19 julio 1982

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ALGO MAS QUE CUMBIAS

De la costa son hoy: el primer grupo financiero del país, los mayores recursos energéticos, el primer escritor, la música que se exporta, la marihuana que se fuma en Village, 3 de los 4 pintores más importantes...

Un "Mercedes Benz" coupé, color cereza, entra todas las mañanas en el patio interior del viejo edificio de Bavaria, en la carrera 13 con calle 28. El automóvil de dos puertas tiene un aspecto tan deportivo como su propietario, un hombre alto, todavía joven, de barba oscura apenas salpicada de
algunas canas.
A los 38 años de edad, Carlos Cure no es solo el más displicente, cotizado e inalcanzable soltero del país, sino también el primer presidente de Bavaria nacido en la costa y criado a 30 grados a la sombra con mojarra y arroz con coco.
Fundada en 1889 por el alemán Leo S. Kopp bajo el nombre de Deutsche colombianische Brauerei Co., Bavaria había sido tradicionalmente controlada por hombres de la élite financiera e industrial de Bogotá y de Antioquia, que nunca soñaron verse desplazados en la junta directiva de la poderosa empresa por hombres oriundos de la costa, región vista por ellos sólo como un agradable lugar de vacaciones.
Hijo de sirio-libaneses, nacido en Sabanalarga, una ardiente y polvorienta población del departamento del Atlántico que a las seis de la tarde es invadida por los mosquitos, Cure realizó la exitosa carrera que lo llevaría al alfombrado despacho de Bavaria, saltando alegremente los peldaños intermedios. Ingeniero de la Escuela de Minas de Medellín, sus primeras armas como ejecutivo las haría en una zona industrial que alza sus edificaciones a muy poca distancia de los hambrientos tiburones de Bocas de Ceniza: en Cementos del Caribe, a órdenes de Juan Manuel Ruiseco, y luego como primer violín en los astilleros de Unión Industrial.
Que un costeño haya llegado a la presidencia de Bavaria no es casual sino un signo de los nuevos tiempos; un símbolo de la creciente fuerza que ha cobrado la costa no solo en el campo industrial y financiero, sino en todos los aspectos de la vida nacional.
Hace dos décadas apenas la imagen que proyectaba el litoral Caribe en el interior del país era puramente folclórica. Era la región que hacía bailar al país desde aquel remoto día de 1944 en que un joven flaco, de tez palúdica y espesos cabellos negros trajo los primeros porros. Nacido en Carmen de Bolívar Lucho Bermúdez apareció al frente de la orquesta del Caribe en el afrancesado Hotel Granada, barriendo con su trepidante "Kalamary" los boleros nostálgicos, los bambucos y pasillos del altiplano.
Era la región que daba peloteros de beisbol tan famosos como "Chita" Miranda y "Petaca" Rodríguez, figuras estelares de la oncena que ganó el campeonato en los Juegos Centroamericanos y del Caribe de 1947. Y desde luego la región que dominaba al país en los reinados de belleza, con sus ondulantes candidatas de estrechas cinturas y larguísimas piernas: 15 de las 30 reinas elegidas en Colombia en este siglo han sido costeñas, empezando por Yolanda Emiliani, hoy respetable abuela.
Ahora el peso de la costa en el panorama nacional se mide con referencias de mayor alcance. Sigue siendo, desde luego, la región que domina musicalmente al país. Un ejemplo: de los 288 discos que programa diariamente la musical Radio Capital de Bogotá, a solicitud de conductores, amas de casa o empleadas del servicio domestico, 144 son vallenatos y 72 de música tropical; los 72 restantes son la cuota, ya modesta, de música andina. Costeña es no solo la música que se escucha y baila en el país, sino también la que se conoce de Colombia en todo el continente. Ningún Bambuco ha llegado a la Tierra del Fuego, ni a los bares de Tacna o de Colón, pero sí "La Pollera Colorá" de Wilson Choperena.
La prensa europea que no tiene idea de quién es Alberto Lleras, sólo le ha abierto sus primeras planas a dos colombianos, ambos costeños: Rocky Valdés y Gabriel García Márquez. A Rocky, lo llamaban Rocky, los choferes de taxi de París, como sus colegas de Cartagena, cuando en 1976 se enfrentó en Montecarlo al argentino Carlos Monzón, delante de 15.000 espectadores, entre los cuales se encontraban su protector Omar Shariff, Alain Delon y sus altezas Rainero y Grace, de Mónaco.
Peso pesado de la literatura, García Márquez es, de lejos, el hombre colombiano más conocido en el exterior, con sus novelas traducidas a 17 idiomas. Tan costeño como el mundo que fabula en sus libros, el hijo del telegrafista de Aracataca es el único compatriota que por el solo mérito de su celebridad es recibido en su despacho por el Papa, por Francois Mitterrand o el Rey Juan Carlos de España; el único que ha comido un kilo de helado con Mónica Vitti o le ha cancelado una cita a Carolina de Mónaco, devota lectora de sus libros.
