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| 9/25/1989 12:00:00 AM

Y AHORA, ¿QUE?

Cuáles son las opciones de César Gaviria, el hombre señalado para recoger las banderas de Galan.

Y AHORA, ¿QUE? Y AHORA, ¿QUE?
"Quiero pedirle al doctor César Gaviria, en nombre del pueblo y en nombre de mi familia, que en sus manos encomendamos las banderas de mi padre y que cuente con nuestro respaldo para que sea usted el Presidente que Colombia quería y necesitaba. ¡Salve usted a Colombia!". Estas palabras, pronunciadas frente a la tumba de su padre por el joven Juan Manuel Galán, en las primeras horas de la tarde del domingo 20 de agosto, rompieron de un tajo el receso de la actividad política que pocas horas antes habían decretado en Palacio los dirigentes liberales. Al principio fue la sorpresa.
Pero a medida que pasaban las horas, muchos comenzaron a comentar que la familia Galán Pachón intentaba con esto impedir que el grupo parlamentario y demás dirigentes políticos que respaldaban la candidatura de Luis Carlos Galán, rompieran filas y que incluso buena parte de ellos se deslizara hacia otras candidaturas.

Esa duda de la familia del líder desaparecido era compartida por amplios sectores de opinión que pensaban que, difícilmente, quien era considerado por algunos un paracaidista, pudiera recoger no tanto las banderas de Galán como sus votos. Aparte de esto, la imprevista nominación enfrentaba obstáculos concretos. El primero de ellos era que requería una refrendación por parte de los parlamentarios galanistas. El segundo era de orden más bien formal, pues hacía necesaria una modificación de las reglas de juego de la consulta popular, ya que las inscripciones de precandidatos estaban cerradas. Todo esto, para no mencionar el hecho de que algunos dirigentes políticos decían, sotto voce, que la fórmula de la consulta ya no era necesaria, pues se había inventado precisamente para procurarle a Galán su decoroso regreso al partido.

Esto último fue lo primero que se resolvió. Uno tras otro, los precandidatos y el propio jefe del partido, Julio César Turbay, se apresuraron a afirmar que no tenía sentido que el homenaje que el partido le hiciera a Galán fuera precisamente el entierro de una de sus principales banderas. El obstáculo de las reglas tampoco fue tal. Tanto Turbay como los precandidatos obviaron el problema, alegando que no sólo los seguidores de Galán tenían derecho de inscribir un nuevo precandidato, sino que era bueno para el país, como lo dijo el mismo Turbay en una de las reuniones la semana pasada, que las masas galanistas no quedaran expósitas. En cuanto al respaldo de la dirigencia galanista al nuevo candidato, esta no se hizo esperar. Aunque al principio algunos de los más rancios galanistas expresaron reservas, la verdad es que la víspera de la junta de parlamentarios de ese sector, durante una comida donde el senador David Turbay, quedó claro que unos cincuenta parlamentarios y dirigentes iban a apoyar la propuesta lanzada por el hijo mayor de Galán.
La junta del miércoles sólo sirvió, pues, para oficializar lo que ya se sabía: Gaviria sería el candidato. Pero no propiamente porque fuera la solución ideal, sino porque quizás era la única viable, teniendo en cuenta que el carácter caudillista que había marcado siempre al movimiento no había permitido que de sus huestes surgiera un hombre capaz de asumir un liderazgo nacional. De hecho, a la hora de decidir quién debía asumir la jefatura de su debate, Galán escogió al ex ministro Gaviria, cuyo paso por las carteras de Hacienda y Gobierno y sus palomitas presidenciales le habían dado, a pesar de sus escasos 42 años una figuración nacional. Esto, aparte de solucionarle su problema de liderazgo interno, teñía su campaña de oficialismo.

Al final de la semana, pues, los obstáculos para que Gaviria pudiera ser precandidato estaban allanados.
Sin embargo, falta aún la prueba de fuego: la de la opinión pública en la consulta popular. Sobre este punto ya se especulan algunas cosas. En primer lugar, los galanistas están convencidos de que su tradicional fortin electoral de Bogotá puede resultar mermado, teniendo en cuenta que el liberalismo de Bogotá que estaba con Galán era esencialmente el viejo Nuevo Liberalismo, que sólo votaba por Galán y para el cual los Blackburns, Amadores y demás sólo tenían significado en la medida en que estaban colgados en listas encabezadas por su jefe. En segundo lugar, también existe la idea de que la fuerza nacional que respaldaba a Galán y que se encuentra ahora en manos principalmente de dirigentes oficialistas, acostumbrados a manejar solos su maquinaria, puede ser más endosable y, por consiguiente, favorecer al ex ministro.

Para medir un poco todo esto, SEMANA contrató con el Centro Nacional de Consultoria una encuesta relámpago entre personas que en un sondeo anterior habian expresado intención de votar por Galán en marzo.
El resultado es que Gaviria parece contar con un apoyo considerable: entre un 60 y un 65% de la votación galanista de las cuatro grandes ciudades estaria con Gaviria. Esta encuesta constituye lo que pudiera llamarse la primera toma de pulso a las huestes galanistas y al analizarla hay que tener en cuenta que se hizo durante la semana siguiente al asesinato de Galán, cuando el ambiente aún estaba cargado de mucha emotividad.

Sin embargo, habrá que consultar también a todo el electorado que no era galanista y que ahora encuentra que hay otra carta en la baraja. En términos de Gaviria son muchas las dudas que persisten en cuanto a sus posibilidades para 1990. Pero no cabe duda de que lo sucedido, independientemente de los resultados de las próximas elecciones, lo coloca en la fila de los presidenciables. La verdad es que hay muchos colombianos que no ven a Gaviria como el próximo Presidente de Colombia. Sin embargo, lo curioso es que si esto le sucede a Gaviria, también en cierta medida afecta a los demás precandidatos.
Después de la muerte de Galán, ninguno de ellos parece haber quedado con un claro liderazgo. Durán, cuyo prestigio aumentaba con cada atentado de la guerrilla, está viendo neutra lizado este efecto con cada atentado de la extrema derecha. El manejo prudente que en su momento hizo de la adhesión del Movimiento de Restauración Nacional ("Morena"), analizado a la luz del asesinato de Galán, pasó, para muchos duranistas, de prudente a tibio. En el caso de Samper, aunque su popularidad puede verse reforzada en algunos sectores por su identificación generacional con Galán, su talón de Aquiles, que ha sido siempre la impresión de que aun le faltan cuatro años, se hace cada vez más evidente, a medida que la situación del país se "libaniza". En cuanto a Santofimio, su situación electoral y de opinión es grave de verdad. Las posibilidades electorales de los otros dos precandidatos, Jaime Castro y William Jaramillo, no parecen haber sufrido mayores cambios.
En fin, como se ve, es poco lo que ahora se puede decir con certeza sobre el resultado de la consulta de marzo, tras el asesinato de Galán. Tal vez lo único cierto es que los siete meses de campaña que quedan por delante transcurrirán en un ambiente de guerra, cuyas consecuencias electorales resultan impredecibles.

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