Ganadora del equivalente al Oscar japonés a mejor película del año, Mononoke rompió las marcas locales de taquilla y, tras ser distribuida en Estados Unidos en una versión doblada por actores de Hollywood, le abrió un lugar en Occidente. Acá las preocupaciones ecológicas de Nausicaa vuelven a aparecer, junto a la mezcla agridulce de esperanza y caos.
En la propuesta de Mononoke, Miyazaki escribió: “No puede haber un final feliz a la pelea entre dioses iracundos y humanos. Sin embargo, aun en medio del odio y la matanza, hay cosas por las que vale la pena vivir. Un encuentro maravilloso o algo hermoso puede existir. Mostramos el odio, pero sólo para demostrar que hay cosas más importantes. Mostramos una maldición para ver el gozo de liberarse de ella”.
Y ésa es otra rareza de Miyazaki: un aire general de melancolía y pesimismo iluminado por momentos punzantes de esperanza y belleza. Es como un pesimista esforzándose por disfrutar un día en la playa. “No quiero transmitir mi pesimismo a los niños”, dijo en otra entrevista. “Lo mantengo a raya. No creo que los adultos deban imponerles su visión del mundo a los niños”.
Y después de Mononoke llegó su obra maestra: El viaje de Chihiro. También hay espíritus ahí, sólo que una multitud. Miyazaki la hizo pensando en niñas de diez años. “Quería decirles ‘no se preocupen, al final todo estará bien, habrá algo para ustedes’, no sólo en el cine, también en la vida cotidiana”.
En su más reciente película, El castillo ambulante, también camina por esa frontera entre lo maravilloso y lo terrible. Una niña es embrujada y convertida en una anciana de noventa años. El tiempo colapsa, como para los niños, que no tienen medida, que viven todo nuevo.
¿Cómo hace Miyazaki para hacer sus películas? Según él, sin lógica. Abriendo una puerta al inconsciente y dejando que las cosas guardadas en ese caldo de cultivo salgan. “Cualquiera puede hacer una película con lógica”, dice. “Yo trato de entrar al pozo de mi inconsciente. En un momento dado de ese proceso, se abre una puerta e ideas y visiones muy diferentes emergen. Con ésas ya puedo empezar a trabajar. Pero tal vez sea mejor no abrir esa puerta del todo, porque si liberas el inconsciente resulta muy difícil llevar una vida social o tener una familia”. La contraprestación es que, una vez abierta esa puerta, mucha más gente puede asomarse y ver el caldo que hay detrás de todo. .

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