Costeños, y quizá no por casualidad, son tres de los cuatro más importantes pintores del país: Alejandro Obregón, de Barranquilla, y los cartageneros Darío Morales y Enrique Grau. Costeños los reyes de la droga, cuyas colosales fortunas harían palidecer de envidia a Al Capone. Costeño es el director de la Sinfónica Nacional, Luis Biava; costeña, la marihuana que fuman en el Village de Nueva York. Y, para que nada falte, también en el escenario candente de la guerrilla y de los grupos armados que inquietan al país, el número uno es un costeño: Jaime Bateman Cayón, jefe del M-19.
AHORA LA RICA ES ELLA
Todo esto parecía anecdótico o apenas coincidencial, si además de hacerse sentir en el campo de la música popular del boxeo, de las artes plásticas, de la literatura, de la guerrilla y de la política (¿no son acaso los departanentos costeños los que han venido decidiendo, en una y otra forma, las elecciones presidenciales?), la costa no tuviese hoy, dentro del país, un formidable poder económico y financiero.
Parte de esta riqueza tiene, desde luego, un orígen pecaminoso. El cultivo ilegal de marihuana, especialmente intenso en la década del setenta, ha producido, según cálculos autorizados, unos 1.400 millones de dólares por año, de los cuales sólo unos 165 millones ingresaron a la economía legal del país. En la zona de la Sierra Nevada de Santa Marta se cultiva el 60% de la yerba, de la cual derivan su sustento, entre productores, intermediarios y empleados permanentes, unas ciento cincuenta mil personas.
"Time" calcula que la producción anual de marihuana colombiana sólo la podrían consurnir los Estados Unidos en doscientos años, manteniéndose los niveles actuales de consumo.
A esta fuente de riqueza ilegal que ha alterado por completo las ecuaciones económicas tradicionales de la región, viene a agregarse la explotación carbonífera del Cerrejón, cuyas reservas equivalen al 38% de los cuarenta y tres mil millones de toneladas en que se estiman las del continente. No está lejano el día en que el café, nuestra principal fuente de ingresos, pase a segundo plano, como en un tiempo ocurrió con la quina y el tabaco. Se habrá cumplido con el carbón una transferencia de riqueza del interior hacia la costa, de insospechables proyecciones (ver "Economía"). Será la costa la que hará vivir al país.
Pero no es necesario referirse al futuro, así este futuro esté ya a la vuelta de la esquina, para saber que la costa ya tiene en el plano financiero la sartén por el mango. El primer grupo financiero del país, el Grupo Santodomingo, de lejos el más poderoso, es tan costeño como la sopa de ñame. Costeños son, en gran mayoría, sus ejecutivos, costeño el fundador de este impresionante imperio, don Mario Santodomingo (ver "El Retoño del Patriarca" y costeño, a pesar de su largo roce con el "jet set" internacional, su hijo y cabeza actual del grupo.
La lista de costeños en altos mandos ejecutivos es hoy extensa, y sobrepasa las empresas controladas por los Santodomingo. Presidente de la poderosa Confecámaras, que agrupa 43 cámaras de Comercio del país, secretario ejecutivo de las cámaras de comercio del Grupo Andino, Gastón Abello es un barranquillero de 50 años, a quien su ciudad natal le resultó pequeña. Costeño (de Cartagena) es Ernesto Carlos (el "Bebé") Martelo, eufórico y rozagante presidente del Diners Club de Colombia, que tiene 125.000 afiliados individuales y 25.000 establecimientos comerciales. Costeño, Ernesto Mendoza Lince, presidente de la Corporación Nacional de Turismo; Rodney Méndez, vicepresidente de Avianca; Gustavo Castro Guerrero, gerente del Banco Ganadero; Carlos Vergara, y Feralgodón; Raimundo Emiliani, presidente de Colpatria.
Dueña de un poder económico, de un poder cultural y también, dígase lo que se diga, de un poder electoral decisorio, que en las últimas elecciones los conservadores supieron aprovechar (véase pág. 36), la costa, con sus cuatro millones quinientos mil habitantes, puede reivindicar mañana el supremo poder político del país, que tuvo hace un siglo con Rafael Núñez y que secretamente aspira a recobrar.
Presidenciables costeños. como Roberto Gerlein, por el lado conservador, y Gustavo Dáger, por el lado liberal, aspiran seriamente a representar a la costa en el primer cargo de la nación.
La olvidada región de otros tiempos parece haber despertado. Y ahora se hace sentir en el país. Con algo más por cierto, que los porros de Lucho Bermudez y los merecumbés de Pacho Galán.


COSTEÑOS CACHAQUIZADOS
Ramón De Zubiria, Tito, como lo conoce todo el mundo, es un auténtico cartagenero cachaquizado. En los 25 años que lleva viviendo en Bogotá "ha perdido la fogosidad típica de los costeños y se ha tornado más mesurado", cuenta Carmen Vélez, su esposa, quien agrega. "Tito ya pasó de la categoría de cachaco a la de internacional".
