Viernes, 9 de diciembre de 2016

| 1989/12/11 00:00

AGUA Y RON

Con menos público y más lluvia, el Corralito volvió a vestirse de fiesta.

AGUA Y RON

De los tradicionales ingredientes de la fiesta cartagenera, sólo el ron y las papayeras sobrevivieron a las medidas de seguridad. Harina y buscapiés fueron prohibidos por las autoridades, bajo pena de 48 horas de arresto y multa de tres sala rios mínimos. En cuanto a las "bombas de agua", ni se necesitaron.San Pedro fue el encargado de lavar a los asistentes.
Una vez que el jolgorio fue decretado por el alcalde, los cartageneros se lanzaron a las calles a cumplir la orden terminante de divertirse durante cuatro días. Y ni el aguacero, ni la tensión derivada del despliegue militar y los rumores sobre atentados fueron disculpa para incumplir esa orden.
Por convicción, frescura o civismo, el pueblo raso se encargó de proteger las fiestas del 11 de noviembre de la amenaza del terrorismo, poniendo fin a esa ola de consejas que acobardó a los turistas que nunca llegaron."No,hombe, qué va", era la respuesta de taxistas, policías, botones y vendedores ambulantes ante los temores de los visitantes. Y si el rugir de los helicópteros que sobrevolaban el lugar y la presencia de un soldado cada tres metros rompían el apacible marco del mar y las murallas,lo cierto es que, este año, el desfile de carrozas fue más organizado.
Haciéndole buena cara al mal tiempo y a las restricciones, los cartageneros, con algunas murgas, mucho ron y una que otra comparsa, se apostaron por la Avenida Santander a la espera de toda esa tramoya de alegorías fosforescentes en la que se encaraman las reinas para su primer contacto oficial con el público.
Esta vez fueron las 28 reinas populares las que encabezaron el desfile, en los tradicionales coches de caballo adornados con globos y flores. Y aunque no competían en lujo y fantasía con las carrozas de las candidatas nacionales, sí lo hicieron en popularidad. Detrás iba la soberana saliente,María Teresa Egurrola, quien entre un jardín y tres flamingos veía cómo esa "maravillosa experiencia" se esfumaba a medida que el pueblo aclamaba a sus sucesoras.
Rodeadas de sofisticados símbolos regionales, las aspirantes al titulo de Señorita Colombia la seguían en sus sugestivos disfraces de tul, canutillos y lentejuelas. Antioquia en un estilizado árbol con jardineras fucsia, Atlántico entre máscaras y maracas, Bogotá sobre flores y festones, Bolívar entre olas y caracoles, Boyacá vestida de mariposa, Caldas entre sombreros y claveles rojos, Cartagena Distrito Turístico entre baluartes y garitas, Córdoba en una alegoría titulada "Pregones de cumbia", Cundinamarca sobre una escalinata dorada, Chocó entre tambores y acordeones, Guajira rodeada de cactus, sal y carbón; Magdalena sobre una concha marina con mochilas tayronas, Nariño en medio de arabescos multicolores, Norte de Santander viajaba sobre los "jardines colgantes de Babilonia", Quindío entre cafetales, San Andrés enmarcada por un arco iris y palmeras, Santander sobre una corona y Sucre entre timbales y flores. A Tolima la acompañaba una gran guitarra dorada; sin embargo, su carroza se varó y tuvo que terminar el desfile "empujada". No tardaron en aparecer los comentarios. Definitivamente Diana María Moreno fue la candidata "de malas". No sólo sufrió gripa, indigestiones y bajas de tensión durante el concurso, sino que su vestuario no llegó a tiempo y sus chaperonas debían "volar" todos los días al aeropuerto a recoger a última hora los diseños de María Pía Duque. Valle cerraba el desfile en una fantasía titulada "El templo de Baco", que hacía honor no sólo a los viñedos de su tierra sino a su novio, Germán Grajales.
Bailando en el mismo sitio en medio de una confusión de cumbias, porros y vallenatos que salían de las murgas, papayeras y conjuntos callejeros, las candidatas siempre sonrientes y con sus cabellos empapados y su maquillaje escurrido, lanzaban besos a la multitud que no dejó de aclamarlas, manifestando con gritos y piropos su voto... o con silencio e indiferencia su veto.

