Miércoles, 7 de diciembre de 2016

| 1990/01/08 00:00

AL DESNUDO

AL DESNUDO

DARIO MORALES
Cuando empezaba a disfrutar de los bien ganados beneficios de la fama, cuando su obra era reconocida en Colombia y en el exterior, Darío Morales murió en París. Corría el año de 1988 y llevaba casi dos de lucha contra el cáncer. Tenía 44 años.

Morales nació en Cartagena y buena parte de su infancia transcurrió en una de las casonas del barrio de Manga, donde comenzó a familiarizarse con la pintura. Primero con las tiras cómicas y luego--gran salto--con los desnudos. Dibujó a cuanta mujer pasó por su casa. Las dibujó desnudas, como se imaginó que debían verse desnudas porque siempre estaban vestidas. Sólo su abuelo --hermano de Luis Carlos López, "El Tuerto"--, creyó en esa vocación artística. Fue él quien lo matriculó en unos cursos de pintura en Cartagena, que Morales tomaba mientras adelantaba bachillerato.

Después vinieron Bogotá y la Escuela de Bellas Artes.
Eran los turbulentos años 60. Descubrió a Picasso, a Lautrec, a Degas, a Rembrandt y a Rubens, la gran pintura europea. El año de las decisiones importantes fue 1968. Por un lado, consiguió una beca que le permitió viajar a París, la tradicional capital de los artistas. Por otro, se casó con Ana María Vila, una mujer que habría de jugar papel de primer orden en su vida.

Los primeros años en Paris fueron muy duros. Morales pintaba en una pequeña habitación que también hacía las veces de cocina, dormitorio y comedor. Nadie compraba. Eran tiempos de vacas flacas. Nació entonces su primera hija. Ana María trabajaba espóradicamente en un laboratorio de fotografía, arreglaba apartamentos ajenos y Darío limpiaba las escaleras del edificio. Pintaba día y noche. De noche, a la luz del bombillo del corredor del edificio. El giro de Bogotá, insuficiente, siempre llegaba tarde.
Por eso un dia escribió la carta para solicitar los tiquetes de regreso. Pero Ana Maria, su angel de la guarda, nunca la envió. Confiaba en que vendrian días mejores.

Y esas épocas llegaron, a pesar de Morales mismo. Tímido, introvertido--en contravía con su origen caribe--, nunca se atrevio a llevar sus cuadros a una galería. Sin embargo, un día, entre obras de otros muchos artistas, un coleccionista le puso el ojo a uno de sus desnudos. La suerte empezaba a sonreírle. Las galerias Aberbach de Londres y Nueva York comenzaron a exponer sus trabajos, así como la Pyramid de Washington y varias en Alemania. En 1978 apareció en la exigente FIAC parisina y causó sensación. Era una especie de desquite y la comprobación de que no estaba equivocado. En sus primeros años, cuando todo el mundo estaba en la onda del arte abstracto, el surrealismo, él siguió firme con su pintura de corte realista, que al final se impuso y le dio frutos.

La fortuna sonrió por fin y vinieron los mejores años.
Pudo comprar un estudio, que dividió en dos ambientes aislados, uno para pintura y otro para escultura. Compró también un apartamento para su mujer y sus hijas. "La plata no es lo más importante, pero sí me permite trabajar con mucha tranquilidad", solía decirle entonces a los amigos.

Le ganó la lucha al París hostil, lo aprendió a querer y decidió quedarse. Sus desnudos eran cada vez mejores.
Ana María era su mejor modelo porque se acostumbró a ella desde las épocas en que no tenía plata para pagar otra, y porque su timidez le impidió sentirse a gusto con cualquier otra modelo desnuda. Se necesitaba una relación muy cercana, como él mismo lo decia: "La comunicación entre el desnudo y el pintor es imprescindible".
Sus esculturas, una habilidad que mantuvo oculta durante varios años por culpa de una alergia al yeso, eran tan buenas como sus óleos. La década de los 80 consagró a Darío Morales como el pionero de una nueva generación de pintores llamada a seguir los pasos de maestros como Botero, Obregón, Grau, Ramírez Villamizar, ya consagrados por la critica. Pero, paradójicamente y tras un trabajo intenso que ni la enfermedad pudo disminuir, fue relativamente poco lo que pudo disfrutar el tiempo de las vacas gordas. Después de visitar por última vez a Cartagena, como jurado del Festival de Cine de 1986, partió para Nueva York con la idea de radicar se en esa ciudad y trabajar de cerca con Aberbach. Allí le dieron el diagnóstico de la fatal enfermedad. Regresó a París con una sola meta en la cabeza:, trabajar como un negro, concluir en poco más de un año la obra de toda una vida, dejarles algo seguro a las tres mujeres que lo rodearon hasta el final.

El 21 de marzo de 1989 la vida finalmente se le acabó de escapar entre los dedos. Quedaron sus cuadros, sus óleos y sus esculturas y el recuerdo indeleble de la ternura con que afrontó una vida tan dura como habría de ser su muerte. En sus últimos años, Morales corrió contra el reloj. Demostró, sin discusión, que podía ser considerado como el pintor de los 80. El pintor de la década, el que devolvió al desnudo y al realismo el valor que habían ido perdiendo paulatinamente. Y ha obtenido este reconocimiento frente a rivales de peso pesado como "los monstruos" Botero y Obregón, y dentro de una generación que cuenta con figuras tan importantes como Luis Caballero y Santiago Cárdenas. Obregón, en realidad, fue el mejor de décadas pasadas y Botero parece ser el de todas las décadas.-

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