Efectivamente, a sus 58 años, De Zubiría contabiliza dos de residencia en Estados Unidos donde obtuvo el doctorado de Literatura en la Universidad de John Hopkins. Otros dos en España y seís en Holanda como embajador de Colombia. Fué en el año 57, al ser llamado llamado a organizar el Departamento de Humanidades de la Universidad de los Andes, cuando el matrimonio resolvió establecerse definitivamente en Bogotá.
Alonso Restrepo de León, el propietario y modelo exclusivo de la cadena de almacenes que lleva su nombre, es un cartagenero descendiente de paisas que en los 25 años que lleva de bogotanización no ha podido perder las nostalgias del mar.
"Uno se da cuenta de que en Bogotá pierde la encantadora falta de trascendencia que caracteriza al costeño". Y como para que no quede duda de que lo de las nostalgias va en serio, afirma. "Si la vida no me juega una mala pasada, espero morir en Cartagena".
Alonso cuenta todo esto con un acento neutro con el que dificilmente se puede descubrir su origen. De tantos años en Bogotá, dice, uno empieza a dejarse de comer las eses y a aficionarse al ajiaco que, como la guartinaja, es manjar de dioses.
Ernesto Carlos Martelo. Llegó a Bogotá en el año 57 en calidad de parlamentario por Bolívar. Desde entonces empezó a aficionarse a la vida en la capital, al punto de que hoy es el mejor defensor de "esta ciudad cosmopolita que ha producido el milagro de descentralizarse para ser de todo el país".
"El Bebé", como se le conoce familiarmente, manifiesta su afición a Bogotá y a sus costumbres con el gusto por su comida. Semanalmente, los jueves, Martelo almuerza en el Gun Club con un suculento plato de ajiaco y comparte la mesa con dos amigos cachacos. "Esto no quiere decir --aclara-- que en mi casa el arroz con coco no sea plato de todos los días".
Armando Carbonell Ospino es, probablemente el más bogotanizado de todos los barranquilleros. Una larga trayectoria en el sector público lo afincó en la capital a la que vino por primera vez como estudiante de derecho de la Universidad Javeriana. Desde entonces, empezó a tomarle gusto a los trajes oscuros y convencionales que constituyen su atuendo diario.
Casado con caldense y padre de hijos bogotanos, Carbonell, ha logrado en su hogar un mosaico de costumbres de la costa y del interior: fríjoles con garra, de menú casi diario y música vallecaucana de acompañamiento. Claro está que no falta el envío mensual desde su tierra, de bollo limpio, bollo de yuca, lisa y queso salado...
CACHACOS COSTEÑIZADOS
Alfonso López Michelsen. No gratuitamente Alfonso López Michelsen, fue el primer gobernador del Cesar, porque por sus ancestros --la abuela Pumarejo era Vallenata--, ha estado siempre muy vinculado a la Costa. El primer tractor que se vio en el Cesar, lo llevó López Michelsen, cuando tenía 25 años, a arar las tierras de su finca "El Diluvio" y ha confesado insistentemente, que cambia una parranda vallenata por muy pocas cosas en la vida. De joven pasó muchas vacaciones en Barranquilla con sus primos Santodomingo y Pumarejo. No hay chisme de la ciudad que él no sea uno de los primeros en conocer.
Jorge Ramírez Ocampo. Por casualidad, y por su reconocida debilidad por la música tropical, Ramírez Ocampo resultó haciéndose costeño un 31 de diciembre de hace 18 años.
En un baile de San Silvestre en el Country Club de Barranquilla, conoció a Magda Botero De Andreis con quien se casó tras seis breves meses de noviazgo. Hoy, este bogotano que nunca ha residido en la costa preside una familia de mayoría barranquillera. María José y Enrique como su mamá, nacieron allí.
Humberto Muñoz explica su costeñización. "Como en Antioquia había tantos antioqueños resolví radicarme en Barranquilla en 1948". Allí hizo el curso completo. Hasta con ron blanco y múltiples ensayos de pronunciación, en las épocas en que se inició como parlamentario por el Atlántico.
Durante diez años fue congresista por esa circunscripción que lo ha adoptado como uno más. En reciprocidad, Muñoz --que fue durante cuatro años embajador en la Unión Soviética-- cambió su debilidad por los fríjoles, por la costumbre diaria del arroz con coco y la arepa de huevo. Su esposa, Anita Dávila, es barranquillera.
Plinio Apuleyo Mendoza. Ocho años vivió Plinio Apuleyo Mendoza en Barranquilla, pero éstos fueron suficientes para establecer un estrechísimo vínculo con la Costa. Se casó con una barranquillera de pura cepa. Tiene dos hijas también barranquilleras y sus amigos más estrechos han sido también de esa ciudad. Sobre su estilo literario se ha polemizado mucho, pero hay quienes encuentran un evidente vínculo con el grupo de Barranquilla, con quienes se tomó muchas cervezas en "La Cueva". Basta que esté en Colombia para no perdonar su tradicional visita a Barranquilla, ciudad que conoce mejor, con sus barrios y sus gentes, que su ciudad natal, la friolenta Tunja.
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