NO TODO LO QUE BRILLA...
Con el bando, como se llama en Cartagena este desfile de euforia y colorido, las candidatas iniciaron el verdadero maratón final. Porque no puede llamarse de otra forma ese apretado programa que, en 4 días, incluye desfile de carrozas, cuatro bailes de gala y fantasia, entrevista privada con el jurado, recorrido en balleneras por la bahía, desfile en vestido de baño y cuatro miniconcursos (Señorita Silueta, al cabello más lindo; Señorita Jolie de Vogue, para participar en el Reinado de las Flores en Japón; la más fotogénica, elegida por los fotógrafos, y la reina-madre en el cual las progenitoras reciben el reconocimiento a su abnegada y sufrida labor) y, finalmente, la esperada "velada de elección y coronación".
La primera vez que el jurado las vio, en la noche del baile en el Club Cartagena, las candidatas estaban vestidas de fantasía. "América y su folclor" fue el pretexto para que los diseñadores estrellas del país dieran rienda suelta a su imaginación en la elaboración de los trajes típicos, que de típicos sólo tienen el tema, pues se trata de recargadas, aparatosas, majestuosas y brillantes versiones de los atuendos regionales. En esta competencia de brillos, hace aparición la más variada gama, jamás imaginada, de materiales, texturas, brocados, plumajes y pedrerías en oro, plata y brillantes, con la que tanto diseñadores como candidatas tratan de alumbrar con luz propia.
Dos charros mexicanos, con ajusta dos trajes en negro y plata y sarapes de visos iridiscentes, fueron Atlántico y Bolívar. Una sofisticada campesina mexicana era Bogotá, mientras Boyacá representaba a una fosforescente cowgirl. Con polleras multicolores y elaborados adornos de cabeza se presentaron Cartagena, de "pollera colorá"; Cundinamarca, de "merengue"; Quindío, de "jamaiquina", y Sucre, de "trópico". Entre los más exóticos estaba el de Chocó, que llevaba en su espalda una emplumada "victoria regia" de dos metros de ancho que casi no cabe por la puerta del club. También iban envueltas en plumas de avestruz Guajira como "india americana" y San Andrés como "son cubano".
Esta vez el dolor de cabeza en cuanto a tocados le correspondió a la representante de Nariño, cuyo diminuto bikini contrastaba con el gigantesco adorno de "bailarina peruana". La candidata, para no quedar trancada contra el techo, tuvo que desfilar con las rodillas dobladas. Su tranquilidad y manejo de la situación le valieron el aplauso del público. Entre los más originales y llamativos estaban el "quetzal", de Magdalena y el "tigrillo del Combeima", de Tolima. Valle con un elegante traje de noche en negro y dorado representó las "noches de Cartagena", mientras Norte de Santander lucía un mapa de América en lamé dorado, con islas y todo, titulado "paz en América".El más extraño y aparatoso fue sin duda el de Santander, quien hasta entonces se había destacado por su vestuario y que no lució un traje típico sino una verdadera carroza. Dos palmeras de plumas blancas prendidas a un armazón en su espalda, le impidieron caminar ante el público.
El premio que otorga la revista Vanidades a los mejores disfraces se lo llevaron la Señorita Antioquia, con un precioso vestido de "silletera", del diseñador Héctor Ruiz; Caldas, quien lució imponente con su traje de "gaucho" dorado, del diseñador Jaime Arango; y Córdoba, quien representó a la bailarina de porro "María Varilla", con un vestido tapizado de pequeños sombreros cordobeses.
Como la cenicienta, las candidatas abandonaron el baile a las 12 de la noche para tener tiempo de reponerse y prepararse para lucir en las mejores condiciones, al otro día, en la entrevista privada con el jurado. Mientras se enfrentaban al jurado internacional -conformado por un diseñador japonés, un cirujano plástico brasilero, una funcionaria italiana, una ex Miss Mundo dominicana y un comerciante ecuatoriano-, chaperonas, madres, peluqueros y admiradores se mostraban nerviosos y agitados. Ellas, en cambio, lucían entusiastas.
Al muelle turístico de Manga llegaron sonrientes y tranquilas para iniciar, esta vez si "bajo el ardiente sol cartagenero", el recorrido en balleneras por la bahía.
Si la seguridad fue el marco general en el que se desarrolló el XXXVII Concurso Nacional de la Belleza, también fue una característica del grupo de aspirantes a la corona. A pesar de la tensión del reinado, que esta vez no se limitó al nerviosismo frívolo de ganarse al público o lucirse ante el jurado, las candidatas nunca perdieron su sonrisa y serenidad. (Si algo las puso nerviosas fue esa cita con la verdad que es el desfile en vestido de baño, donde ya ni maquillaje ni canutillos pueden ocultar la cruda realidad).
Sin histerias ni aspavientos, supieron hacerle frente a los rumores y temores que no dejaron de rondar por los pasillos y, acatando órdenes y controles y apelando al optimismo, al igual que Cartagena, salieron airosas de esta verdadera "prueba de fuego" .

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